La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En busca del Banco de la Vida

 

Manuel Cruz

  • – Vamos a ver, amigo: ¿En qué mente humana cabe la idea de que abortar es un signo de progreso social?
  • – La respuesta es muy sencilla: en la mente de los llamados progresistas, es decir, de los que consideran que el desarrollo humano hay que construirlo al margen de toda idea conservadora.
  • – Ahí lo quiero yo pillar… porque conozco a muchos progresistas que defienden la vida como la esencia del progreso humano.
  • – Entonces tendríamos que definir bien qué es el progresismo abortista, que nada tiene que ver con el laicista que defiende la neutralidad religiosa del Estado y promueve la concordia social respetando la libertad de conciencia. Diría por tanto, que hay varios tipos de progresistas. Por un lado tendríamos a los ateos radicales que no solo niegan la existencia de Dios sino el derecho de los creyentes a expresar sus convicciones y rechazan, por tanto, la clase de religión en la escuela pública e, incluso, los centros concertados: ni siquiera admiten que la religión sea optativa. Y tenemos a los progresistas agnósticos que no creen que pueda probarse la existencia de Dios pero que admiten la libertad religiosa y de enseñanza, con limitaciones, como el hecho de que la materia religiosa sea optativa en la escuela. Entre ambos polos se pueden encontrar muchos matices, claro. Pero permítame que le haga yo otra pregunta: ¿Qué tiene que ver la defensa del derecho a la vida con la religión?
  • – Pues la respuesta es bien sencilla, a mi modo de ver. Todos los partidos que se denominan “progresistas”, son defensores del aborto, ya sea libre o de plazos, porque consideran la libertad de decidir -de la mujer y del hombre, claro- superior a la libertad de conciencia o religiosa que, sin embargo, es el primero de los derechos humanos, junto a la vida. Por ello ven a los defensores de la vida como unos conservadores retrógrados y fachas, identificándolos, además, con sus convicciones religiosas en la medida que defendemos el derecho natural.
  • – Ahí entramos en otro debate, que se remonta a Kant y donde entra en juego la fe y la razón. La Iglesia ha dejado ya bien claro, desde el Concilio Vaticano I, que se puede llegar al conocimiento de Dios a través de la razón, una materia que ha ocupado buena parte del pensamiento de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Pero dejemos esto de lado y vayamos al sentido común: ¿Habría progreso sin vida humana?
  • – Es obvio que no, pero ya sabe que hoy se cuestiona todo, empezando por el “sentido común”. ¿Qué tiene más sentido, que una mujer, en uso de su libertad individual, decida abortar para no complicarse la vida y porque teme quedarse sin trabajo y sin pareja, o que siga adelante con su embarazo, también en uso de su libertad?
  • – Pues mire: las dos situaciones tienen su sentido en una sociedad que ha perdido el discernimiento del bien y el mal…
  • – Lo cual significa, por otra parte, que se ha perdido la conciencia del deber y las consecuencias de un acto placentero. Vivimos en una sociedad hedonista que busca, ante todo, el placer personal y deja en un segundo o tercer plano, el sentido de la responsabilidad.
  • – Y ante esa situación ¿qué puede hacer el Estado y, sobre todo, un Gobierno que promete acabar con una ley que considera nefanda y luego se echa atrás?
  • – En primer lugar, el Estado somos todos, en la medida que votamos la Constitución como norma permanente. Los Gobiernos, en aplicación de esa norma, pueden presentar proyectos de ley siempre sujetos a la Ley Máxima. En el caso de España, ya se aprobó una ley del aborto en 1985 con el consenso de la mayoría y que después avaló el Tribunal Constitucional, aunque indignó a muchos ciudadanos. Esa ley, además, abrió el portillo a una practica de abuso que convirtió el aborto es algo banal. Lo que ahora nos ocupa es otra ley, la de Zapatero, que fue mucho más allá de lo autorizado por el TC y convirtió el aborto en un derecho más, dentro de su óptica de progresismo radicalmente ateo. ¿Qué pasó entonces? Que el Partido Popular, en la oposición, recurrió la ley ante el TC. Y el TC, cinco años después, sigue calladito, calladito, acaso porque no se atreve a enfrentarse a los partidos progresistas y abortistas para darle la razón a un Gobierno que, según las encuestas, perderá su mayoría absoluta en las próximas elecciones.
  • – O sea, que estamos ante una situación política que nada tiene que ver con el derecho natural, la defensa de la vida, de la maternidad y de la propia mujer. Lo que me lleva a plantearme la pregunta clave: ¿Qué relevancia tienen las marchas por la vida si el Gobierno no va a mover un dedo para cambiar la ley zapateril?
  • – Conviene no equivocarse en esto, amigo mío. El Gobierno tiene más miedo a los abortistas que a los defensores de la vida porque cree que la mayoría de la sociedad no quiere cambiar la ley actual. Otra cosa es que vaya a perder los votos que recibió al obtener la mayoría tras su promesa de cambiar la ley. Pero esas marchas por la vida, la cuarta ya en la que va de legislatura, exigiendo al Gobierno que cumpla su promesa, tienen un valor pedagógico incalculable. Si el Gobierno se ha convertido en el olmo al que no se le pueden pedir peras, los que defendemos la vida estamos obligados a hacer ver al conjunto de la sociedad que el aborto es un crimen contra la humanidad, además de suponer un suicidio social. De seguir las cosas como están, dentro de cincuenta años más del sesenta por ciento de la población será mayor de 65 años y será imposible pagar las jubilaciones. El Estado del Bienestar empieza con el aumento de la población. Y de eso no se quieren dar cuenta ni los partidos ni el Gobierno. Por eso nos corresponde a nosotros, los que no hemos perdido todavía la razón porque somos creyentes, alertar a la sociedad de las nefastas consecuencias del aborto.
  • – Lo que quiere decir que habrá más marchas, claro.
  • – Y cada vez serán más multitudinarias. Hay que darle las gracias a todas esas asociaciones que no cesan de defender la vida humana y pedirles que no cejen en su empeño. Lo lamentable es que todavía no haya surgido un mecenas en nuestra sociedad que pague los gastos de una gran casa de acogida de embarazadas para que alumbren y cuiden a sus hijos hasta una edad en que puedan trabajar. Y, por supuesto, hacen falta grandes empresas que estimulen la natalidad y ayuden a sus empleadas cuando queden embarazadas. Acaso habría que fundar una especie de Banco de la Vida, como existe el Banco de Alimentos o Cáritas y que agrupe a todas las asociaciones contrarias al aborto.
  • – Me apunto a ese Banco de la Vida. ¿Quien pone los primeros millones?
  • – Pues podría ser el propio Gobierno, ya que no se atreve a derogar el Banco de la Muerte levantado por Zapatero con las subvenciones a las clínicas abortistas…