La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Pasaportes para el infierno

La alucinante defensa a ultranza de la “libertad de expresión” que ha convertido a los franceses en otros “Charlies”, está teniendo como respuesta siniestra la manifestación de cientos de miles de musulmanes en todo el mundo islámico, que se han lanzado a las calles bajo el lema “Yo soy Mahoma”, al tiempo que algunos se han dedicado a asesinato cristianos y quemar de iglesias como venganza por las polémicas caricaturas blasfemas. Podría uno preguntarse qué tienen que ver los cristianos perseguidos por Al Qaída, el Estado Islámico en Irak y Siria o por los iracundos mahometanos sublevados en otros países, con unas viñetas que han considerado motivo suficiente para matar a sus autores, por cierto ateos.

Resulta absurdo plantear cualquier razonamiento a quienes desconocen que la dignidad humana pasa por el ejercicio de la libertad y prefieren la sumisión –esclavitud- a unas normas –la “charía”- como camino para alcanzar el paraíso. El caso es que ahí tenemos a dos mundos, a dos universos, a dos civilizaciones que si bien han vivido enfrentadas durante siglos, cuando podía hablarse con más propiedad de un choque de religiones, vuelven hoy a la más primitivas de las guerras bajo signos equivocados.

Hace tiempo que Europa ha dejado de ser la que, bajo el signo de la cruz, derrotó al turco en Lepanto o puso fin al cerco de Viena, cuando la cristiandad se defendía de los intentos islámicos de someterla a la esclavitud califal. La Europa de hoy se distingue, -¡qué paradoja!- por su desapego de la cruz, aunque culturalmente todavía no ha podido destruir por completo sus raíces cristianas ya que, en definitiva, son las que han situado a los europeos en la vanguardia de los derechos humanos y, por ende, de la dignidad basada en la libertad religiosa.

Precisamente por ello viven en el Viejo Continente más de veinte millones de musulmanes que han venido en las últimas décadas en busca de un unos medios de subsistencia que no tenían en sus sumisos –y atrasados- países y que han podido edificar a su antojo las mezquitas que han querido… gracias a la libertad que se niegan a reconocer. Pero dicho esto y una vez que se deja bien sentada la condena de la violencia ejercida en nombre de un dios sin rostro ni humanidad, la gran cuestión que se plantea tras este episodio de la guerra mundial que vivimos desde el 11-S, es hasta qué punto va a ser posible la convivencia entre los dos mundos, toda vez que en uno de ellos se ha impuesto el laicismo como una nueva “religión”.

Ese laicismo, del que tenemos buenas pruebas en España de cómo funciona –las leyes civiles adoptadas por mayoría, por encima de las creencias religiosas y la propia dignidad humana- pugna por erradicar la cultura cristiana y, con ella, la libertad de educación e, incluso, la libertad de expresión de todo aquel que no acepte las normas de ese difuso “nuevo orden mundial” que no quiere vivir como si Dios existiera.

Resultan bien significativas a este respecto las afirmaciones del nuevo director de “Charlie Hebdo”, Gerard Biard a la cadena NBC News, en respuesta a las declaraciones del Papa sobre los límites de la libertad de expresión. Dice Biard que cada vez que en el semanario se dibuja a Mahoma e incluso a Dios, lo que pretende es defender la “libertad de conciencia” e impedir que Dios se convierta en un personaje político o público. Con pasmoso cinismo, en línea con el laicismo ateo, añadía que Dios solo debía ser un personaje íntimo… Como decimos en estos pagos, Dios no debe salir de las sacristías porque, de lo contrario, dice, el discurso religioso se convierte en totalitarismo…

No sé hasta qué punto el señor Biard es consciente de que, en definitiva, lo que se propone con la libertad de expresión así definida es, llanamente, la imposición de los criterios laicistas a toda la sociedad. O sea, otro totalitarismo. Lo sorprendente es que en eso parecen estar de acuerdo los millones de manifestantes que se han colgado la pegatina de “Je suis Charlie”… inmediatamente contestados por otros millones de mahometanos con su correspondiente pegatina de “Yo soy Mahoma”.

Pero claro, los católicos apenas han rechistado ante este clamor libertario, en la equivocada creencia de que se dirige, de manera particular, contra el terrorismo islamista, mientras esos fanáticos e ignorantes criminales, que confunden Europa con la Cristiandad, arremeten contra las minorías cristianas que, supuestamente, son “protegidas” en sus países como “dhimníes” obligados a pagar con impuestos esa “protección”, al más puro estilo mafioso. Digámoslo de una vez: el laicismo ofensivo que ha encontrado en “Charlie Hebdo” su bandera, va contra toda religión y, de manera muy especial, contra el cristianismo por constituir el más firme bastión en la defensa de la dignidad humana y, por tanto, de la vida y de la familia. Las caricaturas de Mahoma han sido, incluso, menos ofensivas que las publicadas en los últimos tiempos contra el Papa y el catolicismo en general.

Las declaraciones del Papa han puesto el dedo en la llaga de la enfermedad moral que asola Europa: la libertad no es posible cuando carece del sentido de la responsabilidad. Y de prudencia, otra virtud olvidada. La libertad no es hacer lo que a cada cual le de la gana, sin importarle el daño que pueda hacer a los demás. La paradoja es que la libertad de expresión que dice defender el laicismo extremista, ha impuesto, a su vez, unos límites a la libertad de expresión de quienes creen en Dios. El mensaje de “Charlie Hebdo” puede resumirse así: “Usted puede creer en el Dios que quiera, pero no puede manifestar su fe, que solo concierne a su intimidad”. Cosa muy distinta es que algunas creencias se expresen de manera aberrante y violenta, con la bomba o la Kalashnikov en las manos. Matar en nombre de Dios es el pasaporte para el infierno, no para el Paraíso… Pero ese no es el debate que han planteado los intelectuales franceses y, por extensión, los europeos que han adoptado los dogmas del laicismo, es decir, del pensamiento único que tiene su propio paraíso, al tiempo que condenan al infierno civil a los que esperan la eternidad.