La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Familia y sabiduría

Los grandes problemas humanos sólo se resuelven con las luces de la ética

Rafael María de Balbín

Un conocido escritor del siglo XX lamentaba que nuestra época hubiera perdido la sabiduría en erudición y la erudición en información. Esta realidad es especialmente clara por relación a la familia.

Se echa de menos el enfoque del humanismo cristiano. “Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre todo de los medios de comunicación social, los fieles no siempre han sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción de un auténtico humanismo familiar” (San Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 7).

Ya en el citado documento de 1981 el Papa señalaba: “Entre los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres Sinodales han señalado en particular la facilidad del divorcio y del recurso a una nueva unión por parte de los mismos fieles; la aceptación del matrimonio puramente civil, en contradicción con la vocación de los bautizados a «desposarse en el Señor»; la celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva, sino por otros motivos; el rechazo de las normas morales que guían y promueven el ejercicio humano y cristiano de la sexualidad dentro del matrimonio” (idem).

Nuestra época tiene necesidad de sabiduría. “Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena” (idem, n. 8).

En la formulación de un nuevo humanismo no hay que prescindir de las inmensas posibilidades que ofrecen la ciencia y sus aplicaciones técnicas. “Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana” (idem). Hay que asegurar la primacía de la ética sobre la técnica. “Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal” (idem).

Bien podemos aplicar, por su urgente actualidad, a los problemas de la familia las palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría» (Const. Gaudium et spes, n. 15).

No existe una técnica del matrimonio perfecto ni de la familia ideal. Los grandes problemas humanos sólo se resuelven con las luces de la ética. “La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable” (Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 8)

Necesitamos sabiduría. Y ésta no se compra en el mercado. Hacen falta luces de Dios. “Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura actual. De tal Sabiduría todo hombre ha sido hecho partícipe por el mismo gesto creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta alianza como las familias de hoy estarán en condiciones de influir positivamente en la construcción de un mundo más justo y fraterno”.