La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sigamos hablando –otro poco- de yihadismo

 

Manuel Cruz

 Es tal el cúmulo de escritos contradictorios –libros, ensayos, artículos, conferencias…- tanto de autores árabes como occidentales, aparecidos en los últimos años, sobre todo a partir de la tragedia del 11-S, que resulta difícil intentar siquiera un análisis imparcial que permita discernir donde está verdad y donde la mentira sobre este fenómeno del yihadismo que nos sobrecoge especialmente en nuestro mundo “civilizado”. Del simplicismo con que los medios occidentales tratan el islamismo como asimilado al terrorismo, a la complejidad de los estudios en torno al pensamiento islámico como si fuese único, hay todo un mundo de conjeturas, desconocimiento, cuando no ignorancia maliciosa, que podemos caer en la tentación de encogernos de hombros y mirar para otra parte como hacemos cuando no entendemos algo.

Y, sin embargo, se impone como una necesidad imperiosa tratar de conocer al “otro” al menos para no sucumbir a la amenaza del terror tan profusamente divulgada a través de las redes sociales. La pregunta inicial que nos permitiría ir al meollo de este desafío intelectual que supone la barbarie desencadenada por unos grupos organizados para aterrorizar al mundo, es simple: ¿Qué pretenden estos islamistas radicales agrupados hoy en torno a un nuevo y, en apariencia, frágil “Estado Islámico” como antaño lo fueron en el seno de los califatos omeyas y abbasidas o las huestes que se extendieron por el Norte de África y el mundo oriental, desde Persia hasta Indonesia e, incluso el mismo corazón de Europa, desde Bizancio a España y más tarde los Balcanes?

Remontarse a los orígenes de la Historia puede distorsionar cualquier discurso moderno porque la época medieval en la que Mahoma tuvo sus “revelaciones” que dieron origen al Corán, nada tienen que ver, en apariencia, con nuestro mundo posmoderno, superilustrado y extensamente laicizado… ¿O quizá si? Aquí hay que introducir una consideración: el “islamismo”, es decir, el pensamiento político basado en una interpretación radical del Libro sagrado, tiene como objetivo la vuelta a los orígenes del Islam, el salafismo, por considerar que el cambio del sentido de la vida que para las tribus árabes supusieron las revelaciones que tuvo Mahoma a lo largo de diez años, es el que tiene que primar hoy como primer paso para conquistar al mundo… para el Islam.

¿Y por qué ahora se despierta esa fiebre de “lo medieval” entre ciertos sectores del fundamentalismo islámico, mientras la inmensa mayoría de los musulmanes parece ya acomodada a los adelantos de nuestro siglo? Responder a estas preguntas es entrar en el corazón del conflicto y eso supone un riesgo: tratar de explicar las “razones” de algo que no puede justificarse de ninguna de las maneras: el ejercicio del terror… en nombre de Dios. ¿En qué Dios creen estos asesinos? ¿Por qué han tardado tanto tiempo las escasas autoridades religiosas con prestigio en condenar las atrocidades de los “yihadistas”? ¿Qué contiene el Islam para que todavía no se hayan movilizado todos los países islámicos contra unos terroristas que, dicen, están dando una imagen negativa de la enseñanza islámica supuestamente piadosa, querida Mahoma? ¿Son unos ignorantes de su propia religión estos asesinos que matan, secuestran, decapitan, crucifican y se suicidan en coches-bomba descuartizando a otros musulmanes, cristianos, judíos o hindúes, en la creencia de que así irán al Paraíso, donde recibirán el premio de bellas huríes de rojos labios y grandes ojos negros?

La preguntas pueden multiplicarse hasta el infinito, pero la respuesta invariable que nos darán los más expertos juristas musulmanes es que la interpretación del Corán –o la literalidad de su aplicación a la vida practica- es libre, dentro de las cuatro escuelas o corrientes legales de pensamiento que cada cual entiende de acuerdo con su ignorancia o sabiduría, con el esfuerzo de la razón consensuada–ijmaa– o razonamiento analógico –quiyas– y siempre con el pensamiento puesto en la “sharia” o ley divina, refundida con textos del Corán y hádices o dichos atribuidos al Profeta.

