La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Se atreve a hablar de Dios?

Manuel Cruz

  • Hola, amigo. ¿Quiere usted creer que estoy harto de política, de políticos, de acusaciones, de programas que no se cumplen, de promesas imposibles y de todo eso que acompaña a esa cuadratura del círculo que supone la busca del estado de bienestar sin un euro para mantenerlo, aunque todos digan que lo sacarán bajo las piedras?
  • Le comprendo, amigo. A mi me pasa lo mismo… Ya no aguanto más. ¿De qué le gustaría hablar?
  • Pues de algo que la gente rehuye: de Dios. Ahora que estamos en Cuaresma, es un asunto muy adecuado ¿no le parece?
  • Pero hombre, nosotros somos unos simples cristianos que sabemos poco de nuestra fe. Para eso está el Papa… o los obispos, o los curas. Su oficio es hablar de Dios…
  • Creo que se equivoca. Usted y yo, por simples cristianos que seamos, estamos también obligados a hablar de nuestra fe por el hecho de estar bautizados. Otra cosa que es que esa fe esté debilitada y nos haga falta doctrina.
  • Pues para están los libros…
  • No me quiero referir a ellos. Ya se lo mucho que se ha escrito, lo mucho que se predica, lo mucho que habla el Papa… y lo mucho que se le tergiversa. Yo quiera hacer un examen en voz alta sobre lo que creemos nosotros y cómo lo creemos. Acaso podamos dar algunas pistas a otros cristianos que no se plantean en serio su fe. Por ejemplo, me preguntaría y le preguntaría qué decimos cuando hablamos de Dios? ¿Quién es Dios? ¿Existe de verdad?
  • Pues verá, hace tiempo que leí un libro interesante que justamente llevaba ese título “¿Qué decimos cuando decimos Dios?” Está escrito por un matrimonio de profesión dispar: ella es profesora de Filosofía y él era, cuando lo escribió, consejero delegado de Telefónica…Se trata de Marta Toscano y German Ancochea. Su libro está lleno de reflexiones filosóficas, de citas de mil y un autores y su propósito era ayudar a que los lectores se hicieran preguntas y se las contestasen en torno a lo esencial: ¿Existe Dios? ¿Es un invento de los hombres para combatir el miedo a la muerte? y todas esas cosas que los agnósticos han dejado de plantearse… La verdad es que no le terminé porque, de alguna manera, me parecía inspirado en el sincretismo de ese personaje que ha sido considerado como la mente más lúcida de España: Salvador Pániker, hijo de indio y de cristiana española… Lo nos interesa es hablar ahora de lo que nosotros sabemos o creemos como cristianos corrientes, sin tener que citar a Plotino o Sócrates, ¿me entiende?
  • Pues verá: Yo llegué al conocimiento de Dios después de hacerme una sencilla reflexión: es más razonable que exista un Creador a que seamos fruto del azar. Y no me hable de Sastre, porque no me hace falta. Si Dios existe, era mi obligación tratar de conocerlo. Y no me venga con esas “pegas” que ponen algunos agnósticos que se ríen de nuestras creencias como, por ejemplo, qué pensaría si hubiese nacido en China, en Arabia, en La India o en Japón… Dios es uno y único y le pregunta definitiva sería ¿Si Dios existe, que religión o qué filosofía, me garantiza que lo pueda conocer? Como soy español, lo mismo que hablo nuestro idioma o no el chino, me ocupé de conocer al Dios de nuestra cultura, de nuestra civilización greco-romana-judeo-cristiana. Y mi vida resplandeció como el sol al descubrir la Persona de Jesucristo: con Él, Dios dejó de ser para mi algo abstracto y lejano. Un hombre que se dice Hijo de Dios o es un loco o está en lo cierto, como ya apuntó San Pablo. Durante años estuve abierto a las críticas que recibíamos los cristianos, considerados como unos pobres imbéciles. Creo que en el Siglo XIX se escribieron más de mil libros para demostrar la inexistencia de Dios, en un esfuerzo inútil. Me bastó a mi leerme a Santa Teresa y San Juan de la Cruz para descubrir la dulce locura de amar a Dios y dejarse amar por Él. En otras palabras, cuando supe que Dios es amor, que es Padre, que nos ha creado para que vivamos eternamente con Él, que la vida no se agota en la Tierra, que somos eternos, se me acabaron los miedos a la vida. Si amigo, hice mío ese verso insondable de “Muero porque no muro”.
  • Pues le voy a decir algo que acaso le sorprenda. Todo eso está muy bien, pero ¿frecuenta usted los sacramentos? La Gracia no es poesía, es algo real que Jesús nos transmite para que seamos libres.
  • Acaba usted de citar la palabra clave: “libertad”. Ya saben lo que dicen los ateos: que los creyentes estamos limitados en nuestra libertad personal porque estamos “sometidos” a la voluntad de Dios.
  • Eso demuestra su ignorancia: La libertad es la que nos abre de par en par las puertas del amor. ¿Cree usted que es más libre el hombre que odia que el que ama? El odio nos trae la guerra que, a su vez, genera más odio y el hombre se convierta en una máquina de matar, en un yihadista…
  • ¡Eh. Eh! ¡Cuidado con esa palabreja de moda! Los yihadistas matan en nombre de Dios…
  • -Querrá usted decir de “su” dios prefabricado, que es un ser vengativo, rencoroso, muy alejado del clemente y misericordioso de los versículos coránicos. Pero eso es otro cantar. No nos desviemos.
  • Vale, pero también los cristianos se convierten en bestias llenas de odio: Ahí tiene a los ucranianos, cómo se están matando entre si y se dicen cristianos.
  • Es el escándalo que nos persigue desde el principio del cristianismo: cismas, cruzadas, inquisición, guerras de religión, papas envilecidos por el poder… y ahora los pederastas. No podemos olvidar que, en definitiva, vivir el cristianismo es una lucha constante que exige vida interior, doctrina, sacramentos y, sobre todo, la Gracia para ir contracorriente, para defender la vida, la verdad, la libertad, los derechos humanos… ¿Se ha dado usted cuenta de que los únicos que están defendiendo esos derechos en su integridad son los cristianos? Los laicistas se llenan la boca con la igualdad de sexos, pero llevan al matadero a los seres más inocentes: los que están por nacer y los que se encuentran en los últimos momentos de la vida, además de aplaudir el adulterio, la ruptura de las familias, el aborto, la eutanasia…
  • O sea que podemos llegar a la conclusión que que ser cristiano es estar dispuesto siempre a amar, a perdonar, a defender la vida, a ser justos, a pagar los impuestos y, en definitiva, a ser ciudadanos ejemplares.
  • Y, por supuesto, leer los Evangelios y creer que en el último día habrá un juicio final, un premio y un castigo, por mucho que a algunos curas modernos les haya dado ahora por decir que el infierno no existe.
  • Remataría todas estas reflexiones con una frase lapidaria: el cristiano no tiene miedo ni al amor, ni a la vida, ni a la paz. Y, por supuesto, tampoco lo tiene a la muerte natural, que es la liberación suprema.
  • Seguiremos hablado de Dios, amigo…