La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La Iglesia necesita más obispos como Reig Pla

Magdalena Magdalena del Amo

Esto sí es hablar claro y llamar a las cosas por su nombre. Monseñor Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, ha vuelto a dar la campanada para sacudir nuestras conciencias y despertarnos del sopor enfermizo que padecemos: “Estamos vendiendo, por un plato de lentejas, el proyecto de Dios sobre sus hijos, el amor y el respeto a toda la vida humana, la belleza de la igual dignidad, pero también de la diferencia entre el varón y la mujer, y la hermosura de la familia de fundación matrimonial entre un solo hombre y una sola mujer”. Esto sí es gritar sobre los tejados las palabras del mensaje de Cristo. El obispo de Alcalá es de los pocos pastores que velan día y noche por su rebaño y lo defiende de los ataques y asechanzas del lobo. Yo echo en falta más obispos como él; que hablen alto y claro, desde el púlpito y fuera de él.

Don Juan Antonio es valiente, pero esa bravura se la da su fe, la seguridad del mensaje legado por Jesús de Nazaret. De alguna manera nos recuerda a todos los que sufrieron martirio en tiempos pasados, y a los que lo padecen hoy en tantas naciones, como Siria, Iraq, Irán, Afganistán, Pakistán, Mali, Nigeria… y un largo etcétera, donde los cristianos son perseguidos. Reig Pla lanza estas verdades aun a sabiendas de convertirse en carne de martirio mediático cada vez que evangeliza. Para la prensa, más allá de ideologías, siempre es rentable porque sirve los titulares en bandeja. Sus palabras, por otro lado, nunca se deben a lapsus o a tirones de lengua momentáneos, por parte de algún periodista avezado y seductor. Monseñor habla con un gran conocimiento de la realidad mundial. Tiene bien conectado el radar y está al corriente de lo que se guisa en las mesas de juntas de los think tanks al servicio de los diseñadores de la sociedad. Pocos obispos osan hablar del Nuevo Orden Mundial o verbalizar las verdades de a puño que él suelta, sea ante sus fieles en la catedral o en un plató de televisión para miles de espectadores de toda creencia y condición. Verdades evidentes, por otro lado, para un cristiano. Por desgracia, los obispos no solo no se atreven a secundarlo, sino que se echan a temblar cuando se pronuncia sobre algún tema polémico sobre el que prefieren pasar de puntillas para no herir sensibilidades y no ser presa de la prensa progre de turno. Me decía un obispo a quien entrevisté: “No me saques temas, como el aborto o el matrimonio gay. […] Vamos a tener la fiesta en paz, si no, voy a estar en la prensa durante un mes”. En un tono entre inocente e irónico les respondí: “Pero monseñor, ¡qué bien ser noticia por defender lo recto!; lo malo es cuando los curas salen en la prensa por temas relacionados con la pederastia”. Sonrió y me contestó: “Magdalena, no hay que crispar”. Yo sentí pena, por él, por mí, por cómo nos estábamos arrinconando, abandonando el barco cobardemente, mientras otros piratas ganaban la batalla de las ideas. Pero es lo que hay. La dictadura de lo políticamente correcto permea también la Iglesia y hay que tener mucho arrojo y mucha fe –de la buena, de la fetén— para ser obispo hoy. Quiero decir una fe profunda y no de “todo a cien” o “de los chinos”, poco sustentada y, por tanto, endeble.

Al papa Francisco, que es tan original e innovador en tantas cosas –lo que está causando escaras a muchos—, le pediría que eligiera obispos entre los sacerdotes jóvenes sin contaminar, que aún no han conocido las mieles del funcionariado eclesiástico ni desarrollado el síndrome del “carrerista”, por emplear un término acuñado por el propio Pontífice. Curas jóvenes, sobre todo, de actitud, dispuestos a oler a oveja y a “hacer lío”.  Evitaríamos así, las interferencias de los políticos, que haberlas hailas, más de lo el gran público cree, y otro tipo de intereses.

Hablando de políticos, y volviendo al principio del artículo, el Presidente del Gobierno fue quien se comió el plato de lentejas, ganado vendiéndonos a todos y, en especial, a los bebés en gestación que seguirán siendo asesinados abominablemente por la cureta de los aborteros. Por cierto, están muy callados estos representantes del mal, señal inequívoca de que el Gobierno abortista –le copio la expresión a Manuel Morillo— los trata bien. En el tema del aborto “Rajoy no dio marcha atrás por cuestiones electoralistas –escribe Reig Pla—, sino a cambio de un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”. ¡Vaya, vaya, vaya! La ONU –aparte de laicista y responsable de la implementación de la ingeniería verbal y social—es uno de los organismos más corruptos del panorama internacional, si no el más. De Rajoy ya no nos extraña casi nada. Poco puede hacer que nos sorprenda; ¡y, desafortunadamente, siempre para mal! Es capaz de venderle su alma al diablo, si es que no lo ha hecho ya. Visto lo visto, los defensores de la vida y otros valores inalienables, católicos en general, y gente con sentido común y un poco de amor propio, ya sabemos que en las próximas elecciones hay que buscar otras alternativas. Créanme, la disyuntiva no es PP o Podemos. Eso quieren hacernos creer. Forma parte de la manipulación para seguir chupándonos la sangre.

Desde estas páginas animo a don Juan Antonio a seguir enarbolando el estandarte de la verdad. ¡Ojalá cunda su ejemplo! Que no se me enfaden mis queridos obispos de Galicia, con quienes comparto interesantes confidencias, pero este año les pido a los Reyes Magos más obispos como monseñor Reig Pla.