La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Encuestas y “manos negras”

Manuel Cruz

Algunos dirigentes del PP están que trinan por el resultado desfavorable que les ofrece el reciente macrosondeo sobre las elecciones autonómicas y municipales. “¡En el CIS hay una mano negra…!” exclaman, sobre todo, los candidatos de Castilla La Mancha y de Extremadura que, para sus seguidores, lo “están haciendo de cine”.

Supongo que la irritación es consecuencia de la fiabilidad que casi siempre ha tenido el Centro de Investigaciones Sociológicas, por encima de los partidos que se han alternado en el Gobierno.  Pero aquí la pregunta pertinente no es si los sondeos se han manipulado o que, al contrario, son  reflejo auténtico de una verdad más o menos fluctuante; ni siquiera que los encuestados hayan mentido para seguir la “moda” de dar más “caña” al PP. La pregunta que deben hacerse esos irritados dirigentes del PP, al menos a la luz de las recientes elecciones en el Reino Unido, es si las encuestas son fiables o, en todo caso, valen para que los votantes se dejen influir por ellas bien para aceptarlas, bien para rechazarlas.

Como la conclusión no tardará mucho en llegar. apenas se realice el escrutinio del día 24, cualquier reflexión sobre el tema supone una perdida de tiempo. Otra cosa es la influencia que puede tener en el electorado la campaña en curso, con la incertidumbre de Andalucía como telón de fondo. Pero al margen de los programas que proponen los partidos, en especial los de corte populista-marxista, elaboradas por cierto desde hace años por un grupo de profesores de sociología enamorados de las tácticas de asesinos en masa como Lenin y Stalin, la gran incógnita que hoy se plantea en nuestra sociedad es mucho más simple que todo el complejo panorama que nos pintan los medios de comunicación.

¿Se inclinará el electorado por la continuidad del programa económico que ha permitido a Mariano Rajoy sacar a España del abismo de la crisis o preferirán la aventura de los que dicen que todo lo pueden o de los socialistas que simulan haber reconocido sus errores del pasado? La respuesta no es sencilla aunque la sensatez debiera sugerirnos que más vale malo conocido que bueno por conocer.

El “quid” de la cuestión electoral es el índice de fiabilidad de los políticos que encabezan las listas de los distintos partidos en liza. ¿Es más fiable Mariano Rajoy que Pedro Sánchez? ¿O de ambos frente a Albert Rivera y Pablo Iglesias? Cuando ganó Syriza en las relientes generales de Grecia, la gente se volcó con Tsipras porque su antecesor, el conservador Andonis Samaras, no había conseguido nada con su política de austeridad después de recibir de la Unión Europea y del FMI más de doscientas mil millones de euros. Además, Tsipras había embaucado al irritado electorado haciéndole ver que Bruselas terminaría por ponerse de rodillas ante la nueva Grecia populista y seguiría prestándole dinero sacado del bolsillo de todos los europeos. No ha sido así, pero los griegos, salvo algunos conatos de protesta, todavía no le han exigido cuentas a su primer ministro por incumplimiento de sus promesas: hay que darle al joven embaucador algún margen de confianza.

¿Pensarán eso los españoles del emergente Pablo Iglesias? Ya sabemos que los votantes de izquierda no suele pasar factura a sus dirigentes por mucho que se hayan corrompido. Ahí tenemos, cada vez mas soberbia y ufana, a Susana Díaz proclamando que sus 47 escaños le dan derecho a ser presidenta… olvidándose que ese mismo derecho se lo negó a Javier Arenas cuando hace tres años obtuvo 50 escaños…

La política tiene esos recovecos: cuando a priori el buen sentido sugiere un mínimo acuerdo para apoyar las listas más votadas, se rechaza de plano. Pero luego, cuando se le ve la cola al gato, se busca afanosamente el modo de echar pelillos a la mar. En todo caso, las encuestas españolas, por mucho que nos acerquen a las que hasta hace unos días se elaboraron en el Reino Unido, nos indican que aquí habrá que pactar hasta el coste de los rollos de papel higiénico destinados a los servicios ministeriales.

La gran evidencia es que Mariano Rajoy no será capaz de igualar la hazaña de su homólogo ideológico Cameron y volver a ganar por mayoría absoluta, esa especie de condena que pesa sobre el PP para evitar que proliferen los “pactos del Tinell”. Lo cual nos pone ante una evidencia: en adelante tendrá que cambiar mucho, muchísimo, la forma de gobernar y esto implicará una lucha demoledora contra la corrupción.

La izquierda, como ha perdido el sentido de la vergüenza desde hace muchos años, no parece demasiado inquieta por la losa andaluza porque allí las cosas están bien engrasadas y la jueza Alaya puede morirse antes de culminar la instrucción de los Eres y los cursos de formación fraudulentos. Pero a la derecha no se le van a perdonar los casos Bárcenas, Gurtel, Granados, Rato, Blesa y Cia.

De modo que a ver qué hace el PP en estas inmediatas elecciones y que hará cuando se pongan en marcha los pactos a cuatro o cinco bandas y se convoquen las elecciones generales. Y en el PP no se irriten tanto con las encuestas: la economía puede ir algo mejor, claro que si, pero el desencanto por las promesas incumplidas no lo suplen el regalo de cien euros más para gastar en el supermercado y que vengan a Alemania a invertir en la industria del automóvil… ¿Por qué no hacen algo para evitar el suicidio demográfico y estimular la maternidad? ¡Vamos, don Mariano, haga un esfuerzo de lucidez antes de que sea demasiado tarde?