La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un mundo dolorido

JJulia Merodioulia Merodio

Mañana, es viernes de Dolores. Pero ¡quién puede acordarse de ello con lo ajetreados que estamos preparando las vacaciones de Semana Santa! Sin embargo, todos conocemos a personas que se llaman Dolores. Ellas celebran su onomástica este viernes, el que antecede al Domingo de Ramos, algo que, posiblemente se va olvidando y solamente, es recordado por la gente un poco mayor.

Pero yo quiero sacarlo a la luz, porque en este mundo lleno de dolor en el que vivimos, los dolores de la Virgen son tan actuales como la vida misma.

Me resulta significativo que, al situarme ante esta realidad me encuentre con dos momentos tan distintos de la historia en los que, sin embargo, aparezca tan gran similitud.

Los dos –momentos- están tapando el dolor que los envuelve, los dos huyendo de él. Uno celebrando onomásticas, el otro olvidándolo totalmente. Pero ni el uno ni el otro han conseguido borrar de nuestro mundo el sufrimiento que lo acompaña.

Estamos llegando a la Semana Grande, a la Semana Santa en la que queremos acompañar a Jesús en su camino a la cruz. Pero no podemos olvidar que Jesús tenía madre y que ella, no sólo jugó un papel muy importante durante la vida de su hijo, sino que de manera especial lo desempeñó en ese momento final en el que se encontró de frente con la pasión y muerte de la persona que ocupaba totalmente su corazón.

No es por tanto de extrañar que, la Iglesia quiera dedicar a la Madre, este día en el que ya se toca la celebración del triduo Pascual.

María había pasado por todas los sufrimientos que la persona pueda encontrar en la vida. El dolor al ver nacer a su hijo en una cueva; el dolor huyendo a un país extranjero; el dolor al augurarle que una espada atravesaría el alma; el dolor al perder a su hijo en el templo… Pero le quedaba la última parte y la peor, le faltaba pasar por el dolor: de la agonía, la crucifixión, la lanzada y el entierro de su único hijo. Duro programa para poner a prueba la fuerza de una madre.

Sin embargo por medio de ella, Dios, quiere acercarse hoy a nosotros para ayudarnos en lo que más nos duele: las adversidades que nos llegan por parte de los hijos.

Unos problemas que comienzan al nacer y que nos acompañarán durante toda la vida. Buscar guardería, colegio… que el horario se adapte, que las vacaciones nos coincidan; que encontremos una persona que se pueda quedar con los hijos cuando tengamos que trabajar…

Problemas de estudios, problemas a la hora de ver que empiezan a crecer y nos piden la llave de casa, problemas de responsabilidad, porque en sus manos tienen una técnica que somos incapaces de controlar…

El dolor se apodera de las familias, el deterioro en la afectividad hace mella, los jóvenes padres no encuentran donde apoyarse y aparece la lacra de la separación que, lejos de arreglar el problema lo aumenta. ¡Cuánto sufrimiento, en este mundo singular!

Pero los años pasan y sentimos que vamos perdiendo al hijo. Es lo mismo que le pasó a María al perderlo en el templo, también ella tiene que pasar por la misma experiencia que nosotros. María pierde a ese hijo al que estaba acostumbrada, para encontrarse con él en otra realidad. María como nosotros tiene que aprender “a no entender” a respetar el misterio que lleva dentro de sí la persona que más ama.

Pero yo creo que, si todos los dolores de María habían sido punzadas para su alma, la mayor de todas sería la de ver agonizar a su hijo. Su único Hijo.

¿Acaso os parece que esto no es actual? Los padres de nuestro siglo también saben mucho de agonía. De agonías lentas en las que ven deteriorarse a sus hijos, esclavos de esas muertes lentas que los van despojando de bienes, de dignidad, de salud… ¡Cuánto se sufre viendo agonizar a un hijo!

Pero ahí lo tenemos. Ante nuestros ojos desfilan esas muertes sin piedad en algún momento cualquiera de nuestra vida, con la correspondiente agonía que produce.

Y, como María al recoger el cuerpo de su hijo al ser bajado de la Cruz, así estamos nosotros esperando el cuerpo destrozado de ese hijo tan querido.

No puedo, por tanto terminar, sin invitaros a revivir la escena, al lado de María. Será nuestra reflexión de hoy: Viernes de Dolores.

Allí estaba la Madre Dolorosa. Imposible retirarse del lado de su hijo. Agarrada, fuertemente a la cruz para no caer al suelo, permanecía junto al grupo que acompañaba el duelo.

Sin saber, por qué ni cómo, dos extraños: José de Arimatea y Nicodemo, uno fariseo y otro saduceo, llegan a descolgar el cadáver y ella, rota de dolor abre los brazos para recibirlo.

María está exhausta, ya no tiene fuerza ni para preguntar, pero de pronto, llega hasta su regazo, el cadáver de su Hijo deshecho a trozos y sin vida. Su cuerpo tiembla de pies a cabeza. Gira la vista y se pregunta: ¿Pedro, dónde estás? ¿Y tú, Santiago? ¿Y tú Andrés?…

Inmersa en ese profundo dolor, cerró los ojos para recordar a su Hijo cuando estaba vivo, cuando recogía a los que estaban tirados en los caminos, cuando sanaba los enfermos, cuando resucitaba a los muertos, cuando hablaba en el templo… ¡No puede ser! ¡Es demasiado!

De su regazo saca un pañuelo y empieza a limpiar el rostro destrozado de su hijo. ¡Qué amor salía de su corazón! Pero de sus labios no salió ni un reproche hacía los que lo habían abandonado.

Acerquémonos a la Madre, en este Viernes de Dolores. Pidámosle que nos infunda valor, esperanza y conformidad en esos momentos que nos parecen irresistibles y digámosle desde lo profundo del corazón:

Madre acércate a nosotros, cuida tú de nuestros hijos y no dejes nunca, que nos apartemos de Cristo.