La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El problema de la yihad y las palabras de Benedicto XVI en Ratisbona

MagdalenaMagdalena del Amo

Estos días asistimos consternados al inicio de una declaración de guerra abierta entre dos civilizaciones. Sin embargo, los políticos de turno, a pesar de haber tenido que modificar sus agendas para asistir a precipitadas reuniones sobre terrorismo, continúan con sus propagandas y discursos vacíos. Unos cuantos muertos, un poco de sangre, pero, según ellos, no hay motivo para preocuparse porque estamos en buenas manos. Tenemos el tsunami encima, pero según los maestros ciruela podemos seguir plácidamente tomando el sol en las hamacas entre sorbo y sorbo de Arakiry –que no Harakiri—, porque gracias a ellos todo está bajo control.

No sé muy bien si debo decir choque de civilizaciones según lo plantean Toynbee o Huntington o si aludir al famoso Caballo de Troya –aunque pensándolo bien, las dos ideas son compatibles—, citado en La odisea y ampliado en La Eneida. No estaría de más releer a los clásicos e incitar a nuestros niños y adolescentes a hacerlo –mucho mejor nuestras epopeyas y hazañas bélicas de siempre que los ninja, vampiros y demás tropa deformante—. Pero también, y más prioritario es releer y meditar palabra a palabra, frase a frase, el discurso que el papa Benedicto XVI pronunció el 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona –de donde había sido catedrático—: “Una nueva relación entre fe y razón para permitir el diálogo entre cultura y religiones”.

El Papa en esa ocasión, aparte de criticar el laicismo beligerante de nuestra sociedad actual, amenazada por la aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, habló del diálogo entre culturas haciendo uso de las palabras del profesor y teólogo libanés Adel Theodorn Khoury, autor de la mejor traducción del Corán al alemán, y más en concreto al “séptimo coloquio”, una charla entre el emperador bizantino del siglo XIV, Manuel II, y un persa culto, sobre los valores del cristianismo y el islam y la verdad de ambos, recogido en la obra Conversaciones con un musulmán.

Estos son algunos de los fragmentos que motivaron la controversia mundial: “En el séptimo coloquio, editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la ´yihad`, la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el ´Libro` y los ´incrédulos`, de manera sorprendentemente brusca se dirige a su interlocutor simplemente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: ´ Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba`. El emperador explica así minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. ´ Dios no goza con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por lo tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas. […] Para convencer a un alma razonable no hay que recurrir a los músculos ni a instrumentos para golpear ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona`. El emperador explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. Dios no se complace con la sangre`”.

Benedicto XVI no pretendía la crítica negativa, sino ampliar el concepto de razón y fe como única manera de conseguir un entendimiento; un diálogo genuino de culturas que hoy necesitamos con urgencia. Sin embargo, el escándalo fue monumental, y suscitó la ira de los musulmanes y las disculpas del Vaticano. La actuación de los políticos, para imponerle al Papa la mordaza, desde Obama al último mono, fue vergonzosa. Los medios de comunicación ya se sabe a quién sirven.

Esos mismos políticos son los que se esfuerzan hoy en convencernos de que el terror no tendrá la última palabra; que todo está controlado; que solo son células descontroladas, y que el islam no es eso. No quiero decir que todos los islamistas tengan prisa por caer en brazos de las huríes a base de poner bombas contra los “infieles”, pero que yo sepa, aún no han abjurado de esa sura que manda acabar con el incrédulo, es decir, a todo aquel que no siga el Corán. Los políticos deberían explicarnos por qué en muchos barrios de las naciones europeas las fuerzas del orden no se atreven a entrar porque funciona la sharia, o sea, la ley musulmana que ellos imponen.

Aunque lo que estamos viendo estos días, no es ninguna película de ficción, y el peligro está ahí incubándose desde que Europa renegó de sus valores cristianos, no hay que descartar que los últimos sucesos se deban a un programa orquestado desde las altísimas cúpulas del poder, para dar una vuelta de tuerca más en la restricción de libertades. Al pueblo bienintencionado y que poco sabe de conspiraciones y análisis, si se le convence de que su seguridad está amenazada, no duda en admitir una cámara debajo de la cama. La sangre sigue siendo roja y el efecto visual es muy convincente. El alma colectiva suele sintonizar enseguida con los siteles y echelones si se venden bien. La realidad musulmana integrista hay que tomarla muy en serio. Lástima que no se haya tenido una visión más futurista hace medio siglo y en décadas posteriores. Pero muy al contrario, se han ido construyendo mezquitas a medida que se cerraban iglesias católicas; se ha ido facilitando la libertad de expresión –y de acción—de los musulmanes, mientras los cristianos tienen que volver a las catacumbas. Los Dioclecianos de hoy, donde no matan, relegan al ostracismo a quienes osan criticar la religión laicista como disolvente de valores. ¡Pero a los de fuera, ni tocarlos! Dicho esto, conviene tener en cuenta lo que expresé al principio del párrafo: la realidad de tener el rebaño controlado es otra de las prioridades de los poderes que dirigen el mundo. Y para ello aprovechan cualquier oportunidad. Si no la hay, la propician. Internet les causa auténticos dolores de cabeza. Así, de paso que controlan a los yijadistas, nos controlan a todos. Por eso, de chuparnos el dedo, solo lo justito.