La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Una nueva Contsitución?

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Varias reflexiones caben ante el sorpresivo anuncio de dictar una nueva Constitución:

En primer lugar, se pretende hacer esta reforma por vías no totalmente institucionales, como llamar a una “Asamblea Constituyente”, saltándose así los mecanismos de reforma contemplados por la propia Carta Fundamental. Una situación similar, además de ilegal e inconstitucional, seria un suicidio para cualquier Constitución, pues si ésta pudiera ser modificada por cauces diferentes a los contemplados por ella misma, en cualquier momento y casi por cualquier circunstancia, podrían dictarse recurrentemente nuevas constituciones, echando por la borda todo lo anterior y generando una inestabilidad nefasta para cualquier país.

Es por eso, en segundo lugar, que hay sectores que ya han alertado sobre la muy dañina inestabilidad que trae un anuncio como éste: si se pretende cambiar las reglas del juego que nos han regido por 35 años, al margen de la profundidad de dicho cambio, la ya alicaída economía se resentirá mucho más, lo cual es lógico: ¿quién va a proyectar, invertir y arriesgar si literalmente, le están quitando el piso?

En tercer lugar, se ha hablado mucho del origen ilegítimo de la Constitución. Sin embargo, además de que sería muy útil mirar a varios de nuestros vecinos para ver lo curiosa que ha sido la génesis de muchas de sus constituciones, también es oportuno recordar para quienes piensan así, que la nuestra se fue legitimando con sus no menores reformas. Además, si ha tenido éxito (todavía tenemos la economía y el sistema político más estables de Iberoamérica), ¿para qué cambiar el modelo? Es mucho mejor y más sensato perfeccionarlo, en vez de dar un salto al vacío.

Además, en cuarto lugar, debe recordarse que si el actual gobierno fue elegido en realidad solo con poco menos del 30% del total de votos (al haberse dado la abstención más alta de nuestra historia, cercana al 50%), ¿existe de verdad una legitimidad democrática para proponer un cambio de esta envergadura? Lo anterior se refuerza más aún si se recuerda que la opción “A.C.” solo alcanzó un 10% en dicha elección, o sea, si votó por el actual gobierno el 30% del total, ello equivale a menos de un 3% real.

En quinto lugar, un cambio de esta magnitud se justificaría en caso de estar viviendo una grave crisis política o un quiebre institucional, lo cual, pese a los últimos escándalos, claramente no corresponde a nuestra realidad.

Finalmente, si hoy existe una notable desconfianza hacia la clase política, pretender una Constitución que empodere más aún al Estado, significa que sus partidarios no están escuchando el real clamor de la ciudadanía.

 

Max Silva Abbott, Doctor en Derecho, Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián