La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Los obispos y los pobres

Viento en popa, con fuerza favorable, al documento sobre la pobreza de la Conferencia Episcopal Española. Un texto que pretende ser la carta de presentación del Episcopado Español, en estos nuevos tiempos, ante la sociedad y, por qué no decirlo, ante el Papa Francisco.

Un texto que tiene sus antecedente en el de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, de fecha 25 de marzo de 1994, titulado “La Iglesia y los pobres”. Un texto que, además, representa una puesta profunda que hay que analizar desde lo que ocurriera en el Concilio Vaticano II.

No ha lugar a que los documentos de la Conferencia Episcopal contengan una dedicatoria al inicio de sus páginas. Este sobre la Iglesia y los pobres habría que dedicarlo a monseñor Rafael González Moralejo, que fuera obispo auxiliar de Valencia y después obispo de Huelva, el prelado español más activo dentro del grupo de obispos que, en el Concilio Vaticano II, se congregó en torno al grupo “La Iglesia de los pobres”.

Por cierto, para saber sobre esta sensibilidad episcopal, y lo que hicieron y propusieron en el Concilio, habría que leer el libro de algo más que memorias de monseñor González Moralejo “El Vaticano II en taquigrafía”.

Monseñor González Moralejo intervino en la asamblea conciliar con motivo del debate sobre el documento De Ecclesia, embrión de la “Lumen Gentium”, el 23 de octubre de 1962. Sostuvo que la Iglesia tenía que hablar a los hombres de forma inteligible, dado que la mayoría de las personas no entendían el lenguaje eclesial. Lo que se comprendería fácilmente es una Iglesia que definiera su relación con Cristo desde la bondad, la pobreza, la comunión, la indulgencia. El deber de la Iglesia de vivir en la pobreza a imitación de Cristo fue su argumento. Ahí está el punto 8 de la “Lumen Gentium” que da testimonio de esta sensibilidad.

El adalid de este grupo, en el que jugó un papel destacado monseñorHélder Câmara, fue el cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, quien dijera, entre otras cosas, que la pobreza no es, para el cristianismo, un elemento importante de la ética evangélica sino un misterio en el sentido más propio que reviste la palabra para la revelación cristiana. Como señalara el teólogo Y. M. Congar, en una conferencia que pronunció en ese entorno, la Iglesia debía encontrar un aspecto que los siglos han ido borrando: la fisonomía de la pobreza.

Ahora los obispos españoles apuestan por priorizar, en la palabra y en los textos, este aspecto basilar del misterio del cristianismo. Una dimensión profética que, sin duda, será o silenciada, o se convertirá en signo de contradicción.

De las repercusiones sociales y políticas del documento habrá que hablar largo y tendido, seguro, con el tiempo. De momento, nos quedamos con la historia en perspectiva teológica. El resto, ya veremos.