La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La confesión no es pasar por la aduana

Por Juan Gaitán

El sacramento de la Reconciliación ha caído en cierto modo de comprenderse, en la teoría y en la práctica, que está lleno de matices inadecuados.

La Confesión no es como pasar por una aduana o un acto jurídico en el que hay que entregar una documentación para recibir el sello del perdón. No es ir a la Tesorería municipal a pagar la tenencia del auto para poder seguir circulando sin ser detenido por la autoridad. La confesión es un encuentro entre personas, inundado de amor, sinceridad, misericordia, entrega. Es un abrazo de Dios a través de los brazos del sacerdote para el hijo que vuelve arrepentido a casa.

¿Por qué se pide que se confiesen todos los pecados?

He encontrado que se insiste en la preparación para este sacramento que «se digan todos los pecados graves sin omitir ninguno», como queriendo expresar: «el pecado que no digas no se te perdona». Esta visión de la Confesión es muy limitada, como si se tratara de un trámite que no se puede realizar por no haber llenado bien el formulario solicitado.

El sentido de confesar «todos los pecados» es que el sacerdote pueda dar una palabra de apoyo, una orientación. Contrastar la propia vida con alguien más nos ayuda a darle objetividad al modo como la miramos. Se trata también de mostrar una actitud sincera  de uno mismo ante Dios y ante la comunidad de creyentes, ambos representados en la figura del sacerdote; mas no de atormentar al fiel pensando en «si se le pasó decir alguno».

Otro ejemplo claro de esto es la pregunta «¿hace cuánto que te confesaste?». Esto no se pregunta para hacer pasar vergüenza a quien se acerca al sacramento, sino para que el sacerdote tenga una idea del tipo de consejo que debe darte. No es lo mismo aconsejar a una persona que lleva diez años sin confesarse, que a alguien que se confiesa mensualmente.

¿Cuándo no se realiza el sacramento?

Para que el sacramento se realice, no importa tanto si quien se confiesa se supo o no el «yo pecador», sino la verdadera conversión de corazón. Esto incluye el deseo real de redirigir la vida por nuevos caminos y de reparar el daño. Es decir, si alguien roba 100 pesos, para que el sacramento se lleve a cabo como tal, el penitente debe devolver ese dinero.

El sacramento de la Reconciliación es volver a unirse con Dios y con los hermanos (recuperar la armonía). Si no hay deseo de esa re-unión, por más que se haga el acto físico de la confesión de pecados y se reciba la absolución, no hay sacramento, no se recibe la gracia sacramental porque en realidad no se desea recibirla.

La penitencia, ¿un castigo?

Por último cabe decir que es un contrasentido entender la penitencia como un castigo. Si la finalidad de este sacramento es la re-unión con Dios, entonces la penitencia ha de ser un medio para volver a Él y a los hermanos. Por eso la mayoría de las veces la penitencia es realizar algunas oraciones, porque esto significa volver a diálogo con aquel a quien habíamos ignorado.

Es un error, por parte de sacerdotes y fieles, entender estos rezos como un castigo. Imponer de penitencia «dos rosarios» porque el pecado fue muy grave, es un modo inmaduro de mirar el sacramento. Más bien la penitencia ha de ser una ayuda para reestablecer las relaciones rotas. En el ejemplo de los 100 pesos robados, la penitencia debe incluir devolverlos.

Estas son apenas algunas orientaciones prácticas que surgen del trasfondo teológico del sacramento, que espero sirvan de herramienta para comprender poco a poco mejor el sentido de la Reconciliación. No hay que perder de vista que no se trata de un trámite, sino de un encuentro misericordioso.