La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Ser o no ser Charlie

 

– Y usted, amigo ¿se siente también otro Charlie?

  • Su pregunta requiere una respuesta meditada y, en realidad, debería plantearse de otra manera. Por ejemplo: ¿cree usted que no hay limites para la libertad de expresión? O más bien: ¿No es la sátira una expresión de los valores de las democracias? Con esto quiero decirle que siento la tentación de navegar entre dos aguas: por un lado quisiera que las libertades democráticas tuvieran fijado un límite moral: el de no ofender a quienes no comparten nuestras ideas. Pero por otro, pienso que si limitamos la libertad corremos el riesgo de caer en la tiranía.
  • ¿Y no cree usted que dentro de la democracia y del respeto a esos “valores” que tienen su raíz en la libertad, también se dan casos de tiranía? En definitiva, las batallas ideológicas que enfrentan a izquierda y derecha se resumen en la voluntad de imponer a la sociedad unos criterios determinados. Ahí tiene el caso del zapaterismo: nos impuso a los españoles una ley del aborto libre que, en sustancia, supone una libertad para matar. De la industria cinematográfica ha surgido el mito de los espías con licencia para matar… Y podría añadir muchos casos que suponen una contradicción entre la libertad de expresión y  libertad para suprimir la vida.
  • Entonces, el planteamiento que deberíamos hacernos rebasa los límites de la libertad de expresión. Porque, a ver: ¿Se puede manifestar uno en contra del islamismo radical, como ha ocurrido en Francia después de los crímenes de Paris y, al mismo tiempo, reaccionar en Alemania contra los que vienen manifestándose desde hace tiempo contra el riesgo de islamización de Europa, so pretexto de atajar la islamofobia? Mucha hipocresía es lo que veo. Pero volvamos al “caso Charlie”. Si empleásemos el cinismo para definirlo, también supone una muestra de “libertad de expresión” de los terroristas que no saben utilizar otro lenguaje que el de las armas. ¿Quién es más “libre”: el que mata a las personas con un fusil automático o el que mata las creencias de los demás con un lápiz?
  • Me parece que eso es sacar las cosas de quicio. Los lápices no matan.
  • -¿Ah, no? ¿No es una forma de matar la maledicencia, la infamia, el insulto, la burla? Recuerdo ahora una película en la que un sacerdote santo –San Felipe de Neri- impone como penitencia a un matrimonio de la alta sociedad que había lanzado un bulo sobre la vida de una persona, que recorriera la ciudad desplumando a una gallina. Cuando vuelven a contar que así lo han hecho, el buen cura les dice: pues ahora vayan a recoger las plumas esparcidas. Poca diferencia hay entre el honor perdido de un difamado y la ofensa que se recibe con la burla a unas convicciones.
  • También creo que exagera: la difamación está castigada en el Código Penal pero no así la blasfemia.
  • No pretendo que se castigue la blasfemia, sino que se eduque a la sociedad en la responsabilidad. La libertad tiene, debe tener, un límite: la responsabilidad de quien la ejerce. Y creo que defender la libertad de expresión por encima de ese límite es atentar contra la convivencia. Y de eso estamos ayunos en nuestras sociedades en la medida que se ha perdido la conciencia de hacer el mal.
  • Esas reflexiones nos deberían conducir a considerar cuales son los valores que defendemos en nuestra civilización. Porque, en definitiva, esa multitudinaria manifestación de París, a la que han acudido líderes de todo el mundo, ha pretendido llevar a ls sociedad el mensaje de que el mundo democrático no puede cruzarse brazos ante un terrorismo religioso basado en la supresión de la libertad de conciencia. En este sentido, yo me siento también Charlie… No estoy dispuesto a someterme a la dictadura de unos fanáticos.
  • Pero sí se somete, voluntariamente, a la dictadura de una mayoría parlamentaria. ¿Qué diferencia hay? Porque, en definitiva, ese modo de vivir sometidos a los mandatos de un libro supuestamente revelado, es compartido por más de mil millones de personas, aunque también rechacen el terrorismo como instrumento para expandir sus ideas. Aquí, en nuestro mundo, tenemos que acatar las sentencias arbitrarias de algunos jueces o las leyes que emanan de una mayoría.
  • Bien, se puede estar sometido legalmente a esa mayoría, pero lo que nos importa es nuestra libertad de conciencia… Ahora bien, estoy de acuerdo con que deberíamos hacer un examen profundo sobre los valores que identifican nuestra civilización. Porque, desde mi respeto a los que no piensan como yo, me parece que estamos creando el mismo monstruo que han engendrado los islamistas al interpretar literalmente el Corán y la “sharía”, despojándolas de su espíritu de tolerancia y misericordia. Mientras el mundo islámico trata de regresar a la fe de los primeros tiempos, aquí lo que tratamos es de destruir las bases de nuestra civilización. Ya me dirá usted qué “valores” son los que difunde nuestra cultura: el relativismo nihilista, la mentira, la falta de honradez, la infidelidad, el adulterio, el divorcio, la destrucción de la familia, la adoración del dinero, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad… Esas son nuestras señas de identidad… que queremos resumir en la libertad de expresión. Esa no es mi libertad y, por tanto, en este magma de perversión, no me identifico con Charlie.
  • O sea que no hemos resuelto el dilema: ¿Somos o no somos Charlie?
  • Ya le decía que la pregunta adecuada no es esa sino hasta qué punto puedo defender la libertad de expresión ejercida sin responsabilidad como la seña de identidad máxima de nuestra civilización. Si la libertad de expresión es el derecho a difamar y, por tanto, a deshonrar, a despreciar las virtudes que nos han hecho libres, no soy Charlie; si, por el contrario, nuestra libertad termina donde empieza la de mi vecino, como reza el viejo adagio, sí soy Charlie.
  • Vale, amigo, pero ya me conformaría yo con que todos los “charlies” occidentales y orientales, con lápiz o con bombas, respetasen mi propia libertad sin ofender ni coaccionar. Hay un precepto en el Islam, por cierto, que los islamistas no respetan: no hay coerción en materia religiosa. Claro que aquí tampoco respetamos ese otro axioma de las democracias: vive y deja vivir y métete la lengua donde salva sea la parte cuando quieras usarla para ofender y dañar.