La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Hablemos -un poco- de “yihadismo”

Manuel Cruz

 

Estos días pasados, el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, ha sorprendido a sus pares europeos, reunidos en Bruselas para analizar –una vez más- la guerra contra el “yihadismo”, con una reflexión que los dejó, como quien dice, con la boca abierta. Es legítimo, vino a decir nuestro canciller, negociar con el presidente sirio, Bachar el Asad, para poner fin a una guerra civil que dura ya casi cuatro años y que solo está beneficiando a los terroristas del llamado Estado Islámico. El Asad, destacó, es parte de la solución del problema y no el problema…

En otras palabras, García Margallo echó por tierra. en unos minutos, toda la estrategia que, en relación con Siria, seguía hasta ahora la comunidad internacional, empeñada, desde primer momento, en rechazar al dictador sirio como interlocutor en cualquier negociación destinada a resolver un conflicto que ha causado ya más de cien mil muertos, aparte de los  dos millones de refugiados sirios que han encontrado cobijo en Turquía, Jordania y Líbano. Tan sorprendidos quedaron los demás 27 cancilleres europeos, que no supieron qué decir, salvo alguna excepción de apoyo a Margallo. Cabe preguntarse qué va a pasar a partir de ahora, si Europa, la OTAN y, por ende, los Estados Unidos, caerán del guindo de su estulticia y se ocuparán de ayudar a dictador a enfrentarse al “Estado Islámico”, aunque para ello sea necesario marginar a la debilitada oposición “demócrata” que intentó ingenuamente arrebatar el Poder a Bachar El Asad al socaire de la “primavera árabe”.

Por supuesto, habría que hacerse muchas más preguntas como, por ejemplo, cual sería hoy el panorama del Próximo Oriente si Estados Unidos no hubiese tenido la malhadada iniciativa de invadir Irak, en lugar de negociar con Saddam Husein la “entrega” de unas armas de destrucción masiva… que no existían. Cierto, que tanto Asad como Husein, parientes ideológicos del partido socialista común “Baas”, se adueñaron del poder en los dos países en sendos golpes de Estado…  con el aplauso de todo el “progresismo” europeo. Cierto también que Hafez el Asad –el padre del actual presidente sirio- y su pariente ideológico Saddam Husein, formaron, junto al Egipto de Gamal Abdel Naser el famoso y fracasado “frente del rechazo” a Israel, en plena guerra fría y que permitió a la vieja URSS asentarse en la región. Pero, al mismo tiempo, se forjaron un mítico apoyo de buena parte de sus respectivas poblaciones… a costa de una durísima represión que nadie en Occidente se permitió condenar.

A fin de cuentas, Asad y Husein consiguieron una sólida estabilidad a pesar de formar parte de la minoría religiosa, chiita en Siria y sunnita en Irak. Ocurría que ambos conocían bien a sus respectivos pueblos y consiguieron establecer un cierto equilibrio entre las tribus gracias al juego del palo y la zanahoria de los que eran consumados maestros. La “guerra de los seis días” puso a cada uno en su sitio, pero las humillantes derrotas de los ejércitos árabes, no movieron de sus sillones a los dictadores, dándose el caso, incluso, de que un Naser casi arrodillado ante Israel, era aclamado por millones de egipcios después de presentar teatralmente su dimisión, para volver en loor de multitud. Vinieron más tarde las múltiples mediaciones de Estados Unidos y las cosas cambiaron tanto que el sucesor de Naser, el desgraciado Anuar el Sadat, se vio forzado a firmar la paz con Israel. Asad y Husein, sin embargo, supieron mantenerse bien vivos en el Poder y apenas se habrían agitado las aguas si Husein, en un mal momento, después de hacerle la guerra a los “ayatolás” iraníes con el apoyo de los Estados Unidos, no hubiese malinterpretado unas oscuras palabras de la entonces embajadora norteamericana en Bagdad a la que el dictador iraquí la preguntó si Washington intervendría en caso de que su ejército invadiese Koweit para apoderarse de unos pozos de petróleo en litigio.

El Irak de entonces estaba exhausto después de la guerra con Irán y necesitaba más petróleo para rehacer su economía. Y el muy estúpido de Husein creyó que la embajadora, April Glaspie era su nombre, le dio “luz verde” a la invasión que originó no solo la primera Guerra del Golfo sino el desequilibrio de toda la región y el comienzo de la pesadilla del “yihadismo”, al margen ya del conflicto palestino-israelí. ¿Qué había pasado?  Algo absolutamente insospechado, que puso de manifiesto el supino desconocimiento que el mundo occidental tenia, ha tenido y tiene sobre la idiosincrasia del mundo islámico-árabe: el nacimiento de “Al Qaida” tras la declaración de guerra que un tal Osama Ben Laden hizo a Estados Unidos por el hecho de haber mantenido, en su ofensiva contra el Ejército iraquí para liberar Koweit, una base militar en tierra saudita, considerada por los musulmanes como una mezquita intocable.

