La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La verdad no sabe mentir

Pedro Beteta, Teólogo y escritor

El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y esa verdad ilumina la inteligencia y marca los límites para que el hombre consiga libremente su destino: conocer y amar al Señor[1].

A nadie se le oculta la preocupación que ocupó a Ratzinger y sigue ocupando hoy a Benedicto XVI, ante el creciente avance del relativismo como evidente manifestación de una cultura en decadencia. Cuando a lo largo de la historia se abrían épocas de una sincera búsqueda de la verdad esos períodos han mostrado como el mejor síntoma de un progreso cierto al que han acompañado grandes beneficios humanos. Por el contrario, la actitud intelectual de escepticismo, de duda acerca de la existencia de la verdad o de que ésta pueda ser encontrada y conocida, han sido síntomas de una cultura que se tambaleaba para caer y convertirse en ruinas decadentes.

Sócrates, mediante la mayéutica, inició el proceso de sacar del hoyo de la falacia al pensamiento escéptico y decadente en que se encontraba inmerso el mundo helénico de su época. Era tal el relativismo existente que hasta mover un dedo suponía una toma de decisión y eso era “filosóficamente” incorrecto. Su esfuerzo valió la pena. Al indagar sobre la verdad, la cultura helénica progresó y alcanzó cumbres insospechadas con Platón primero y Aristóteles después. La civilización helénica alcanza con ellos su cenit siendo la razón el arma que emplearon los filósofos griegos para emerger de aquella fosa y construir una cultura próspera en el pensamiento. Al pensamiento helénico se le debe el galardón de convertir en ruinas la religión mitológica.

Ya sólo esta aportación merece un lugar preponderante en la Historia de la Filosofía. Muchos años antes del nacimiento de Cristo esta crítica de los mitos religiosos por parte de la filosofía griega hizo una labor intelectual de tal magnitud que el cristianismo, al defender al hombre –cuerpo y alma– encontró en ella un gran aliado. Se acepta pacíficamente la influencia que supuso al desarrollo de la filosofía cristiana la aportación de estos genios griegos. Platón y su idealismo se extiende por el occidente de cuyas fuentes beberá San Agustín y Aristóteles también llegará a occidente pero después de un largo periplo por oriente donde su pensamiento es “contaminado” de muchas corruptelas a su paso por Asia y África. Finalmente, será a través de Avicenas, Averroes y la Escuela de Toledo como llegará hasta Santo Tomás y la Escolástica.

La defensa racional que hace la filosofía griega ayuda a dar un paso importante si observamos la convergencia entre el mensaje bíblico y el pensamiento filosófico griego. No es un producto de la casualidad que se establezca esta conexión sino que se debe a la relación intrínseca que se da entre revelación y racionalidad. Por este motivo tuvo tanta fuerza de penetración el cristianismo en el mundo greco-romano[2]. La verdad no sabe mentir. Parece obvio que la postmodernidad de nuestra época, la filosofía de hoy, se arrastra desde hace varios siglos por un precipicio, en una decadencia casi imparable. El tercer milenio que ha comenzado se ha encontrado con una Europa en crisis. El continente donde la filosofía griega supuso un soporte para avanzar en la verdad está sumergido en las turbias aguas del relativismo. Se cuestiona hasta si existe la verdad.

¿Existe la verdad? La pregunta sobre la existencia de la verdad lleva implícita la respuesta afirmativa. Si se afirma: la “verdad no existe” y es así, acabamos de escribir la primera verdad; por otra parte, si la afirmación es falsa, entonces “la verdad existe”. De ahí que la misma pregunta sobre la existencia de la verdad sea una reafirmación de su existencia. ¿Podemos acceder a ella, descubrirla, encontrarla? Si. Está a la vista. La realidad de la Creación nos conduce a la verdad absoluta de la que las cosas creadas son una participación. Supongamos que la verdad quizá existe –dicen–pero nosotros no podemos alcanzarla o, tal vez lo que se alcance… no sea la verdad. Más aún –dicen otros– la verdad está siempre escondida y además sólo es verdad lo que se puede tocar, lo calculable. Incluso hay quien afirma que la verdad es algo que se crea “a mano alzada”, por votación.

Tertuliano decía: “Cristo ha afirmado ser la verdad, no la costumbre” y el Papa acude a esta cita con frecuencia[3]. Se trata de ampliar los espacios de la racionalidad, dice el Papa, para no limitar la razón a lo que es experimentable, a lo útil, a lo que abarca un aparente inmenso campo pero que no lo es: el de las ciencias naturales. Si la única realidad es la experimentable y calculable, el hombre acaba siendo reducido a un producto de la naturaleza carente de libertad como cualquier otro animal. Que las ciencias estén en constante avance y se desarrollen cada día más no hace que tengan marchamo de universalidad, que sea absoluta y autosuficiente. Ver las cosas así aboca en una situación insostenible, deshumana y al final contradictoria.

El orden de las cosas creadas, su pluralidad, sus leyes, proclaman la existencia de una dirección, de un sentido. Es dramática la postura de quienes no quieren buscar el sentido de las cosas. “Y, lo que es aún más dramático, en medio de esa barahúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama de la existencia, muchos se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido. Una filosofía carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin ninguna auténtica pasión por la búsqueda de la verdad”[4]. Si sólo es racionalmente válido lo que es experimentable y calculable, análogamente sólo un comportamiento práctico vital de tolerancia se convertirá en valor fundamental al que ninguno debe o puede considerar sus convicciones o sus propias opciones como preferibles a las de los otros. Éste es el triste sendero por el camina la sociedad actual, en el que queda desdibujada o diluida la conciencia moral.

Con el radical giro que da al conocimiento el inmanentismo, Kant no considerará a la razón humana con el nivel adecuado para alcanzar la realidad en sí misma y, mucho menos la realidad trascendente. Ratzinger ve que con esta postura, la alternativa que se avala hoy, parece ser el cientificismo y no la afirmación de Dios. La verdad parece estar escondida, especialmente ésta, permaneciendo inaccesible e incognoscible. Con ello, las diferentes religiones ofrecerán solamente imágenes de Dios en sus diversos contextos culturales y, por tanto, todas igualmente verdaderas o falsas.

Si se niega la existencia de verdad se niega la esencia de la grandeza del hombre. Suprimirla es abolir la inspiración, el arte, e incluso el ejercicio de la libertad. La verdad es algo demasiado grande como para verla sólo como algo puramente intelectual. No. La verdad es, por así decir, un elemento constitutivo de la vida humana. Para Platón la verdad es el deseo de engendrar en la belleza. Con este pensamiento apunta Platón en la dirección correcta. La verdad es bella y despierta el deseo no sólo de darse a conocer sino también de engendrar otras verdades, otras realidades igualmente bellas mediante la razón.

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[1] Cfr. Veritatis splendor. Intr.
[2] Cfr. J. Ratzinger – Benedicto XVI, Introducción al cristianismo, pp. 173-180
[3] J. Ratzinger – Benedicto XVI, Introducción al cristianismo, p. 102
[4] Fides et ratio, 81