La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Pero, ¿hay voto católico y de qué sirve?

Manuel Cruz

 

Para el domingo 7 de marzo, está prevista en Madrid una nueva manifestación en contra del aborto y a favor de la maternidad. Se trata, obviamente, de un nuevo –e inútil- intento de forzar al Gobierno a que cumpla al menos, alguna parte de programa político social, una vez que ha desistido de reformar la nefanda ley del aborto heredada de Zapatero.

¿Que podría contentar a los manifestantes? En realidad, poca cosa. El Gobierno de Rajoy está dividido, en su propia cúpula, sobre la oportunidad de la ley de mínimos que elaboró el ya olvidado ex ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Para abandonar el proyecto, recuérdese, se puso la excusa de que no había consenso en el Parlamento para fijar una ley de plazos que nos retrotrajera a la de 1985. Pero antes tenía que lograr su consenso interno, claro… Ahora, solo queda abierta la posibilidad de suprimir la cláusula que permite a las adolescentes abortar sin consultar a los padres, algo que, al parecer, subleva mucho al dividido PP. Y puede que, si Rajoy tiene tiempo para pensarlo- ¡ay!-, se avance un proyecto de ley de protección de la maternidad… que ya no dará tiempo de tramitarlo en el Congreso ante la vorágine de elecciones que se acercan.

Pero el tema no consiste ya en lo que no ha hecho el Gobierno, por miedo a enfrentarse a la izquierda, en los últimos tres años. Si alguna vez buscó el consenso para sacar adelante la leyecita de Gallardón, era evidente que nunca lo iba a conseguir… en contra del que obtuvo, desde su minoría, el zapaterismo totalmente entregado a la ideología de género. Así que la manifestación del 14 de marzo solo será un testimonio más de que existe en nuestra sociedad una parte apreciable de ciudadanos partidarios de la defensa de la vida… y que votaron en masa al Partido Popular en noviembre de 2011, fiados de la promesa solemne que hizo Rajoy de abolir o, cuando menos, reformar la ley Zapatero.

Si el panorama político no se hubiese encarañulado tanto con la aparición de un populismo que amenaza con desestabilizar el país –por supuesto, partidario del aborto libre-libérrimo, de la eutanasia, de la supresión de la educación privada, del desmantelamiento del sistema económico, etc.- hoy podríamos peguntarnos hasta qué punto el llamado “voto católico” apoyaría de nuevo al PP, que prometió y olvidó una regeneración moral.

De no haber aparecido “Podemos”, la lógica sociológica nos diría que el descontento y la rabia por los recortes sociales y la corrupción los hubieran podido capitalizar esas decenas de agrupaciones y asociaciones defensoras de la vida y de la maternidad. ¿Pero ahora? En realidad, los católicos nos hemos quedado sin partido al que votar, si excluimos los pequeños grupúsculos que pugnan por aparecer algún día en televisión para defender su programa confesional, como “Familia y Vida”.

¿Vamos a tener que votar otra vez los católicos a un PP acanguelado, sin agallas para defender su propio programa? ¿Se va a valer Rajoy de la necesidad de apuntalar la recuperación económica frente al riesgo de que la desmantelen las futuras coaliciones de izquierda y nos quedemos sin ahorros? Puede que Rajoy tenga asumido que la “sensatez” del electorado se inclinará, una vez más, por evitar la catástrofe. A fin de cuentas, si el PP obtuvo la mayoría absoluta en las pasadas elecciones fue gracias a la catastrófica gestión durante dos legislaturas del Partido Socialista que, obviamente, no levanta cabeza desde entonces.

Pero, ahí está “Podemos”, que se ha atraído a las víctimas de los recortes sociales y que no tiene la menor preocupación por lo que pueda inquietar a los católicos. Todo lo contrario: los tiene como víctimas propiciatorias para lucir su radicalismo y su falta de respeto por la moral cristiana. Y en eso coincide con todo lo que resta del magma de la izquierda, PSOE incluido, encantado con anunciar ya a los cuatro vientos su propósito de anular los acuerdos con la Santa Sede y cerrar escuelas católicas, además de suspender los conciertos.

Como el PP se está viendo abocado a pactar con el PSOE, si es que el PSOE no pacta con “Podemos”, es lógico que ni siquiera piense en introducir la menor ley que pueda contrariar a los socialistas, de por si encantados con proclamar sus diferencias con “la derecha”. ¿Qué podemos hacer, pues, los católicos, si es verdad que somos una potencia electoral nada desdeñable?

Sin duda, cuando se acerquen las elecciones, nuestros obispos saldrán a la palestra para recordar a los católicos el deber de votar por quien defiende el bien común y los derechos humanos innegociables. Pero ¿qué opciones tenemos realmente los católicos? ¿Diseminar nuestro voto en los minipartidos que ni siquiera tienen voz ni son conocidos?

Acaso la pregunta más pertinente debiera ser otra: ¿Hasta qué punto el PP está dispuesto a enmendar sus errores y, además, convencernos de que los enmendará? Más aún: ¿Dónde está la corriente de humanismo cristiano que se refugió tiempo atrás en el PP? ¿Qué ha hecho? ¿Qué piensa? Porque es evidente que en el seno del Gobierno hay eminentes ministros católicos… No les preguntemos por la seguridad y el orden, la economía y la prima de riesgo; preguntémosles si han cumplido con su deber de dar testimonio. Ningún periodista se ha atrevido hasta ahora, pero acaso ha llegado el momento de conocer sus proyectos para el inmediato futuro…