La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Las elecciones y el Salmo II

Como bien sabemos, los caminos de Dios no son los caminos del hombre, pero, con frecuencia, esos caminos se entrecruzan porque, en definitiva, Dios no se aparta de sus criaturas, aunque nos parezca que se alejan: no son líneas paralelas. Ahora nos ocurre, en España, en Europa, en buena parte del mundo, que el hombre ha manifestado su voluntad de alejarse de Dios definitivamente, igual que en Sodoma y Gomorra, -¡es un ejemplo…!- para “vivir su vida” con autonomía. Los cristianos, sin embargo, -vamos a dejar de lado a otras religiones, en especial la controvertida islámica- nos empeñamos en asegurar que Dios es el soberano de la Historia, que nada se mueve sin que Él lo permita, que nada podemos hacer sin la ayuda del Espíritu Santo, cuya fiesta, por cierto, hemos celebrado este Domingo de Pentecostés… día de las elecciones municipales y autonómicas.

De manera sorprendente, la candidata madrileña a la alcaldía, Esperanza Aguirre, ha tenido la ocurrencia –la buena ocurrencia- de pedir la ayuda del Espíritu Santo para que ilumine a los madrileños a la hora de votar. Como es natural, algún candidato de la izquierda agnóstica se ha burlado de lo lindo de la señora Aguirre, no solo porque no cree en la existencia de la Santísima Trinidad sino porque el único dios al que adora es el dios de los votos, de las urnas en definitiva: ¡ah, santa democracia! ¿Y que nos han dicho las urnas? Pues que Dios ha dejado en libertad  a los hombres –y mujeres- para que votasen lo que han querido votar, sin otra coacción que su ideología, su cabreo, su miedo o su ilusión.

No pretendo ahora analizar políticamente los resultados del escrutinio porque, permítanme que lo diga, en el fondo me da igual el resultado, en la medida que es el fruto de nuestra libre voluntad. A lo largo de la Historia, han sido, son y serán los hombres –y mujeres, no se enfaden- lo que, de una forma u otra, han elegido o se han dejado dominar por quienes les han gobernado, que unas veces han sido tiranos sanguinarios y otras personas movidas por sus intereses personales o partidistas. Y el Señor ¿ha sido el dueño de esa historia conformada por sus criaturas?

Si recordamos un poco el Antiguo Testamento, en seguida nos viene a la memoria la consideración de las traiciones e infidelidades del pueblo elegido a las alianzas que establecía con Yahvé, las batallas perdidas cuando adoraban a otros ídolos y las ganadas cuando se arrepentían y pedían perdón. Dios estaba a su lado o desaparecía, aparentemente, cuando le daban la espalda.

Ahora no se habla, ni por asomo, de esas cosas, claro, porque hemos marginado a Dios de nuestra vida. Sin embargo, estoy convencido de que nuestra historia es la continuación de la que vivieron Abraham, Moisés, Jacob o David y que si hoy las urnas nos han deparado el resultado que conocemos y que, en definitiva, es consecuencia de una legislatura que ha frustrado a millones de ciudadanos… Así podríamos remontarnos, marcha atrás, a  la vergüenza que sintieron los mismos votantes de Rajoy tras el paso de Zapatero que, a su vez, fue elegido tras las secuelas de la guerra de Irak y de unos atentados yihadistas mal gestionados por Aznar, que a su vez fue elegido para acabar con la corrupción socialista que, a su vez…

Si tiramos del hilo de la historia nos encontramos fatídicamente con el ovillo que hemos liado entre todos… bajo la atenta mirada de Dios que nos deja actuar en libertad. Porque, en definitiva, de eso se trata: que mientras la historia no llegue a su fin –y no ha llegado a pesar del señor Fukuyama y de la caída del muro de Berlín- aquí vamos a vivir en una continua zozobra, la que nos ofrecen nuestras idolatrías y nuestras traiciones, ejercidas en toda libertad. ¡Y cómo nos engañamos cuando decimos que cualquier tiempo pasado fue mejor!

Les voy a decir una verdad como una catedral: la vida empieza hoy y lo que hagamos hoy es lo que nos encontraremos mañana. El ayer… el ayer es lo que hoy nos han dejado en herencia nuestros antepasados, incluidos los más recientes que nos gobiernan… en nombre de sus ídolos. ¿Nos ha dejado Dios de su mano? No, señor. Somos nosotros los que la hemos dejado hace mucho, mucho tiempo. Ya lo dijo el salmista hace miles de años: “Se han levantado los reyes de la tierra y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su ungido… Rompamos, dijeron, sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo…” Leamos, leamos el Salmo II, tan luminoso, tan actual.