Pero decir esto es como no decir nada o casi nada. Si dejamos atrás la historia de guerras civiles, asesinatos y rivalidades que enfrentaron a los árabes al menos hasta que los otomanos impusieron su propio Califato, nos encontramos de lleno en la “modernidad” impuesta al mundo oriental por las potencias coloniales europeas, en especial Francia y Gran Bretaña, desde la invasión napoleónica de Egipto hasta el reparto de los despojos del imperio otomano tras la I Guerra Mundial.

En su obra “Orientalismo” de obligada lectura para entender algo de lo que ocurre hoy en el mundo islámico, el gran pensador palestino-británico Edward Said, fallecido poco después de la invasión de Irak por Estados Unidos, describe con toda su crudeza, el desprecio que las potencias occidentales han sentido de siempre hacia los orientales, a los que nunca llegó a entender desde el momento que los consideraron inferiores… como gran pretexto para establecer su colonias  Egipto, Irak. Siria, Libano, Palestina y el Norte de África, además de La India y Afganistán, fueron sometidos a una intensa “occidentalización” cuyo resultado no solo fue la emergencia de nuevas “elites” educadas en francés e inglés, sino la resistencia de los más “piadosos” dirigentes musulmanes que se levantaron contra la cultura occidental que estaba barriendo la identidad genuina de quienes habían vivido voluntariamente sometidos al dominio califal y empezaron a propugnar el salafismo, la vuelta a los orígenes…

Surgieron así los Hermanos Musulmanes bajo el impulso de Hasan Al Banna y, más tarde, de Said Qobt, los grandes “renovadores” del pensamiento árabe-islamico y que fueron el vivero de los nacionalismos y de los fundamentalismos, especialmente a partir de la fundación de Israel en Palestina, origen de un conflicto interminable que ha cambiado la geoestrategia mundial en los últimos sesenta años.

Lo que quiero decir, en otras palabras, es que el origen del moderno “yihadismo” hay que encontrarlo no solo en el antagonismo árabe-israelí sino en el menosprecio denunciado por Said hacia los “orientales” por pura ignorancia, mezclada con el miedo hacia el “otro”. Y si hoy nos podemos preguntar cómo fue posible la expansión del imperio árabe a partir del Siglo VIII sin encontrar apenas resistencia entre los cristianos y las tribus bereberes, sometidos en masa al Islam, cabe preguntarse si hoy, una vez desembarazados de la opresión colonial, las minorías musulmanas más radicales podrán imponerse no solo a los “apóstatas” del Islam como llaman a los regímenes más o menos occidentalizados, sino al propio Occidente.

Y no puedo dejar de recordar lo que, en cierta ocasión, allá por lo años ochenta del pasado siglo, cuando Sudan era la referencia del islamismo más feroz, el máximo ideólogo del régimen, Hasan El Turabi, afirmaba: “Los europeos han abandonado su fe en Dios por lo que ha llegado el momento de que nosotros, los musulmanes, nos ocupemos de islamizarlos”. Es exactamente lo mismo que dicen los seguidores de ese siniestro “califa” Al Bagdadi, que ha fundado ya su propio califato mediante el terror. Lo que me lleva también a preguntarme si la heroica resistencia de los cristianos iraquíes a someterse al Islam para salvar sus vidas, puede influir en la debilidad de un Occidente sometido al hedonismo laicista que, por cierto, indigna tanto a los musulmanes piadosos como a los terroristas. Pero ahora le pregunta se hace mucho más profunda: Si el laicismo del Nuevo Orden Mundial abrazado por el mundo “progresista”, tiene declarada la guerra al cristianismo en Occidente, ¿será capaz de hacer frente al islamismo radical? Y, por último, otra pregunta de mayor calado: ¿Serán capaces los países islámicos “modernizados” de afrontar una revolución desde dentro, que convierta al Islam en la religión pacifica, tolerante y abierta al encuentro con los no musulmanes o sucumbirán ante el empuje de la violencia que los acusa de hipócritas y apostatas?  Una cosa está ocurriendo en el mundo islámico desde hace años, más allá de las “fracasadas primaveras árabes”: que los musulmanes, en su conjunto, se están haciendo cada vez más observantes de su religión… sin que ninguna autoridad se haya atrevido a erradicar de los sistemas educativos la noción de “Yihad” como mandato divino supremo, es decir, el sometimiento  al Islam de todo el mundo, sin excepción. Si no entendemos lo que esto significa es que hemos perdido hasta la capacidad de autodefensa.