La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un año de infarto

Pasadas ya estas las fechas navideñas en las que ha vuelto la ternura y la solidaridad como seña de identidad frente a la invasión del paganismo materialista, nos enfrentamos a la realidad de un confuso año electoral de auténtico infarto. Los planteamientos electorales parecen a día de hoy bastante simples. El Gobierno tiene la certeza de que la recuperación económica y la generación de empleo, confirmados con los buenos datos del mes de diciembre, serán su mejor carta de presentación para mantener el favor de buena parte de su defraudado electorado, que le reprocha otras promesas incumplidas. A su vez, el socialismo que hoy está en la oposición, considera que el precio pagado por la sociedad para afrontar la crisis, ha sido demasiado alto y sus resultados demasiado bajos, con lo cual aspira a desalojar al Partido Popular del poder en la creencia equivocada de que sus votantes han olvidado ya su nefasta gestión en las dos legislaturas anteriores.

En medio está el emergente populismo que promete poco menos que el paraíso terrenal mediante la ruptura de las reglas de la Unión Europea, en especial el compromiso de no gastar más de lo que se tiene, además de castigar a la iniciativa privada y, en definitiva, de implantar un sistema político copiado del castrismo y el chavismo. Lo que emerge, sin embargo, más allá de la burla a la inteligencia que suponen  las campañas electorales, es la necesidad de una auténtica regeneración ética de la vida pública española. Y, al mismo tiempo, una revisión europea de las reglas económicas, fiscales y de inmigración que han mermado el liderazgo moral de una Europa que parece haber renunciado, en aras de la economía, al humanismo cristiano que forjó su civilización.