La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El poder religioso y sus derivaciones temporales

 

La distinción entre lo de Dios y lo del César puede ser, ha sido y es objeto de muy diversos análisis y consideraciones que exigirían todo un tratado y no caben en este lugar. Pero es imprescindible dejar sentado que “lo del César” no es ni puede ser algo totalmente sustraído a “lo de Dios”, al poder de Dios, a Dios. Por es necesario advertir que lo de Dios y lo del César son dos modos distintos de ser todo de Diosi.

Para Benedicto XVI, en su primera encíclica, Deus Caritas est: “Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales” (DCE 28). Esta distinción, pues, señala sin duda la que se da y ha de afirmarse entre poder religioso y poder civil, entre Iglesia y Estado y supone, en una consideración más amplia, el reconocimiento de la autonomía del orden temporal tal como la entiende Concilio Vaticano II (GS 36).

La laicidad del Estado será una nota que, dentro de la autonomía propia de ese orden natural, especifica la que corresponde al Estado. Y adviértase que afirmar la laicidad del Estado es negarle competencia propiamente religiosa en cuanto tal. El Estado aparece así despojado del poder religioso del que se le había considerado asimismo dotadoii.

La mezcolanza o identificación entre poder religioso y civil puede revestir muy diversas formas y cabría señalar muy diversos casos en el proceso que supone la “apropiación” o “incorporación” de lo religioso por parte de lo civil estatal o, en sentido contrario, la adjudicación, por una u otra vía, del poder político al poder religioso (esto es, a quienes de hecho ejercen uno y otro). La mutua intromisión de ambos poderes es un fenómeno del que pueden ofrecerse múltiples ejemplos históricos , después y a pesar de la distinción hecha por Jesús, dentro del mismo mundo cristiano y constituye una tentación permanente para quienes ejercen uno u otro poder.

En todo caso, ambos poderes coinciden en ser… poder en cuanto inevitablemente marcado por una dimensión temporal. Precisamente en las presentes consideraciones queremos referirnos a la permanente tentación de búsqueda del “poder” así entendido en cualquier ámbito, incluido el religioso. ¿Es acaso en sí mismo malo el poder? ¿Acaso el poder es siempre dominación, violencia…? ¿Será verdad que el poder necesariamente corrompe, según el famoso dicho de Lord Acton? ¿Será inevitable que quien tiene poder lo ejerza solamente o preferentemente en su propio beneficio? ¿No es el poder el más alto y específico oficio de servicio al bien común?

En el caso del poder religioso ¿garantiza esa condición la bondad, la pureza de su ejercicio? Contra la posibilidad de que no sea así advierte bien claramente Jesús mismo a sus discípulos: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y el que quiera ser primero sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 42-45; cf. Mt 20, 25-28 y Lc 22, 25-27). Por desgracia quien ejerce un poder religioso puede incurrir en la búsqueda del propio bien por encima y en contra del bien de aquellos a quienes ha de servir, puede ejercer sobre estos la más dura y profunda dominación y conculcar del modo más refinado la dignidad humana. También en este ámbito de los religioso ocurre, y con especial fuerza, aquello de que la corrupción de los mejor es lo peor.

El complejo proceso histórico de secularización ha significado sin duda la asunción o recuperación, por parte del orden temporal, de la autonomía que, tal como aparecería luego reconocida en el Concilio Vaticano (GS 36), le corresponde. Esto ha supuesto despojar a instituciones religiosas, eclesiales, de poder o poderes que no les correspondían y que habían asumido en un proceso de indebida panconfesionalización en el que la distinción entre lo de Dios y lo del César quedaba oscurecida cuando no totalmente borrada. Ese proceso, sin duda doloroso, en el que cabe señalar también excesos antirreligiosos puede verse, en una amplia serena perspectiva histórica, como beneficioso para la Iglesia en cuanto los poderes temporales de los que se le privó no eran un bien propio que injustamente se le arrebataba, sino un mal, grave obstáculo a su misión evangelizadora, del que se le liberaba. En este sentido cabe hablar de una “buena secularización” o de una dimensión “positiva” de la secularización.

Ahora bien, esa secularización histórica concreta desarrollada en el cristiano mundo occidental (y que no se ha producido en otro muy ancho mundo marcado por otra visión religiosa) no ha traído la desaparición definitiva de las tentaciones de ejercicio dominador del poder religioso ni ha puesto fin a las pretensiones de mutuas intromisiones de los poderes religioso y civil. Se trata en realidad de una tentación vinculada a tendencias de la propia naturaleza humana y contra las que es necesaria una vigilancia permanente para mantenerse en un ejercicio-servicio del poder, de cualquier poder y de modo especial por parte de quienes han de dar testimonio del poder-servicio en un reino que no es de este mundo aunque ha de estar en este mundo.

