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EN LA FESTIVIDAD DEL PATRONO DE MADRID

Monseñor Osoro invita a los madrileñosa acercarse a la belleza de la familia y del trabajo, tal como lo vivió el San Isidro

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En La Misa solemne presidida esta mañana por el arzobispo de Madrid, con ocasión de la festividad de San Isidro, patrono de la capital, monseñor Carlos Osoro pronunció una homilía en la que invitó a la numerosa asistencia, entre la que se encontraban las primeras autoridades, a acercarse a la belleza de la familia cristiana, del trabajo y del propio testigo de Jesucristo cuya fiesta se celebraba. Este es el texto de la homilía:

«Nos reúne en este día la celebración de una fiesta que es entrañable para todos los que vivimos en Madrid y que en tantos lugares de España ha sido acogido como patrono de muchas parroquias: la fiesta de San Isidro labrador. Una fiesta que nos une a todos en torno a un madrileño, que formó una familia, que trabajó incansablemente y con su trabajo dignificó su vida, y que fue un gran testigo de Jesucristo Nuestro Señor. Acabamos de proclamar la Palabra de Dios que la Iglesia nos regala para esta solemnidad de San Isidro labrador. Ella nos ilumina y nos da a conocer desde la sabiduría de Dios, el relato que este esposo y padre supo hacer de su vida, poniendo la misma en manos de Dios, siguiendo las huellas de Jesucristo y acogiendo la gracia y el amor de Dios, que siempre engendra libertad, amor y compromiso hacia todos los hombres. San Isidro Labrador supo llenar su vida de la gracia y amor de Jesucristo.

El Salmo 1 nos ilumina sobre lo que fue la vida de San Isidro: su gozo fue la ley del Señor, que como nos dice Él, se reduce y se resume en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Esta fue la vida de San Isidro: siguió los consejos que la Palabra de Dios le iban dando, acogiéndolos en su corazón y poniéndolos por obra; nunca entró por la senda del descarte de los otros, ni de poner sus intereses por encima de los demás. Su tarea fundamental fue poner por obra la Palabra del Señor que meditaba y le regalaba la sabiduría para vivir todas las dimensiones de su existencia y hacer de su familia una verdadera comunidad cristiana, iglesia doméstica. Hizo de su trabajo no solamente un medio para sustentar a su familia, sino también para colaborar en ese desarrollo de la creación al que el Señor nos ha llamado a todos los hombres, buscando siempre que los que vivían a su lado tuviesen y encontrasen que en el trabajo se legitima la dignidad y la imagen que Dios ha hecho de cada uno de nosotros, somos imagen de Dios.

Por otra parte, se hizo un testigo abierto de Jesucristo, sabiendo por propia experiencia que es el único Salvador de los hombres, capaz de reconciliarnos a todos y hacer posible que nuestra vida convierta a la historia de los hombres en una convivencia de hermanos, en la que todos buscamos el bien de los demás. En San Isidro se realiza esa imagen del salmo, es como un árbol plantado al borde de la acequia, por eso da fruto, no se marchita y todo lo que emprende tiene buen fin. La tierra en la que plantó su vida y el agua que regó su existencia, fue Jesucristo.

En esta fiesta de San Isidro Labrador, la primera que celebro con vosotros como Pastor de la Iglesia en Madrid, quiero aproximaros la figura del Santo Patrono, viendo cómo la Palabra de Dios que acabamos de proclamar la hace vida en su vida. Lo hago con tres invitaciones:

1. Primera invitación. Acercaos a descubrir la belleza de la familia cristiana tal y como la vivió San Isidro labrador: hizo de su vida en familia lo que acabamos de escuchar: “en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía… Daban testimonio de la resurrección del Señor con valor… Ninguno pasaba necesidad… Lo ponían a disposición… Distribuían según lo que necesitaba cada uno” (cfr. Hch 4, 32-35). Todos sois conscientes de que la familia ha sufrido quizá como ninguna otra institución, transformaciones amplias, profundas y rápidas. Esto ha creado diversas situaciones. En algunas se vive con fidelidad lo que constituye el fundamento de la institución familiar. En otras se vive en la incertidumbre y el desánimo, en la duda, en la perplejidad y a veces en la ignorancia de lo que significa la verdad de la familia. Otras, por diferentes situaciones de injusticia, se ven impedidas para vivir sus derechos fundamentales como tal familia. San Isidro nos recuerda que la familia constituye uno de los bienes más preciosos de la humanidad, que él nos puede regalar, y presenta la sabiduría desde la cual vivió y formuló la vida de su familia. Él supo humanizar su familia con el humanismo verdadero que se nos ha revelado en Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él supo vivir que Dios nos había creado a su imagen y que, lo mismo que nos llamó a la existencia por amor, nos llama al mismo tiempo al amor.

El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano. Y uno de los modos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor, es en el matrimonio. Donde los esposos recuerdan permanentemente lo que acaeció en la Cruz, Dios hecho Hombre por amor a los hombres, da la vida por nosotros. De tal manera que la belleza de la familia cristiana está en cómo hombre y mujer son el uno para el otro y para los hijos, como lo fue Jesucristo para nosotros, hasta dar la vida, y así se convierten en testigos de la salvación. En el matrimonio y en la familia se establecen unas relaciones de tal hondura que se hace verdad lo que la Palabra de Dios nos decía: piensan, sienten lo mismo, poseen todo en común, nada llaman suyo propio, todos se remiten en todas las circunstancias a Jesucristo y ponen a disposición de los que forman la familia lo que son y lo que tienen, e incluso garantizan que eso que son y tienen pueda llegar también a quienes les rodean. San Isidro Labrador vivió de una manera especial la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor: formó una comunidad de personas, sirvió a la vida, participó en el desarrollo de la sociedad de su tiempo y en la vida y misión de la Iglesia.

