La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La “página 99” de Pedro Monasterio

magdalenadelamoMagdalena del Amo

Los textos, sea en forma de papiros, palimpsestos, códices, estelas otablillas de arcilla que museos y bibliotecas guardan en sus vitrinas, muestran la necesidad natural del ser humano de contar historias y hacerlas pervivir más allá del tiempo. Tener un libro y saber leerlo es una noble aspiración alcanzada no hace tanto tiempo. Cuando se hace con el corazón y se pasa por el tamiz de la conciencia, escribir un libro, leerlo, regalarlo o venderlo, es casi un ritual cercano a la mística. Pedro Monasterio, librero de profesión, vocacional hasta el tuétano, parece un hombre fuera de su tiempo, sacado de una de aquellas ágoras del clasicismo donde se recitaba y se hablaba de los misterios de la vida.

Muchas veces, los libros nos vienen impuestos por el marketing, porque incluso antes de ser escritos –por encargo— ya están vendidos en el mercado de los mohatreros de las letras y las palabras. Eso es harina de otro costal, y lo abordaré en otro momento. Ahora solo quiero dar unas pinceladas sobre la relación que se establece entre autor y lector a la hora de tomar en la mano un libro completamente anónimo y huérfano de propaganda. Hay muchas maneras de entablar una relación con un libro que no conocemos. En primer lugar, máxime en estos tiempos en los que la imagen está sobrevalorada, muy por encima de cuestiones mucho más esenciales, solemos fijarnos en el físico. Así, una buena portada y un título sugerente equivaldrían a unos bonitos ojos o a unas estilizadas piernas, dependiendo de los gustos, o a ambos. Después viene el manoseo compulsivo, y una ojeada en diagonal al texto de contraportada –en general, una sinopsis—, seguida de una visita a la solapa, donde tiene lugar el primer encuentro con el autor, algunas veces tan mágico, que incluso se puede llegar a intuir un guiño de complicidad, anunciador a veces del principio de una buena amistad o quizá de un amor aunque sea fugaz.

Viene después el análisis técnico: maqueta, cabeceras y márgenes, calidad del papel, si es blanco o ahuesado, tipo y cuerpo de letra, interlineados, o si está fresado o cosido. Casi de manera inconsciente y en muy pocos segundos estamos en condiciones de dictaminar si tenemos un buen o un mal producto, según los parámetros de los controles de calidad. Sin embargo, como se dice siempre al hablar de personas, la belleza está en el interior, y es aquí donde hay que centrar el análisis valorativo definitivo.

Una visión del índice, el primer párrafo y algunos salteados del interior pueden ser pistas decisivas, pero si además leemos la “página 99” podemos decir que estamos ante la auténtica bola de cristal escrutadora de la obra, según el decir del escritor y editor británico, Ford Madox Ford, quien recomendaba abrir los libros por este punto para ver si merecían la pena, ya que “la calidad del todo” –opinaba— se sustancia en esta página. Aunque el autor de la máxima lleva más de medio siglo entre libros celestiales, su teoría hoy se difunde en Internet, donde hay varios blogs que aluden a ello, incluso uno que sirve de escaparate para que autores noveles cuelguen su página 99, para someterla a juicio de los visitantes e incluso que los editores puedan fichar nuevos talentos.

A Pedro Monasterio también le va lo de la página 99. Así se llama su pequeño espacio de los sábados en el programa de Isabel Gemio, “Te doy mi palabra”, en Onda Cero. En él, desde su rincón de la librería La dama boba, situada en la calle Diego de León, en el barrio de Salamanca, suele recomendar libros y leer algún párrafo o declamar alguna poesía. Por cierto, tiene una voz bárbara para locutar. Nos conocimos hace unos días en Madrid a través de Sonia Montero Trénor, una de las autoras de La Regla de Oro Ediciones donde acabamos de publicarle su primera novela, Viaje al ayer. Pedro y Mar se ofrecieron a presentarla el Día del Libro, y así se hizo. Fue un acto entrañable con y para el barrio. Pedro hizo de maestro de ceremonias y leyó ¡cómo no!, la página 99; la autora contó algunos detalles de la trama del libro, suficientes para crear expectación, pero con moderación para no hacer un espoiler.

Después de la firma de ejemplares, como broche, fuimos obsequiados con un vino español. Todos compartimos charla y risas. Una buena manera de celebrar “la noche de los libros”, el 23 de abril. Queridos Pedro y Mar: gracias.