Para la Iglesia por decirlo breve y sencillamente, según lo antes apuntado, ha sido un bien verse “despojada” del poder temporal. Pero todavía cabe preguntar: ¿lo ha sido plenamente? ¿No resulta inevitable que se vea una y otra vez investida de poder temporal, y aun del máximo poder temporal, justamente en la medida en que más empeño ponga en desembarazarse de él para mejor servir a su misión evangelizadora?

Habremos de considerar otro día esa ·”paradoja”: la paradoja del poder temporal inevitablemente derivado del servicio evangelizador en el más puro ejercicio de un poder religioso, espiritual, orientado fielmente a un bien común último sobrenatural. (Será ocasión para ofrecer algunas nuevas consideraciones básicas sobre el concepto mismo de poder).

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i Cf. González Vila, Teófilo, “Sobre cosas de Dios y del César”, en Temas de España. Servicio de Publicaciones dé la A.C.N. de P., Madrid, Euroamérica, 1971, pp.59-79. “La referencia hecha por Jesús a la distinción entre lo de Dios y lo del César, en la concreta ocasión en que tiene lugar, es interpretada a veces como recurso mediante el cual eludir entrar en cuestiones ajenas a su específica misión y en los concretos problemas políticos del momento. Por otra parte, parecería que con esa distinción lo que se resalta es la afirmación de una esfera propia del César. A los oídos de un devoto israelita, para quien es indudable que nada hay que no sea de Dios… no podía dejar de resultar extraño que se diera por supuesta una esfera que fuera propia del César. Pero tal afirmación podía sonar subversiva a oídos romanos que calaran su significado último, pues con ella se dejaba a la vez sentado, contra las pretensiones totalitarias y autodivinizadoras del Poder, que no todo es del César, que por encima del César está Dios y que el César mismo pertenece a Dios. En el contexto en que se establece, esa distinción contiene la más radical puesta en cuestión del poder imperial, poder que no se limitaría, ni se limita tampoco hoy, a cobrar tributos, sino que termina siempre por pretender, bajo una u otra forma según las circunstancias culturales, autodeificarse como instancia última definidora, dictadora, del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, de lo verdadero y de lo falso” (González Vila, Teófilo, “Lo que es del César: Laicidad y laicismo”, en Fundación Universitaria Española, Cuadernos de Pensamiento 20, Madrid 2008, p.81).

ii El Estado es laico, según esto, en el sentido de lego, en una acepción que comparte con el término profano, aquel que carece de conocimientos en un determinado ámbito (y puede decir, p.e.: “en esa materia soy profano”). Pero no pretendemos ahora desarrollar una exposición sobre el concepto de laicidad y el de laicismo. A este respecto me remito a algunos de los ya no pocos escritos en los que los trato expresamente, escritos entre los que pueden incluirse hasta diez “entregas” sobre estas materias incluidas en este blog durante 2012. Permítasenos, en todo caso, advertir lo siguiente. Según la 2ª acepción con que lo recoge el Diccionario de la Real Academia, el término laico significa “independiente de cualquier organización o confesión religiosa”. Y en esta línea se utiliza de hecho frecuentemente también con los significados de “increyente” o “arreligioso” e incluso, según el contexto, “antirreligioso”. Pero no se puede olvidar que “laico” (del griego laos = pueblo) es término de muy antiguo origen intraeclesial y con él se designaba y designa a quien dentro de la Iglesia forma parte, digamos, del “pueblo llano” en cuanto, según la primera acepción que le atribuye el mismo DRAE, “no tiene órdenes clericales” y no está, por tanto, entre quienes ejercen dentro de ella el poder que tales órdenes confieren. En este sentido, la condición de laico, en cuanto miembro de una comunidad o confesión religiosa, presupone la de “creyente”. También la laicidad del Estado es asimismo ante todo la falta de autoridad, de competencia, de poder en asuntos religiosos en cuanto tales. Y es en esto en lo que coincide con la del fiel laico. La laicidad, pues, en cuanto tal, no solo no lleva consigo la idea de increencia y, menos aún, la de antirreligiosidad, sino que de suyo, conforme a su antiguo, primitivo sentido intraeclesial, puede suponer (en cuanto simplemente significa la “condición de laico”) la condición de creyente. Christifideles laici–recordemos— se titula una importante exhortación, de 1988, de San Juan Pablo II.