La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

No todo lo que es legal es ético

 

cesar_valdeolmillos“Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel” (David Lloyd George)

 La atmósfera era irrespirable. Sentíamos una imperiosa necesidad de recibir un aire más puro, más limpio. Nuestro espíritu —más que nuestros pulmones— necesitaba encontrar un espacio en el que pudiera oxigenarse. En medio de ese escenario tan espeso, siempre hay alguien —o álguienes— que en una atmósfera tan densa y cargada, oportunistamente ve la ocasión propicia para decirnos que está dispuesto a purificar el ambiente para nuestra vida sea mejor, más justa, más próspera y por tanto, seamos más libres.

¡Qué fácil es y qué barato sale enarbolar la bandera del eterno mito de la libertad!

Y hubo españoles, unos por ingenuidad, otros por desesperación y no pocos por desencanto, que confiaron en los supuestos nuevos redentores.

Era lógico que ante una mayor concurrencia a la fiesta de las elecciones, el pastel municipal y autonómico resultase más repartido y casi nadie lograse el pedazo suficiente que llegase a ser superior al de todos los demás en su conjunto.

Si hacemos un análisis del mapa político español desde la transición hasta nuestros días,  por no remontarnos a tiempos más pretéritos, observaremos que el drama del centro derecha es que se encuentra en la más absoluta soledad frente al conjunto de fuerzas de izquierdas y nacionalistas. Por tanto, como hasta ahora ha sucedido, o cae en el permanente e insaciable chantaje nacionalista, o jamás podrá gobernar aunque sea la fuerza más votada, si no obtiene una mayoría absoluta, ya que el principal objetivo de todas las fuerzas políticas que en España configuran la izquierda, por encima de cualquier otro interés ciudadano, se sitúa el de desalojar a la derecha del poder, y si es posible reducirla a una presencia meramente testimonial. Sobre la base a ese irracional propósito, y aunque se vean obligados a hacer dejación de todo aquello que prometieron a su votantes —como se acaba de comprobar en las recientes elecciones— los que se autodenominan socialdemócratas españoles, no tienen el menor escrúpulo en aliarse, incluso con aquellos que no reconocen la legitimidad democrática de la transición. Esta es la razón por la que se niegan a respetar la voluntad ciudadana, dejando que intente gobernar siempre la fuerza más votada.

No todo lo que es legal es ético y mucho menos moral. Claro que intentar incorporar la moralidad a la política, hasta ahora, ha sido una utopía tan imposible del alcanzar, como la de unir el agua y el aceite.

Quienes concibieron nuestra vigente Ley electoral, en mi opinión erróneamente, consideraron legales los pactos postelectorales, lo que en virtud de la adulteración de los programas que los mismos exigen, vulneran claramente la voluntad popular. Entiendo que los electores sabríamos mejor a qué atenernos si los pactos se hiciesen previamente y los partidos se presentasen en coalición. De este modo, no nos encontraríamos con el fraude de que en la campaña electoral nos ofrecen agua pura y cristalina, cuando lo que en realidad, lo que luego nos dan, es sal y vinagre. Sin embargo, cuando no se ha obtenido una mayoría suficiente para ejercer una acción de gobierno estable, creo que sería mucho más honesto proceder a celebrar una segunda vuelta entre los dos partidos más votados en cada circunscripción, lo que daría lugar a poder rectificar y ejercer un segundo voto mucho más ponderado y reflexivo. Lo contrario, tengo para mí que es un flagrante fraude electoral, que posibilita someter dichos pactos a todo tipo de intereses partidistas y personales.

En el transcurso de estas tres semanas de negociaciones que han precedido a la constitución de los gobiernos de las instituciones, hemos sido mudos testigos de inimaginables —y en algunos casos— vergonzosos cambalaches, trueques y regateos para obtener el poder, que nada tenían que ver con la voluntad de los electores, fuera cual fuere la opción votada.

Pues muy bien señores políticos: como no estoy dispuesto a que mi voto constituya un cheque en blanco para que ustedes lo utilicen como aval de sus ambiciones, delirios, sectarismos e incluso revanchas personales —que de todo ha habido— desde ahora les anuncio que ejerceré mi deber ciudadano de desautorizarles a todos votando en blanco, si no proceden a la reforma de la Ley electoral de forma que esta evite sus legales pero escandalosos cambalaches y así, los deseos claros de la ciudadanía, se vean respetados y no desvirtuados.

No han echado aún a andar los nuevos gobiernos de las instituciones que han sido objeto de las recientes elecciones y ya se han producido hechos y pronunciamientos profundamente preocupantes protagonizados por los más extremistas.

No quisiera creer que el historiador Américo Castro tenía razón cuando en su obra “España en su historia”, dijo  que los españoles somos imposibles, que así lo venimos demostrando reiteradamente desde el siglo XV y que no había que darle más vueltas.

Las elecciones son procesos lo suficientemente comprometidos y delicados como para no jugar con fantasías, sino por el contrario, hacernos meditar sobre el drama que fue nuestro ayer, el que es hoy y Dios no quiera que también el de mañana.

César Valdeolmillos Alonso