La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sonia Montero Trénor publica su novela Viaje al ayer

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Magdalena del Amo

Creo que todos hemos deseado alguna vez volver atrás en el tiempo, a épocas que se nos antojan más atractivas y fascinantes. En la vida real, de momento no es posible, salvo que el célebre y controvertido Experimento Filadelfia no sea simple ficción y tenga mucho de realidad como aseguran algunas corrientes conspiranoicas. En cualquier caso, la posibilidad de viajar al pasado parece bastante lejana. No estaría mal poder revisar algunos hechos históricos, o incluso magnicidios que han cambiado el rumbo de los acontecimientos, pero, de momento, tenemos que conformarnos con la ciencia forense que, dicho sea de paso, puede rescatar del baúl de las incógnitas casos inconclusos, como la muerte del general Prim, que nos ha venido a demostrar una vez más, que las cosas no son lo que parecen, porque al general Juan Prim y Prats parece que lo dejaron morir desangrado. ¡Entre masones andaba el juego, pero así se escribe la historia!

Los relatos de ficción nos compensan de algunas de nuestras ilusiones fallidas y nos hacen vivir historias fantásticas. En Viaje al ayer, publicado por La Regla de Oro Ediciones, Sonia Montero nos dibuja a su protagonista, Teresa de la Roca, como una mujer víctima del desencanto, que ha visto sus expectativas truncadas al descubrir una infidelidad de su marido Gabriel, al que es incapaz de perdonar. La monotonía de su existencia se ve interrumpida cuando la noche de Fin de Año, sin saber cómo, hace un viaje en el tiempo, en concreto a la España del siglo XIX, donde conoce a un apuesto y educado caballero, Quintín Dávalos, con el que mantendrá una estrecha relación a lo largo de la novela. Estos viajes al pasado se repiten a voluntad, con la complicidad de su amiga Sofía. A lo largo de los capítulos, el ayer y el hoy conviven armoniosamente dejando brillar lo bueno del presente, no sin cierta añoranza de los valores de un pasado que no volverá. Teresa se emociona con el costumbrismo del XIX al cruzar la Plaza Mayor, con sus tranvías de caballos y señores de bombín, o el ambiente de los salones donde comparten cotilleo las damas provistas de inquietos abanicos y exagerados polisones. Y lo mismo le ocurre al contemplar nuestro restaurante Lardy, en pie desde entonces, y otros edificios como el Congreso, con los leones de Ponzano y su frontispicio neoclásico, igual que hoy.

Viaje al ayer es una novela de fácil lectura, con una trama interesante que nos impele a llegar al final cuanto antes. Veamos como aperitivo unos párrafos de la página 59:

“El siguiente viaje en el tiempo tuvo lugar la última semana de febrero. […] Teresa se sentía entusiasmada con esta experiencia insólita. Se notaba diferente, libre y ante un mundo nuevo, misterioso y atrayente. No solo sentía curiosidad por ver cómo había sido la existencia y las costumbres en otro siglo, sino que la falta de ilusión que había en su vida y el vacío que sentía ante sus problemas matrimoniales se veían compensados con estas nuevas emociones fuertes, que le producían el efecto de una inyección vital de energía. El hecho de tener un secreto que solo compartía con Sofía, le producía descargas de adrenalina. […] Con ilusión, comenzó a hacer los preparativos. La puesta en escena era importante: así, volvió a alquilar en Cornejo un nuevo traje y, como la vez anterior, Sofía fue la encargada de llevarla al viejo palacete. Ambas amigas salieron de la casa de Teresa a las cuatro y cuarto de la tarde y atravesaron Madrid bajo un sol tuberculoso. Para su alivio, atravesó el arco sin problemas. Los nervios llegaron cuando se percató de que estaba de nuevo en 1876”.

Estoy segura de que los lectores pasarán momentos muy agradables paseando por el Madrid antiguo, y acompañando a Teresa y a Quintín en sus reflexiones sobre la vida, la culpa, el perdón y la reconciliación. ¡Qué lo disfrutéis tanto como yo!