La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En la solemnidad del Corpus Christi

Antoni Carol i Hostench, pbro.

La Eucaristía Pentecostés son los dos acontecimientos singulares con los que Dios ha sellado la Nueva Alianza: Dios se ofrece como Padre; el hombre se compromete a participar de su Vida. Este “subir” del hombre hacia Dios hasta la unión con Él es la más antigua, atrevida y deseada aspiración de la humanidad.

¿Cómo se ha hecho posible semejante “locura”? Dios ha tomado la iniciativa y por amor al hombre Él se ha hecho “tocable”. Lo ha realizado gradualmente. ¿De qué manera? Primero, Dios ha aceptado ponerse un Nombre, y nos lo revela para que sepamos que Él es Alguien —no es algo— con Quien podemos hablar confiadamente. Así, en el desierto Dios se presentó a Moisés como el“Yo Soy”. ¡Un nombre un poco raro para nosotros! Pero lo cierto es que éste es su nombre propio:“Dios ES” (“es SIEMPRE” y “es TODO”, plenitud de ser).

En segundo lugar, Dios se hizo hombre: el Padre envía al Hijo, asumiendo nuestra naturaleza humana. ¡Éste es el gran regalo a la humanidad: Cristo! En este gesto Dios se hace tan “tocable” que podemos tratarle… Incluso rechazarle, perseguirle y ¡crucificarle! ¡El hombre juzga a Dios!, hasta el punto que Dios da su vida por nosotros, paga por nuestras rebeldías, nos remueve con su ejemplo y nos eleva con su misericordia.

Finalmente, esta “loca” historia de Amor desemboca, por un lado, en el envío del Espíritu Santo a nuestras almas. Y, por otro, el gran regalo: la Eucaristía. «Yo estaré con vosotros día tras día hasta el fin de este mundo» (Mt 28,20). Jesús permanece en nosotros con su Espíritu, pero también lo hace físicamente con su Cuerpo y con su Sangre, escondidos bajo las “apariencias” eucarísticas del pan y del vino (leer más).

¡No es algo improvisado! Viene de lejos: la entrega de Dios en la Eucaristía estaba ya anunciada y prefigurada en el Antiguo Testamento. Aquel “maná”, aquel pan que milagrosamente bajaba del cielo cada madrugada para alimentar a los judíos en la travesía del desierto era un anticipo de la Eucaristía. También lo fueron las multiplicaciones de panes y de peces que realizó Jesucristo para saciar el hambre de la gente que le escuchaba.

Con razón Jesús se presentó diciendo que «Yo soy el pan vivo bajado del cielo» (Jn 6,51). Realmente ha bajado del cielo, está vivo y —lo más increíble— “se hace” Pan para alimentarnos de su vida, una vida que fue “sacrificada” durante la Pasión (leer más). «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» (cf. Mt 26,26; Lc 22,19). El Jesús-Eucaristía se hace presente cada vez que el sacerdote pronuncia esas “palabras de dolor”: Cuerpo “entregado”; Sangre “derramada”. De la Pasión de Jesús nos llegan la compañía del Espíritu Santo y el alimento/compañía del Cuerpo de Cristo (leer más).

En el don de la Eucaristía se esconde la vida de Dios y se ofrece nuestra salvación. Ahí Dios se nos entrega con máxima discreción y, a la vez, con máxima disponibilidad. Así es el Amor: discreto y servicial. Parece que no está, pero sí está. Con este “método”, en Jesucristo se cumplía el anuncio de que un descendiente de David —como nuevo Rey— iba a consolidar para siempre y en todo lugar el Reino de Dios. ¡No hace ruido, pero es eficaz! En las procesiones del Corpus Christi nuestro Rey se pasea por incontables calles de nuestro mundo. ¡Es el Cielo bajado a la tierra! «¿Qué más podía hacer Dios por nosotros?», se preguntaba san Juan Pablo II.