La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La Navidad se ha convertido en una fiesta pagana más

MagdalenaMagdalena del Amo

Recuerdo un concurso de frases navideñas en radio Intercontinental cuando era niña. Todos los días leían lo que los oyentes iban enviando. No me pregunten cuál era el nivel literario; supongo que bajo, porque los poetas de altura estarían a sus cosas. Pero les puedo asegurar que el espíritu navideño de los participantes era alto y estaba presente. Recuerdo que ganó esta sencilla frase: “Si Navidad es paz y alegría, hagamos Navidad todos los días”. El autor era un cocinero del Hotel Palace. ¡Cómo cambian los tiempos! No sé si hoy encontraríamos algún cocinero capaz de sentir así el espíritu navideño. ¡Pobriños! Ellos también son víctimas de los tiempos laicistas y frívolos que vivimos. Hoy todos quieren parecerse al excéntrico y amargado chef del televisivo “Chiringuito de Pepe”. Los cocineros de hoy aspiran a ser coachers en los programas de televisión, donde humillan a los ingenuos concursantes que osan utilizar algo tan obsoleto como la receta de mamá o de la abuela. A buen seguro que la abuela no desestructuraba los platos bien estructurados, ni caramelizaba la cebolla, ni empleaba nitrógeno líquido, ni virutas, ni crujientes con aromas varios para paladares que ya lo han probado todo. Yo me río mucho de la nueva jerga de los chefs de la alta cocina y de los esnobs que casi en estado de éxtasis degustan estos platos de largos nombres. Es otro síntoma de la banalidad actual. Entiendo que esto es una moda, una industria y que hay que verlo desde este prisma. Confieso que voy de vez en cuando a este tipo de restaurantes, que se han convertido en una especie de santuarios laicos, con personal envarado, casi militarizado.

El polo opuesto a esta cocina de mínimos, servida en grandes platos con salsa dibujada, lo constituyen las pantagruélicas cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cada año por estas fechas nos volvemos histéricos. Me llamó la atención cuando hace unos años viajé a Venezuela un poco antes de Navidad y vi que las mujeres andaban locas comprando las hojas de plátano o de bijao para hacer las hallacas, una especie de tamales o pastelillos de pasta de maíz rellena con carne, alcaparras y aceitunas, que se toman en estas fechas. Me parecía que aquellas mujeres, sin distinción de clase social, eran unas exageradas. Hoy, aquí también nos excedemos.

No sé qué dirán los datos oficiales, pero estas navidades yo he sentido mayor histerismo y desenfreno que nunca. Sentí lástima por esas amas de casa en interminables colas para conseguir nécoras, angulas o cabrito. Según la sociología, en Galicia tienen tanto éxito las fiestas gastronómicas debido a “la cultura da fame”, es decir, mucha hambre en el pasado, mucha necesidad, y ahora toca comer hasta reventar. Viendo estos días las compras desaforadas da la impresión de que el mundo se acaba el diez de enero o que acabamos de pasar una guerra. A todos nos gusta compartir con familia y amigos, incluso pasarse un poquito en comidas y bebidas; tiempo habrá para el ayuno. Pero ¿no creen que nos hemos convertido en unos horteras?  Si en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos rezaban las palabras “Ne quid nimis” (nada en demasía), que el gran Horacio nos transmitió a través de su Odas, no está de más recordarlas aquí.

Las Navidades se han convertido en “fiestas de invierno” en celebraciones paganas para comer, beber y dar rienda suelta a los sentidos. Son fiestas del y para el ocio. La decoración de las calles invita a ello pues también podría servir para carnaval. Lo más cristiano que encontramos –¡qué  pena!— es Papá Noel, el viejo gordito a quien los publicistas de la Coca-Cola vistieron de rojo para vender “la chispa de la vida” en invierno. ¿Dónde están los ángeles de neón que atravesaban caminando las calles importantes de las principales ciudades de España? ¿Dónde está el portalito con el Niño Dios? ¿Y los Reyes? Ya ni siquiera queda el rastro de la estrella.

El nuevo Rey también prefiere las navidades sin Natividad. ¿Es posible eso? En su discurso quiso mostrarnos el modernismo de la nueva monarquía. Eulogio López en su periódico digital Hispanidad, dice que si el rey deja de ser católico, los católicos dejaremos de ser monárquicos. Un Rey sin Sagrada Familia ni bandera nacional en primer plano. Debería fijarse Felipe VI en una fotografía que rueda estos días, mostrando a Artur Mas con la señera catalana, bien encuadrada a su derecha. Sin más comentario.

Avanza el paganismo a grandes zancadas, pero no un paganismo culto y sincretista que nos acerca a los albores de nuestro pasado, a todo el simbolismo ancestral escrito en la naturaleza por el que hace dos mil años envió a su hijo para explicarnos el gran misterio de la existencia, la fórmula magistral para llegar al paraíso. Los cristianos somos unos privilegiados por ello. Pero nuestra ignorancia nos lleva a seguir adorando al Sol celebrando el solsticio de invierno en Machu Pichu o en Stonehenge. Con estos polvos, no es de extrañar que nos revolquemos en el lodo de la barbarie!