La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La cuarta noche más importante de la historia

José Andrés-Gallego

A ver si acierto a decirles en dos palabras que acabamos de celebrar, del 24 al 25 de diciembre, la cuarta noche más importante de la historia. Los judíos de los tiempos de Jesucristo creían que eran cuatro y para mí que son cinco. Verán. La primera es la de la creación. Ustedes me dirán que si es que la creación se consumó de noche. Pues por lo visto sí. Los judíos empezaban el día poco después de nuestro medio día, cuando aparece la primera estrella, que anuncia el declive del sol. Luego, venía la noche y, tras ella, el amanecer, que era cuando ese día nacido en el cénit caminaba nuevamente hacia él y en él terminaba. La noche era, por tanto, el centro de cada jornada, las horas en que todo parece haber dejado de existir y todo, en realidad, se engendra.

Para aquellos judíos (con toda la razón) la segunda noche más importante de la historia había sido aquella en que Abraham obedeció a Elohim cuando se le pidió que le ofreciera en sacrificio a su propio hijo. Ustedes se preguntarán por qué tanta importancia. Pues está claro: al obedecer a Elohim, Abraham optó por el fruto del árbol de la vida, en vez de discernir por cuenta propia (que es el otro fruto que ofrece el árbol que hay en medio del huerto de Edén, también llamado «Paraíso»). O sea que Abraham se puso en la situación originariamente aconsejada por Dios a Adán y a Eva. Si hubiera discernido por sí mismo, habría mandado a paseo al mismísimo Dios, que le pedía el disparate de matar a su propio hijo. Con razón que lo hiciera Dios simiente del que decidió que fuera su pueblo.

Aquellos judíos de los tiempos de Jesucristo tenían claro que la tercera noche más importante de la historia había sido la de la huida a Egipto, y en eso sí atinaron. Así que estaban a la espera de la cuarta y última, que sería la de la pascua definitiva, cuando llegue el mundo a su fin. Entonces -explicaban- «los yugos de hierro serán quebrados y las generaciones malvadas serán aniquiladas y Moisés subirá del desierto y el rey ungido vendrá de lo alto.» Llama la atención que el rey «ungido» (en arameo, «mesihá», «mesías» en griego) vaya a venir de lo alto en esa última noche. Quiere decir que estará ya en lo alto (en «los cielos de los cielos» de que se habla en la Biblia). ¿Habrá muerto y resucitará o, simplemente, volverá? Esa es la cuestión y lo que me hace pensar que hay una quinta noche entre la tercera y la cuarta, la de la primera venida del primogénito de Dios.

Verán por qué. Los judíos de aquellos tiempos -los del Cristo Jesús- dedujeron, de la segunda noche -la del sacrificio frustrado de Isaac-, que es que Dios quiso entonces que Abraham engendrara un pueblo que discerniera cabalmente entre el bien y el mal. Y me parece a mí que se equivocaron en eso y que nosotros, los cristianos, hemos heredado el error. Quiso -quizá- precisamente lo contrario: engendrar un pueblo que no se alimentara del fruto que daba el discernimiento, sino del de la vida, el mismo por el que había optado Abraham. Y, claro, los que no lo entendieron de ese modo tampoco comprendieron lo que les había insinuado en la tercera noche, cuando el ángel mató a los primogénitos de Egipto. No dejó a Abraham que matara a su primogénito pero salvó a sus descendientes -los de Abraham- con la advertencia de que la cosa va de primogénitos. Y, a raíz de la cuarta noche -la que acabamos de celebrar-, fue su mismísimo primogénito -el de Dios Padre- quien empezó a explicar que era eso lo que su padre Dios quiere de Israel: encarnar a su propio hijo para que sea el fruto de la vida y alimente a su propio pueblo. Unos judíos se empeñaron en discernir por cuenta propia y decidieron que no, que no podía suceder semejante cosa. Otros judíos sí aceptaron.

El momento crítico fue -acaso- aquel en que Jesucristo les dijo que tenían que alimentarse de su carne. Claro, Dios es la vida en sí, como sabe cualquier biblista, y resulta que se había hecho carne. Una parte de los judíos insistió en discernir por cuenta propia y pensaron que les invitaba a ser antropófagos o cosa parecida y se largaron. Otros, en cambio, se negaron a discernir y aceptaron. Pedro dio un argumento que me parece conmovedor: no dijo «nos fiamos de ti», sino «¿a dónde vamos a ir?» No es que no supiera a dónde podía ir. Lo que ocurría -creo yo- es que se había dado cuenta de que aquello era anterior a discernir por cuenta propia. Jesús se presentaba como «el camino, la verdad y la vida» y eso se aceptaba sin más o se discernía y adiós. ¿Entenderán por qué me temo que somos muchos los que nos hemos equivocado, entre los que intentamos seguir a Pedro? ¿No les parece que actuamos como si fuésemos el pueblo que discierne correctamente entre el bien y el mal en vez de alimentarse de la vida y seguir el camino de quien es la verdad, sin más, a la espera de que se cumpla la quinta noche? Me dirán que es jugársela… Y la verdad -precisamente la verdad- es que es así de fuerte.