La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En oración con María

Julia MerodioJulia Merodio

 Mañana comienza el mes de Mayo y, como no puede ser de otra manera, quiero invitaros a iniciarlo en oración junto a María: La Madre.

Durante esta semana pasada, nos hemos estado preguntando si la Pascua había llegado a nuestro corazón y hemos comprobado que vivir “en Pascua” no siempre es fácil.

Sin embargo, nos alegra saber que, alguien como nosotros, sí fue capaz de vivir “en Pascua” toda su vida. Ella fue la que inundó de luz resucitada la oscuridad que quedó, en el corazón de los seguidores de su hijo, el día que lo vieron morir en la cruz. Ella inundó de luz resucitada, cada acontecimiento que se le iba presentando, por adverso que fuera.

Es por eso, por lo que nos vamos a acercar a la Madre, para que nos enseñe a vivir como ella vivió; para que sea nuestra referencia; para que sea la señal que nos indique el sendero por donde caminar. No se puede encontrar un modelo mejor; el Espíritu Santo la habitaba y su alma estaba inundada de todos los Dones.

De ahí que María pueda enseñarnos a orar.

Y puede hacerlo porque Dios puso en su corazón el Don de Piedad, ese don que tantos tildan de “beatería”, pero que las personas orantes sabemos que no tiene nada que ver con eso.

En ella descubrimos que, el Don de Piedad es el que nos enseña a ser pequeños, a vernos necesitados del Señor, el que nos lleva a ir entregando retazos, de esa vida que Él nos ha dado, a cuantos se cruzan en nuestro camino.

El Don de Piedad sana nuestro corazón de toda dureza; nos abre a la ternura de Dios como Padre y se manifiesta en la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia y el perdón.

 

Caminamos hacia la quinta semana de Pascua, los apóstoles todavía no han recibido el Espíritu Santo, no están lo suficientemente preparados para ello, por eso van afianzando su fe junto a María.

Como ellos, también nuestra fe necesita renovarse, de ahí que nos acercamos a la Madre para que sea ella la que nos enseñe a confiar en el Señor, a ponerlo como lo imprescindible en nuestra vida, a estar abiertos a la llegada del Espíritu Santo y a darle gracias por tantas maravillas como realiza a través nuestro.

Porque queremos, lo mismo que María, que Dios sea el motor de nuestra existencia, queremos dejar que todo se haga según su voluntad, queremos -como ella- que sea tan uno con nosotros, como lo es nuestra respiración.

  • En Él, nos sentimos renovados y dispuestos para seguir el camino.
  • En Él, nuestros pies marcharan por el sendero recto.
  • Con Él, nuestros proyectos tendrán un buen fin.
  • Nuestros fracasos serán más fáciles de superar.
  • Y nuestra vida comenzará a tener sentido.

Pues como dice el profeta Isaías:

“Los que esperan en el Señor, verán sus fuerzas renovadas,  correrán y no se fatigarán, caminan y no se cansan” (Isaías 40:31)

 

MOMENTO DE CALMA

Aquí estamos Señor.

Aquí estamos porque tenemos la necesidad de que María nos enseñe, como a los apóstoles, a no huir de nuestras responsabilidades.

Necesitamos que nos enseñe, a no echarnos para atrás a la hora del compromiso, a la hora de anunciar el evangelio.

Queremos que nos enseñe, a ser personas valientes, que no nos escondamos a la hora de dar un testimonio de vida.

Necesitamos ser esposos, padres de familia, como lo fueron María y José, conscientes de que El Señor ha puesto en nuestras manos la gracia de un sacramento para que nos amemos, nos ayudemos, nos comprometamos y seamos espejo, del amor de Dios, en el mundo cuando la gente vea nuestra manera de vivir.

Necesitamos, junto a nuestros sacerdotes y consagrados, esforzarnos en trabajar para el Reino, como lo hicieron los apóstoles, pero dejando que sea María la que nos: acompañe, nos guié, nos enseñe, y nos ayudar a darlo todo por los demás.

Necesitamos ser personas capaces de hacer un mundo donde, la manera de vivir sea un verdadero: Anuncio de Salvación.