La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Dios saca bien hasta del mal

Pedro Beteta

En su convalecencia tras el atentado sufrido de 1981, Juan Pablo II meditó mucho acerca del dolor. Fue entonces cuando elaboró la Carta Apostólica Salvifici doloris, un verdadero tesoro de exposición teológica sobre el sufrimiento, de la que el Papa dijo: “Quisiera que esta Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos”[1].

Mirando a Cristo crucificado encontramos la fuerza necesaria para asumir el dolor. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo eleva, los purifica, lo sublima y lo convierte en una ocasión para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la civilización del amor como tantas veces repetía el anterior Papa.

Es un hecho que salta a la vista. La realidad del dolor como una experiencia terrible, ante la cual especialmente si son inocentes, el hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia, cuando no un desafío o un grito de rechazo contra Dios. ¿Cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en su Evangelio? Dicho de otra manera: ¿cómo podemos creer que “Dios es amor”, y que ese amor es omnipotente?

A la pregunta sobre cómo conciliar el mal y el sufrimiento en el mundo con la verdad de la Providencia Divina, ésta no se puede contestar de modo definitivo sin hacer referencia a Cristo. Efectivamente, por una parte, Cristo –Verbo encarnado– confirma con su propia vida y sobre todo con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre que sufre; más aún, que Él toma sobre Sí el sufrimiento en su variedad de formas en la existencia terrena del hombre. Para Dios cada hombre es único. Por uno solo hubiera hecho lo mismo que hizo por toda la humanidad.

En una Eucaristía para más de trescientos enfermos, en una tarde de septiembre, Juan Pablo II se quedó –saltándose el plan previsto– hasta las diez de la noche y todavía seguía el Papa saludando uno a uno a los asistentes. Un periodista dijo al día siguiente en su rotativo que el Papa era como Dios porque “sólo sabe contar hasta uno”, y es que no ve más que un solo rostro en todos y cada unos de los hombres, sanos o enfermos, ricos o pobres, blancos o negros, y ese rostro es el de Jesucristo.

El hombre, creado por Dios y elevado por Él a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural adversión a toda clase de sufrimiento. Jesús, en cambio, en su obra evangelizadora, incluso inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse Él mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico, en su pasión hasta la agonía mortal en Getsemaní, pasando por el abandono del Padre en el Calvario y su larga agonía y muerte en la cruz. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la cruz![2]

Dios afirma de forma clara y perentoria que la maldad no triunfa sobre su Sabiduría y que si permite el mal en el mundo es con fines más elevados, pero no quiere ese mal. Es Cristo quien en el contexto de su misterio redentor, ofrece la respuesta plena y completa a ese atormentador interrogante. Posee ciertamente un poder admirable pero que se pone de manifiesto precisamente en el contraste ante la debilidad y el anonadamiento de su pasión y muerte en la cruz. ¿Acaso no podía habernos rescatado del pecado de manera menos dolorosa? Si lo ha hecho así es porque hay razones divinas que sólo alcanzamos a acariciar. La dignidad humana es tan grande y tan grandiosa fue la indignidad que supuso el delito de la criatura contra el Creador que lo hacían conveniente. No fue el pecado primero una falta de ortografía; el pecado fue, y es siempre, un delito contra el infinito amor de Dios hacia el hombre.

Es esta una sabiduría excelsa y tan originalísma como desconocida fuera de la Revelación divina. Sucede que en el plano eterno de Dios y en su providencial acción sobre la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral –el pecado– es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo. Se puede afirmar que Dios saca bien del mal. Esta es la gran rebelión que supone nuestra fe cristiana: Cristo trasforma el dolor en amor, de la caída saca impulso, de la muerte y el pecado, vida y santidad.

Así pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en la cruz y su resurrección.

Indudablemente, puede seguir ocurriendo que, planteándose los anteriores interrogantes señalados sobre el mal y el sufrimiento el hombre no encuentre respuesta inmediata, sobre todo si no posee una fe viva en el misterio de Cristo. Pero gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida[3].

Vemos que el único mal es el pecado y no el dolor. Vemos que Dios saca con su Amor encarnado de la muerte vida y del pecado salvación si hay arrepentimiento. La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada e imperfecta, podía hacer mal uso de la libertad, la podía emplear contra Dios, su Creador. Así pues, el pecado no sólo era una posibilidad, sino que se confirmó como un hecho real desde al comienzo. Ante esto nos preguntamos: ¿No hubiera sido todo más fácil si Dios nos hubiera creado impecables? A esto hay que responder: el respeto de la libertad creada es tan esencial que Dios permite en su Providencia incluso el pecado del hombre. Podemos deducir pues, que a los ojos de Dios era más importante que en el mundo creado hubiera libertad, aun con el riesgo de su mal empleo, que privar de ella al mundo para excluir de raíz la posibilidad del pecado[4].

Pedro Beteta López, Teólogo y escritor

[1] Cfr. JUAN PABLO II, Encuentro con los jóvenes enfermos, San Pedro, 19-VIII-1989
[2] Cfr. JUAN PABLO II, A los enfermos, en Pompeya, 21-X-1979
[3] Cfr. JUAN PABLO II,Audiencia general, 11-VI-1986
[4] Cfr. JUAN PABLO II, Audiencia general, 21-V-1986