La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Valores y virtudes: de lo pasajero a lo eterno

Manuel Cruz.-

– Valores, valores, valores… Oiga ¿tiene usted algunos valores que me pueda recomendar? Se lo digo porque ya sabe: todo el mundo habla de crisis de valores y me gustaría tener unos pocos, aunque no se muy bien qué son. Mis padres me educaron en virtudes, pero eso de los “valores” ¿son la misma cosa?
– Pues verá usted: se parecen pero no son lo mismo. Los valores, como la costumbres, pasan y más bien se aplican a la vida civil: el patriotismo, la lealtad, el respeto de las leyes, la honradez… Pero eso es meramente convencional: hay quien considera que el terrorismo tiene justificación política, como dice ese tal Pablo Iglesias; que los golpes de estado son necesarios para cambiar las leyes cuando no gustan, como pretendía Tejero; que las leyes se pueden incumplir impunemente, como ocurre con Artur Mas, etc. Las virtudes, además de ser eternas, se refieren a la vida espiritual de cada persona, como la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, que son las más importantes… Imagino que de pequeño le enseñaron el catecismo del P. Ripalda, que estaba más claro que el agua.

– Cierto, pero para eso hay que creer en la vida eterna, cosa que no está de moda. En todo caso  mi confusión se debe a que lo que veo en nuestra sociedad no solo es una crisis de esos valores que usted señala, sino de las virtudes de siempre. Y ya que habla del respeto a la ley, ¿me puede decir quien respeta esa ley máxima de los Diez Mandamientos? Como mucho la gente se considera justificada si no roba, ni mata. Los demás son “pecata minuta”, sobre todo el adulterio o el deseo de los bienes ajenos.

– Lo que ocurre es que los valores cívicos vienen a ser un disfraz hipócrita de esos Mandamientos. Si alejamos a Dios de nuestras vidas, no hay mandamiento que valga: lo único que nos vincula de verdad es la promesa de la vida eterna; lo “cívico” es el cumplimiento de las leyes aprobadas en el Parlamento.

– Pero eso estaría medianamente bien si tales leyes respetaran la madre de todas las leyes, y no me refiero a la Constitución, a fin de cuentas elaborada por seres humanos sin otra autoridad que sus mayorías. Recuerdo muy bien cómo en los años sesenta ya empezó a hablarse en España de la necesidad de unos “valores éticos” que vincularan a toda la sociedad. Y los promotores de esa “ética civil” fueron conocidos católicos y, al menos, así se les creía.

– En efecto: ya entonces algunos “teólogos” posconciliares quisieron enmendar la plana a Dios como legislador y se inventaron los “valores” para no molestar a los agnósticos y nihilistas, a sabiendas de que quien no respeta a Dios menos respetará a los hombres, a no ser por la fuerza.

– Pues no les salió muy bien el intento. ¿No cree usted que la política ha desatado las ambiciones, la codicia humana?

–  No hay que exagerar: esas ambiciones, que se centran en tener cada vez más dinero y más poder, han existido siempre. Ahora lo que ocurre es que cierta forma de entender la política está dando más oportunidades que nunca a nuevas formas de enriquecimiento: el tráfico de influencias, las comisiones, la corrupción, etc.

– Por eso mismo, no me negará que el abandono de las virtudes de siempre ha diluído hasta los valores que nos hemos inventado para tener tranquila la conciencia cívica. Además, algunos de esos “valores” ciudadanos se han convertido en “contravalores”, como eso de considerar el aborto como un derecho. En el momento en que se puede matar impunemente un ser humano cuando está en gestación y se deja de respetar la vida humana, se acabaron los demás valores. Los que así actúan se parecen a esa secta asesina de los “yihadistas”, que matan en nombre de Dios, para ganar el paraíso… Aquí, en la “cristiana” Europa, se mata en nombre de la ley… para ganar los votos de las feministas, es decir, para alcanzar ese otro “paraíso” de la mayoría parlamentaria.

– No le quito la razón, amigo. Verá usted: tengo un hijo que terminó con brillantez su carrera de Físico. Tuvo la suerte de emplearse en seguida, con cierto nivel ejecutivo, en una gran empresa dedicada a las comunicaciones. Y, al poco tiempo, asqueado por lo que estaba viendo a su alrededor, me vino a ver para decirme que no lo había educado para esta clase de vida y que estaba pensando en marcharse de esa empresa. Llevaba razón: yo creí que lo había preparado moralmente para la vida eterna, lo cual supone, como mínimo, una actuación honrada en el trabajo profesional, por encima incluso de la lealtad a la empresa. Hoy vive independiente como autónomo… y está educando a sus hijos en las mismas virtudes que aprendió en casa de pequeño. Porque llega un momento en que uno se da cuenta de que no hay felicidad sin la virtud de la honradez, de la templanza, de la castidad, de la limpieza interior, en suma.

– Y, por supuesto, hay que añadir la responsabilidad.

– Claro. Entre los “contravalores” más frecuentes que hoy se viven con todo descaro es la ausencia de responsabilidad. ¿Se acuerda de la señora que se contagió de ébola al cuidar un enfermo en Madrid? Hasta último momento, cuando ya la acosaba la justicia, se negó a reconocer que estuvo a punto de contagiar a otras personas por su falta de responsabilidad, aunque todo el mundo le reconoció su mérito al arriesgarse a tratar al enfermo. Otro caso que me ha dejado perplejo es el de los espeleólogos que perdieron la vida en Marruecos al aventurarse en una sima peligrosa. Todo el mundo quiso echar la culpa a los gendarmes marroquíes por no estar preparados, pero nadie, nadie ha hablado de su propia culpa por no tomar las debidas precauciones. El “deporte nacional” consiste en echar la culpa a los demás..   y en difamar. Algo parecido ocurre con ese niño que mató a su profesor con un machete y una ballesta y que tenía su habitación atestada de armas. ¿Han asumido sus padres alguna responsabilidad?

– Le diré que el peor ejemplo lo vemos en la vida política. ¿Alguien ha oído a ese tal Sánchez reconocer responsabilidad alguna por los Eres fraudulentos en Andalucía? ¿O a la propia Susana Díaz, que quiere gobernar aunque sea aliándose con el diablo? Al menos Rajoy tuvo el valor de pedir perdón públicamente por el “caso Bárcenas” y admitir que se había equivocado, lo cual se ha olvidado ya. Ahora estoy a la espera de que alguien reconozca su responsabilidad en el “caso Rato”.

– La verdad es que a mi parece bien que se eche a la calle al que se corrompe o corrompe a los demás. Pero también me encantaría que corriese la misma suerte el difamador, el que niega las evidencias, como hacen tantos tertulianos. En suma, admitamos que hay crisis de valores, pero la raíz está en la crisis de las virtudes de siempre, las que se han diluido para hacerlas “políticamente correctas”. Y yo también me acuerdo muy bien del “Ripalda”, que nos hablaba de los pecados capitales: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, la pereza… y de las correspondientes virtudes: la humildad, la largueza, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia.

– Valores, valores, valores… y virtudes, virtudes, virtudes…