2. Segunda invitación. Acercaos a descubrir la belleza del trabajo tal y como lo vivó San Isidro Labrador: el trabajo es necesario para vivir la dignidad con la que Dios nos creó. Habéis escuchado en el Evangelio proclamado: “yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, sino permanecéis en mí” (cfr. Jn 5, 13-19). En el mismo Cristo, descubrimos la necesidad de un trabajo digno para todos los hombres. San Isidro acogió la llamada de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la viña, en la misión. Lo hizo unido a Jesucristo, en una comunión viva con Él, permaneciendo en Él. Jesucristo nos reclama a todos y nos dice como en aquella parábola, que nos relata como un día viendo a quienes estaban en paro, les dijo ¿por qué estáis aquí todo el día? La respuesta fue: es que nadie nos ha contratado. El Señor les dijo: “id también vosotros a mi viña”.

Para todos se hizo todo lo creado y a todos nos hizo iguales. Es necesario mirar de cara los problemas, las inquietudes, las esperanzas, las situaciones económicas y sociales que viven muchos hombres y mujeres. Es verdad que presentan problemas y dificultades, pero hay solución; Dios no manda lo imposible, simplemente nos pide que vivamos siendo su imagen y semejanza. Y así, que busquemos que todos puedan vivir según esa imagen. Estamos llamados a vivir siendo sal de la tierra y luz del mundo. San Isidro lo fue en su tiempo y nos pone de frente ante las múltiples violaciones a las que está sometida la persona humana, especialmente, cuando no es reconocida y amada en su dignidad de imagen viviente de Dios.

La dignidad de la persona, tal y como nos la revela Dios mismo, constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. Y aquí está el fundamento de la participación y de la solidaridad. ¡Cómo sabía San Isidro que el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre! Por eso nos lo recuerda siempre la Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, cuando nos dice que el trabajo es un derecho de todo hombre, que el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo. Nos recuerda el primado del hombre sobre la obra de sus manos; por ello, capital, ciencia, técnica, recursos públicos e incluso la propiedad privada tienen por finalidad el progreso verdadero de la persona, entre el que se encuentra su derecho al trabajo y el bien común. San Isidro hoy nos anima a promover ese trabajo decente de que nos hablaba San Juan Pablo II, es decir, ese trabajo para todos y que sea expresión de la dignidad esencial del hombre, que permita satisfacer las necesidades de las familias y que deje espacio para encontrarse entre ellos y que se asegure el mismo para todos los hombres.

3. Tercera invitación. Acercaos a descubrir la belleza del testigo de Jesucristo a través de San Isidro Labrador. Él descubrió la misión de ser testimonio de la verdad de Jesucristo. Y es que no basta anunciar la fe solo con palabras, porque, como nos recuerda el apóstol Santiago, “la fe, si no tiene obras, está realmente muerta”. San Isidro sabía que el anuncio del Evangelio tiene que ir acompañado con el testimonio concreto de la caridad, que no es una actividad asistencial, pertenece a la naturaleza y a la manifestación irrenunciable de lo que es un discípulo de Cristo. Como buen labrador, entendió perfectamente al apóstol Santiago, tal y como hemos escuchado: “en labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra… Llamamos dichosos a los que tuvieron constancia… Porque el Señor es compasivo y misericordioso…Rezad unos por otros, para que os curéis” (St. 5, 7-17). ¿Qué es ser testigo de Jesús resucitado? Quiere decir que el testigo pertenece a Él y, precisamente en cuanto tal, puede dar testimonio eficaz de Él, hablar de Él, darlo a conocer, llevar a Él, transmitir su presencia. Se le pide que en cualquier circunstancia sea fiel a la misión que se le ha confiado. Esto implica para todos nosotros, como implicó para San Isidro, en primer lugar una experiencia personal y profunda de Jesucristo, junto con una amistad íntima con Él, en cuyo nombre la Iglesia nos envía. El testigo sabe que la fe cristiana no es reducible a un mero conocimiento intelectual de Cristo y de su doctrina, sino que debe expresarse en la imitación de los ejemplos que nos dio Cristo. A la pregunta ¿quién es mi prójimo?, Jesús contesta con el relato del buen samaritano. Esta es la pregunta clave de un testigo. Y cada uno de nosotros debe convertirse en prójimo de toda persona con quien nos encontremos en el camino de nuestra vida: “ve y haz tú lo mismo”. El amor es el corazón de la vida cristiana y es quien nos convierte en testigos de Cristo.

Los santos engendran santos. La cercanía a sus personas, a sus huellas, siempre enriquece nuestras vidas; ellos nos depuran y nos elevan la mente, nos abren el corazón al amor de Dios. Esto es lo que hace hoy San Isidro Labrador acercándose a nuestras vidas, a las vidas de todos los madrileños.

Jesucristo, el Señor, se va a hacer realmente presente en este altar en el Misterio de la Eucaristía. Acoged a Jesucristo, probad todos lo que sucede con esta acogida. No tengáis miedo. Hacedlo como lo hizo San Isidro Labrador, en la sencillez de un esposo, de un padre y de un trabajador. Que la intercesión de este Santo abra las puertas de nuestras vidas y de la historia que estamos viviendo a Jesucristo. Es en Jesucristo donde encontramos el Camino, la Verdad y la Vida. Así lo experimentó y vivió San Isidro Labrador. Nadie está excluido. Dios incluye, es el primero que comenzó la cultura del encuentro. Vivamos con San Isidro esta experiencia. Amén.