La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Peter Angelina, vendedor de pañuelos catedrático de ética

Rafael María Hernández Urigüen

Recuperar la coherencia moral supone, sin duda, uno de los retos más difíciles y urgentes de nuestra época; el cometido corresponde a cristianos y a no cristianos, sólo que para nosotros en frase de Peter Angelina debería ser «lo normal»

Que la ética no se aprende tanto en libros como en testimonios vivos de virtudes y valores existencialmente encarnados ha sido enseñanza comúnmente aceptada por todo el pensamiento clásico, de manera particular en el ejemplo de Sócrates y la reflexión filosófica de Aristóteles.

Los grandes principios de la moral convencen cuando sus formulaciones universales se materializan en la vida cotidiana.

Robert Spaemann consideraba la importancia de los gestos concretos a favor de la justicia, y demás virtudes, esos buenos comportamientos capaces de suscitar asombro, tantas veces por lo inhabitual en su frecuencia, o la generosa magnanimidad de sus protagonistas. Todas estas acciones buenas cotidianas son importantísimas, son buenas sin restricción y animan a portarse bien. Afirma el filósofo alemán que «cada uno de estos comportamientos justifica la existencia del mundo». Se experimenta entonces que «merece la pena vivir».

Descubrimos en estos pequeños gestos diarios que hay personas buenas («todavía quedan buenas personas», se afirma en el lenguaje coloquial) y no sólo «buenas acciones». Comprobamos así una ética real en «primera persona».

Sin duda, las buenas acciones, especialmente inspiradas en el Evangelio, constituyen fuentes de esperanza como recordaba Benedicto XVI en Spe Salvi: «(…) esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un «final perverso». Es también esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a Dios. Sólo así permanece también como esperanza verdaderamente humana» (Spe salvi, 34).

El papa emérito, reconocía también el valor de esas buenas acciones, no sólo en los cristianos, sino en cualquier persona que actúe rectamente a favor de los demás: «Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro» (Spe salvi, 35). Por supuesto, con su encíclica advertía que esas «pequeñas esperanzas» generadas por acciones bondadosas necesitan de «la gran esperanza» para no desfallecer en su empeño o impacientarse hasta degenerar en actitudes fanáticas (ídem).

Sin duda que las calles de Sevilla asistieron a una lección de ética, a mí entender magistral, impartida por el inmigrante nigeriano Peter Angelina, vendedor de pañuelos y que lucha por convalidar sus estudios de medicina en España. Encontrar abandonado un maletín con 3.150 euros en efectivo, junto a seis cheques por un importe de 13.000 euros y entregarlo inmediatamente a la policía supone un gesto heroico para quien pasa necesidad.

Los argumentos de Peter ante las preguntas de por qué devolvió el dinero, no dejan lugar a dudas ni requieren complicadas interpretaciones: «El dinero no era mío, yo no podía quedármelo y a Dios no le hubiera gustado que lo hubiera hecho». La virtud de la justicia no puede formularse con mayor nitidez. Pero además, Peter explicaba la raíz más profunda y definitiva: «Para un cristiano es lo normal. El amor de Dios está por encima de cualquier dinero. Mientras tenga para comer no me hace falta más. Vivo con lo que me manda mi padre, que es jefe de policía en Nigeria».

Comentaba esta noticia con los alumnos en la última clase de ética y durante el diálogo el acuerdo fue general, aunque siempre hay algunos que reconocen sinceramente si hubieran tenido el temple de Peter para resistirse a no apropiarse lo ajeno.

Quizá unos párrafos de Evangelii Gaudium sirvan para poner colofón a estas líneas a favor de que cunda el ejemplo de Peter y de argumento ante quienes le llamaron tonto por su honradez. El Papa Francisco es claro en sus diagnósticos sobre la situación actual: «A todo ello [el desequilibrio económico mundial] se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales» (Evangelii Gaudium 54).

La coincidencia de los argumentos de Peter frente a los que le llamaron insensato con las palabras del papa, es innegable: «Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética −una ética no ideologizada− permite crear un equilibrio y un orden social más humano” (Evangelii Gaudium 55).

Recuperar la coherencia moral supone, sin duda, uno de los retos más difíciles y urgentes de nuestra época. El cometido corresponde a cristianos y a no cristianos, sólo que para nosotros en frase del vendedor nigeriano debería ser «lo normal».

En todos los ámbitos de la educación, también y especialmente en la universitaria, se nos presentan oportunidades cotidianas para acompañar a las nuevas generaciones en ese empeño por conseguir que el buen comportamiento ético no sólo sea «lo normal» sino que constituya «lo habitual».

Rafael María Hernández Urigüen es profesor en ISSA y la Escuela de Ingenieros – Tecnun