La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

EL “INEVITABLE” PODER “TEMPORAL” DE UNA IGLESIA SIN PODER “TEMPORAL”…

 

Teófilo González Vila

Decíamos ayer que para la Iglesia ha sido un bien verse despojada, en el proceso moderno de secularización, del poder temporal, civil, político, que llegó a ejercer indebidamente en determinados momentos. El riesgo, sin embargo, de que el poder-servicio religioso caiga en el ejercicio de funciones y poderes de hecho políticos y que de suyo no le corresponden nunca desaparecerá.

Y para afirmar la inextirpable amenaza-tentación de ese riego bastan dos sencillas consideraciones fundamentales. En primer lugar, quienes están revestidos de poder eclesial, religioso, espiritual, experimentarán siempre la tentación, entrañada en la naturaleza humana, en la que fácilmente caerán, de ejercer de uno u otro modo, el poder que, dada su condición y las circunstancias, puedan ejercer sobre otros, y, en esta misma línea, llegar a asumir, hasta hacerlo de modo estable, funciones que de suyo corresponden al poder civil, político. En segundo lugar, ese riesgo de fusión, hasta la con-fusión, entre funciones religiosas, evangelizadoras, y políticas es muy fuerte, insoslayable, en cuanto está entrañado en la esencial naturaleza de ambos poderes, de ambos servicios.

No hace falta insistir en que el mensaje y la fuerza salvadora del evangelio se dirigen al hombre-todo y a todos los hombres. Hay una intrínseca exigencia sociopolítica ineludible en la acción evangelizadora: hay que curar, dar de comer, echar demonios… Ciertamente esta exigencia no puede en absoluto justificar la reducción de la salvación evangelizadora a liberación económico-sociopolítica, temporal, pero no permite tampoco el escapismo espiritualista de quien se desentiende de las heridas con que las injusticias sistemáticas sociopolíticas hieren la carne de Cristo en los pobres y sencillamente… ¡llegan a matar!

Alguna vez me he referido a la paradoja del “ineludible poder temporal de una Iglesia totalmente despojada de poder temporal”. Imaginemos que, en efecto, la Iglesia consigue verse despojada de todo poder material y político. Esa Iglesia pobre, limpia de poder y de dinero, sería de la máxima “eficacia” evangelizadora en el seno de la sociedad humana donde llevara a cabo su misión. Si seguimos con la imaginación esa situación utópica, la mayoría de los ciudadanos, cuando no todos, convertidos en perfectos cristianos, llevarían en todas sus actuaciones a la práctica las exigencias de amor del evangelio…

Esto supondría que: -los integrados en los órganos legislativos aprobarían todas y solo las normas que mejor garantizaran el reconocimiento de la dignidad y de los derechos humanos (empezando por el derecho a la vida desde la concepción a la muerte natural); -los constituidos en autoridades gubernativas actuarían conforme a esas normas y -los miembros de la judicatura garantizarían, mediante las correspondientes sentencias, la defensa, en su caso también penal, y el restablecimiento de los derechos que resultaran conculcados…

Y todo esto ocurriría no porque en esa sociedad la Iglesia tuviera un gran poder político y les dijera a los políticos lo que tienen en cada caso que hacer, sino justamente porque en esa sociedad hay una Iglesia que, por desprendida de todo poder temporal político, y por limpia y pobre, ha llevado el evangelio a la mayoría de los ciudadanos y estos actúan en fidelidad a las exigencias morales que conocen y aceptan en cada caso, sin necesidad de que la Iglesia opine siquiera en cada caso… Esa sería la utopía de una Iglesia que consiguiera la máxima eficacia incluso “política” justamente por estar realmente privada de todo poder político…

Pero si la hipótesis propuesta es absolutamente utópica, en el sentido en que este término designa lo nunca realizable, sí puede valer para no olvidar la tentación de poder material a la que puede verse expuesto fuertemente el evangelizador e insistir en que su “eficacia” apostólica está en proporción directa de la pobreza y desprendimiento material con que viva: “Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Mt 8,20).

Cuantos sinceramente queramos evangelizar y constituirnos en comunidades para ese servicio debemos constantemente preguntarnos qué estamos en realidad buscando, si cuando creemos y decimos “buscar a Dios” no hemos caído una y otra vez en buscarnos a nosotros mismos, el incremento de “mi” congregación, mi comunidad, mi asociación, mi grupo… La tentación es tanto más fuerte cuanto más fácilmente cubierta por el santo deseo de buscar el bien de los demás, de los otros… que a veces –¿no nos damos cuenta?– son solo los nuestros.

De esto se sigue la necesidad de perenne vigilancia y corrección fraterna en el ámbito eclesial, en el de cada comunidad evangelizadora. Toda comunidad que se quiera constituida en el amor de Jesús debe actuar en permanente examen de conciencia sobre cuáles son los criterios que de hecho asume y aplica en su actuar en relación con el poder en general y de esos concretos poderes que lleva los nombre de dominación y de dineroi. No dejaría de ser escandalosamente triste que la responsabilidad de dirigir una asociación apostólica apareciera remunerada como la de un alto ejecutivo de una la próspera empresa marcada por el ánimo de lucro…

Y dicho todo lo anterior y sin olvidarlo, es preciso evitar igualmente la obsesión por la soberbia pureza presuntamente espiritual de nuestro querer y actuar… La única receta que no cabe olvidar, la única medicina que es preciso tomar cada día, con un vaso fresco de alegre distensión, es la de la humildad…

Teófilo González Vila

i Para las comunidades que han de constituir un verdadero contraste evangélico, el mayor riesgo “estará en que, de hecho, acomodadas al mundo presente, sean ellas las invadidas precisamente por los criterios de poder y dinero que están en el origen de esta corrupción que nos invade. Cuando así ocurriera, … quedarían absolutamente desvirtuadas, incapaces de salar nada, atrapadas y diluidas en el viscoso magma uniformizante que constituye el alimento de toda corrupción y toda desesperanza” (González Vila, Teófilo, Corrupción y comunidades de contraste, en Alfa y Omega, Nº 905 / 27-XI-2014).