La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Bondad y riesgos del Poder

Como advertían filósofos clásicos escolásticos, a Dios podemos atribuirle cuantas perfecciones encontramos en sus criaturas, pero no todas del mismo modo.

Hay perfecciones que llamaremos “puras”, en cuyo concepto no entra imperfección alguna. Por ejemplo, la sabiduría. A Dios podemos en casos como éste, atribuirle esa perfección de modo directo, formal y, por supuesto, en grado eminente, infinito. Dios es formal y eminentemente, infinitamente, sabio (formaliter eminenter, precisaba el riguroso filósofo).

Pero en este mundo hay otras muchas cualidades en cuyo mismo concepto entran elementos de imperfección. Por ejemplo, la extensión. Y las cualidades de ese tipo no podemos atribuirlas formalmente a Dios. Esto, con todo, no impide decir que lo que de perfección haya en lo extenso se da también en Dios, no de modo formal, sino virtual y, por supuesto, también de modo eminente (virtualiter eminenter, digamos para no desperdiciar el rigor terminológico que tanto cuidaban aquellos).

Y ¿a qué viene esto? A que el “poder”, es en su propio concepto una realidad tan positiva que podemos atribuirla a Dios de modo formal y eminente. De Dios decimos precisamente que es todopoderoso. Y en toda realidad, también en todo ser creado, está presente el poder. Zubiri habla del poder de lo real. Hay una serie de predicados que se dicen transcendentales precisamente en cuanto predicables de todo lo real: uno, bueno, verdadero, bello? Pues bien, a la relación tradicional de transcendentales podemos añadir la de poderoso: todo ente es poderoso (omne ens potens est). El poder, pues, no es malo, sino bueno, tan bueno que suscita la más fuerte apetencia y resulta verdaderamente acuciante la tentación de poseerlo y la de utilizarlo mal a nuestro exclusivo servicio…

Las relaciones humanas son un entretejido vivo en el que en distintos momentos y bajo distintos aspectos todos ejercemos poder, salvo que se entienda que poder en sentido propio es sólo el estructural político, el económico, el que va acompañado por la posibilidad del uso legítimo o ilegítimo de una fuerza que permite en efecto forzar de modo invencible el comportamiento de otros…”i.

Ahora bien, hablamos también, y no en sentido impropio o metafórico, del poder que a veces llamamos poder moral, para distinguirlo del físico, de la mera, “pura” fuerza bruta, o del poder político y legal (acompañado también este de fuerza coactiva y medios materiales eficaces para imponerse). Ese poder espiritual o, más genéricamente, moral (sin que por eso deje de tener eficacia física) es el que ejercemos cuando aprobamos o desaprobamos, elogiamos o criticamos, aplaudimos o nos abstenemos de hacerlo o abucheamos… Ese es un tipo de poder con el que contamos todos y de hecho ejercemos de manera constante, fluida, en unas relaciones que, en distintos momentos, aspectos y situaciones, nos sitúa en el polo activo o en el pasivo de la relación de poder de que en cada caso se trate. La distinción entre los dos tipos de poder señalados permite hablar sin contradicción del “poder de los sin-poder”ii. Incluso el último en la escala del poder sociopolítico o económico, el más oprimido, tiene, con todo, el poder de desaprobar hasta el desprecio en su fuero interno a quien ocupa el lugar más alto en esa escala. Y la historia por cierto ofrece buenas pruebas de que ese impotente poder “invisible”, cuando en una determinada masa crítica se actualiza y encauza como violencia física, puede saltar arrollador a la acción revolucionaria que lleva irresistiblemente a la conquista del poder políticoiii.

Con el poder moral o espiritual se relaciona y aun con él se identifica la autoridad de que gozan quienes la tienen socialmente reconocida. Esa autoridad puede o no coincidir con la que se otorga de acuerdo con las condiciones y normas de un sistema. Y cabe decir que la ausencia de soporte institucional de una autoridad –sustentada, sin embargo, en un sólido reconocimiento social– es la mejor garantía y prueba de su fáctica autenticidad.

Pero lo cierto es que, cuando se habla de poder, si el contexto no impone otra referencia, se piensa en el poder que, de una u otra manera, puede denominarse político, ese derecho y capacidad que tienen los dirigentes de una sociedad, en especial de la que precisamente se llama política, para dirigir y determinar de modo eficaz, con medios adecuados para esto, el comportamiento de los integrantes de la comunidad y de la comunidad en su conjunto como tal. A ese poder se le reconoce, con Max Weberiv, la legitimidad en el uso de la violencia en sus muy diversas formas, incluidas las más brutamente físicas, que en ocasiones puede requerirse con necesidad de medio para conseguir que se lleven a cabo los comportamientos previstos y prescritos para el logro del correspondiente bien común. Es legítimo, cuando no claramente obligado, aspirar a conseguir este tipo de poder y a ejercerlo de acuerdo con las exigencias morales y legales a las que ha de ajustarse.

Pero no cabe duda de que el ejercicio de esa clase de poder exige un tipo de decisiones que no parecen precisamente conciliables, diría el mismo Max Weberv, con el Sermón de la Montaña y, en ocasiones, no se atiene a otros requerimientos que los del logro de las consecuencias que en determinado momento parece “necesario” conseguir (según la que se dice ética de la responsabilidad y que puede suponer una moral simplemente consecuencialista).

El ejercicio de este tipo de poder político, dominador, coactivo, puede constituir –y de hecho constituye con preocupante frecuencia– una fuerte tentación para aquellos a quienes se les ha otorgado el poder de / para actuar como servidores-dirigentes de una comunidad en la que han de vivirse las Bienaventuranzas. De hecho, a lo largo de la Historia, la Iglesia ha ejercido este tipo de poder temporal, “político”, de modo subsidiario para asegurar la paz y los bienes materiales y morales básicos de la convivencia y nadie niega la tarea civilizatoria que ha llevado a cabo en los más diversos tiempos y espacios. Pero en esa “historia” se pueden señalar también, por desgracia, las infamias y excesos en que se traduce con harta frecuencia el ejercicio descontrolado de ese poder.

Por eso dijimos que para la Iglesia ha sido un bien verse despojada, en el proceso moderno de secularización, del poder temporal, civil, político, que llegó a ejercer indebidamente en determinados momentos. No debemos, sin embargo, dar por definitivamente alejado el riesgo de que el poder religioso se vea envuelto en el ejercicio de funciones y poderes “terrenales” que de suyo no le corresponden (En la próxima entrega consideraremos la perennidad de ese riesgo y la paradoja del enorme poder temporal que puede llegar alcanzar quien se encuentra despojado de todo poder temporal…).

Teófilo González Vila.

i Cf. González Vila, Teófilo, “Verdad y tolerancia, ingredientes necesarios para una cultura de la convivencia”, en XL Semana Social de España [Toledo 2006], Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia. Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo 2009, p. 203.

ii Así, p.e., en el título que se asigna a la versión española de una obra de Václav Havel: Václav Havel, El poder de los sin poder, Ediciones Encuentro, Madrid, 1990.

iii Cf. González Vila, Teófilo, o.c., pp. 203s.

iv MAX WEBER en su conferencia Politik als Beruf (1919). Citamos la traducción española de Francisco Rubio Llorente en El político y el científico (Madrid, Alianza LB, 1984 8) p. 92.

v MAX WEBER, o.c., pp. 160 ss.