Hay que aclarar de paso que este tal Ben Laden, miembro de una adinerada familia de origen yemení, asentada en Arabia Saudita, se ofreció al rey Faisal para echar a Husein del desierto kowaití e impedir así que los marines norteamericanos hollaran tierra santa… Conclusión, Ben Laden, que se había beneficiado de la propia ayuda de Washington en la guerra contra el Ejército Rojo en Afganistán, -la primera “yihad” ganada por los musulmanes en nuestro tiempo- se revolvió contra sus antiguos aliados. Poco después empezaron los atentados contra las embajadas estadounidenses en países africanos, las bombas que dejaron inservible el destructor USS Cole atracado en el puerto de Adén… y la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York.

Desde entonces, el auge del “yihadismo” ha ido in crescendo con una emulación en las practicas de terror por parte de los múltiples grupos que se han desparramado por el mundo y que el “Estado Islámico” quiere acoger ahora bajo sus alas ensangrentadas. La gran pregunta hoy es qué puede hacerse para erradicar del planeta esta amenaza político-religiosa que, por primera vez, ha sido condenada por los más destacadas autoridades islámicas. Una primera respuesta ha venido, precisamente, de José Manuel Garcia Margallo: hay que ayudar al dictador Asad a desembarazarse de los islamistas que han ocupado parte de su país. Y no solo eso: el nuevo dictador de Egipto, el general Al Sisi, ha tenido el valor de declarar fuera de la ley a la poderosa cofradía de los Hermanos Musulmanes, la “madre” de la disidencia islámica en el orbe sunnita, después de una nefasta experiencia de gobierno teocrático implantado tras la “revolución” de la primavera árabe. En Túnez, el partido islamista En Nahda, ha sido derrotado en las recientes elecciones generales y en Marruecos el rey Mohamed VI se ha ocupado personalmente de controlar la enseñanza de las escuelas islámicas y las prédicas en las mezquitas, además de expulsar del país a los radicales saudíes e iraníes infiltrados en los últimos años.

¿Es suficiente? No loparece. Libia se ha convertido, como Siria, en un permanente escenario de violencia tras el asesinato de Muammar el Gaddafi; en Argelia empiezan a menudear los atentados de los radicales contra las fuerzas del orden; el Sahel se ha convertido ya en un territorio dominado por los radicales y, lo que es peor, la secta Boko Haram, que no tardará en proclamar otro Estado islámico en el norte del país, amenaza con extenderse a Camerún, mientras los radicales somalíes han puesto su punto de mira en Kenia… Por supuesto, en Afganistán los “talibán” no han dicho su última palabra y están a la espera de dar su golpe al régimen demócrata instalado bajo la ocupación extranjera, apenas se marchen las tropas de la ISAF. Más aún: Pakistán, la gran potencia nuclear islámica, está amenazada por los radicales infiltrados en las “madrasas” y las tribus pachtunes que apoyan a los “talibán”. Y mientras, siguen estancadas las negociaciones con Irán a propósito de sus planes nucleares.

Entretanto, el conflicto palestino-israelí, se reaviva de día en día sin que ya nadie parezca prestarle demasiada atención, salvo el Papa Francisco que no cesa de hacer llamamientos a la paz. Si un día no lejano este choque de civilizaciones entre palestinos e israelíes fue el gran pretexto para la proliferación de dictadores en los países árabes, hoy es el “yihadismo” el que reclama la intervención de una mano fuerte para erradicarlo. Y me atrevo a hacer un pronóstico, que coincide con la cínica advertencia del jefe del Gobierno turco Tayib Erdogan: no será la intervención extranjera la que derrote a los islamistas. O los propios musulmanes de desembarazan de sus terroristas o nada se podrá hacer contra ellos. Y otra advertencia que, sin duda, exige un análisis más profundo: si Europa no se recristianiza, caerá inexorablemente bajo la espada del Islam más radical… o bajo la violencia de los grupos islamófobos que aspiran a dinamitar la Unión Europea, con la ayuda del agnóstico populismo y de la no menos agnóstica extrema izquierda. Margallo ha dado en el clavo, pero hay muchísimos más que esperan su remache.