La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Una espada atravesará tu alma…

Julia-Merodio Julia Merodio

=Este tema puede parecer que deja excluido al padre de la vida familiar, pero no es esa mi intención. Está centrado en la madre por ser María la protagonista=

Cuando, en la familia de Nazaret, todo comienza a serenarse María se encuentra en sus brazos con un Bebé que, lejos de cumplir los requisitos que había dicho el Ángel, era como todos los nacidos en la época y, por más que vinieran a su mente las palabras del enviado del Señor, nada se presagiaba al mirarlo. Por eso aunque, tanto ella como José sabían que, “hay razones que el corazón no entiende”, al cumplirse los días para la purificación, -según la ley de Moisés- deciden llevar a su hijo a Jerusalén para presentarlo al Señor como mandaba la tradición.

Lo que no podía suponer María es que, cuando todo parecía ir un poco mejor, aquel anciano del Templo le predijese: que “una espada le atravesaría el alma” Me imagino que, ante tales palabras el cuerpo de María se estremeció.

Sin embargo, aunque María temblase al escucharlo, estoy segura de que con la intuición que da el ser madre, ya tenía la sospecha de que la misión que su hijo venía a cumplir, no debía de ser fácil de realizar; pero claro, de eso a verse traspasada por la espada, había una tregua demasiado grande. Sin embargo María, lejos de arredrarse, aprieta fuerte a su hijo contra su corazón, porque una madre siempre apuesta por su hijo -aunque sepa que le va a costar verlo madurar-, mucho más de lo que podría imaginarse.

A mí me parece que todas las madres nos sentimos identificadas con María; pues cualquier madre que engendra un hijo, por mucho que al recibirlo en su regazo se rinda ante la grandeza que da el amor y apueste –fuertemente- por él, sabe que no queda exenta de las palabras de la profecía: “Una espada atravesará tu alma”

Una profecía que sigue vigente en el momento presente. Estamos en el siglo XXI y vemos a montones de padres traspasados por “la espada”. La espada: del paro de sus hijos, la de los accidentes de tráfico, la del derroche que les marca la sociedad, la de verlos poner su felicidad en lo efímero, la de su indiferencia religiosa, la de buscar el alimento en lo que no nutre… en lo que, como las “chuches”, engorda pero no sacia… padres ofuscados que, como María, no entienden que esto haya podido llegarles a Pero difícilmente encontraremos una madre que se rinda ante el desasosiego de su hijo. No importa lo que le pase; no importa que el hijo quiera ocultar su dificultad; no importa lo grande que parezca el problema… la madre siempre sabe todo, aunque los hijos se empeñen en ocultarlo; y permanecerá junto al hijo hasta las últimas consecuencias Lo hemos visto hecho realidad en María. Ella se hace una con su hijo. Decide ser corredentora a base de dolor. María sabe que ha de ser la referencia para todas las madres que existirán después de ella y no escatima esfuerzos para llegar con su hijo hasta el final.

Y así, con su manera de actuar nos alerta de que, esos momentos

que parecen espantosos, lejos de aplastarnos, son períodos de gracia; instantes de luz para ponernos en pie, para acercarnos a Dios, para aceptar la situación y volver a entrar en el camino.

De ahí que, María, al sufrirlo junto a Dios escuchase como le dijo –lo mismo que nos lo dice hoy a nosotros- Yo soy vuestro Dios, estoy con vosotros, dejad ya de turbaros, no os abandonaré. ¿Acaso, porque os haya escogido para guiar una familia, habéis olvidado que soy Yo el que la dirige?

Os he escogido aunque seáis “poca cosa” para que se ponga de manifiesto que soy Yo el que obra por vosotros y se vea que las cosas que hacéis no surgen de vuestra habilidad sino de mi gracia.

Yo soy el que he elegido una determinada familia para cada uno. Soy el que la protege y la guarda. Soy… el guía. Vuestros hijos son cosa mía, dejad ya de turbaros, sabéis que contáis con mi gracia.

• ¿Qué espadas traspasan hoy mi corazón?

• ¿Cómo las acojo?

• Ahora dediquemos un tiempo para poner en manos de Dios a nuestros hijos. Ofrezcámoselos. Hablémosle de ellos. Tengan la edad que tengan.

o Sea cual sea su realidad.

• Pidámosle que nos preste sus ojos, para no mirar sus apariencias, sino para ver su corazón.

o Pidámosle que nos ayuda a reconocerle a Él en cada uno de nuestros hijos, como Simeón lo reconoció, en aquel Bebé que llevaban en brazos María y José.

• Por último digamos a María: Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos. Pues ¿cómo no van a ser misericordiosos los ojos de una Madre que los empleó para contemplar a su hijo Jesús que es la misericordia de Dios?