La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La corrupción conduce a la revolución

MagdalenaMagdalena del Amo

Los partidos políticos, aparte de tener una estructura similar a la de las sectas, funcionan como ellas en muchos aspectos: por ejemplo, en su tolerancia con la corrupción interna de la organización. El secretismo, el hacer la vista gorda, la defensa de lo indefendible o convertir en víctimas a los presuntos corruptos como objeto de demolición por parte del enemigo o el adversario, suelen ser impedimentos para conocer la verdad, antes de que esta se rodee de la gelatina defensiva que, por lo resbalosa, hace imposible llegar al fondo por los caminos lógicos y rápidos. Saco a colación como ejemplo el caso de los Legionarios de Cristo. Era sabido desde hacía décadas que su fundador, Marcial Maciel, llevaba una doble vida, de pederastia, relaciones con mujeres, incluso hijos, que nada tenía que ver con sus enseñanzas teóricas. Cuando visitó a los jesuitas en la Universidad de Comillas, allá por los años cincuenta, ya se sospechaba y se comentaba que Maciel no parecía trigo limpio. A lo largo de los años, resultó que esa presunción tenía fundamento.

El caso de Maciel solo se explica si se analiza el proceso de manipulación a la que son sometidos los adeptos en cuanto al cumplimiento de ciertas normas inhumanas, inmorales e incluso, si me apuran, anticonstitucionales, porque vulneran el derecho del ser humano a desarrollar su conciencia y a actuar con discernimiento. Los legionarios tienen prohibido criticar y discrepar de sus superiores. Por ese motivo, entre otros, les estalló la bomba en la cara, cuando medio mundo era consciente de las andanzas delictivas de su fundador. Pero su pecado no hubiera sido posible sin la colaboración secretista y entregada de sus seguidores, llenos de buena voluntad pero fanáticos, de personalidad débil, con el cerebro lavado y pasado por lejía de la buena.

En los partidos políticos ocurre algo parecido. Existe una gran tolerancia por parte de los militantes ante la corrupción de sus líderes. Todos conocen  los chanchullos de fulano y de mengano, o quién es el testaferro de zutano, que en pocos años ha conseguido un estatus de jefe banda, pero nadie osa hablar de ello en público y, mucho menos, ponerlo en conocimiento de la Fiscalía. La omertá en este caso, más que por buena voluntad de los adeptos es por seguir en el sistema, por la esperanza, aunque sea lejana, de ir en una lista o de ser nombrado “algo”. Ese inmovilismo –el que se mueva, no sale en la foto, Alfonso Guerra, dixit— interesado y ambicioso, nos ha llevado a la situación turbulenta que vivimos, que ya resulta  ¡inaguantable! Hablo, claro está, de corrupción política, que siembra y abona, a su vez, la corrupción de otras instancias: medios de comunicación, funcionariado, enseñanza, justicia e incluso la ciencia y el arte.

Parece que es una cuestión de condición humana y no de siglas de grandes partidos, aunque un gran ramaje propicia el anidar. Las formaciones nuevas con ideas viejas, como el gran Podemos, que ha irrumpido como un tifón, dispuesto a no dejar piedra sobre piedra, ni títere con cabeza, han empezado a lucir sus vergüenzas. Los anticasta tienen ya sus escándalos de corrupción, que no hay que pasar por alto. No han tenido oportunidad de beneficiarse de tarjetas black, o de andar en recalificaciones o en comisiones a costa del dinero público, porque nunca han tenido oportunidad ni la llave de la hucha. Pablo Iglesias es rojo, pero dicen que siente debilidad por el negro; me refiero al dinero. Así, le exigía al dueño del Canal 33 que le facturara los fondos que recibía del gobierno iraní, para no pagar impuestos. Su compañero Íñigo Errejón y su superior en la Universidad de Málaga –de Podemos— también tienen su borrón en la hoja de servicios. Eso de cobrar sin trabajar es un gusto generalizado. Que se preparen los seguidores de esta formación radical para ver –si es que llegan a gobernar, que no lo creo—la instauración del viejo sueño de la dictadura del proletariado, tipo antigua Unión Soviética y Cuba. Pobreza a discreción para todos excepto para la cúpula gobernante. Esto sí es casta, y además, con caspa.

La que ha caído en desgracia es la modosita, con talante de ursulina, Tania Sánchez, pareja del de la coleta. La loba disfrazada de borreguito del Norit, intoxicada de estalinismo y leninismo también guardaba en secreto su presunto delito. La rubia aspirante a presidenta de la Comunidad de Madrid por IU, tumbada en las primarias, también tiene sus chanchullos varios en Rivas Vaciamadrid, aparte de su pisito social, vendido a precio de mercado. Sus adversarios de partido, Gordo y adláteres, se frotan las manos, pero eso es otra cosa. Aún no ha dicho que se trata de un ataque machista, y eso es de agradecer.

Personas de diferente condición económica y cultural me confiesan su miedo a Podemos. Algunas corrientes de opinión sostienen que el PP, en caída libre por méritos propios, se va a beneficiar de este temor colectivo a la desestabilización, y que Rajoy, que nos ha demostrado ser un trilero político carente de empatía, lo sabe, y que por eso no le preocupa hacer seguidismo zapateril con el aborto o el terrorismo. Deduce que las monjitas y todos los católicos en general preferirán corruptos conocidos que corruptos por conocer.

Lo digo siempre que tengo oportunidad. Hay que olvidarse del viejo concepto de voto útil. En estos tiempos convulsos, si bien más que nunca hay que huir de radicalismos antisistema, de viejos clichés que han hecho derramar ríos de sangre, también es cierto que los ciudadanos deben interiorizar que hay vida más allá del PP y el PSOE.

La corrupción y nuestra tolerancia con ella, engendra injusticia y esta lleva a la desesperación y al odio que conduce a situaciones prerrevolucionarias como la que vivimos, y revolucionarias como la que viviremos. Otero Novas lo dijo hace unos días en la presentación en el CEU de un libro de La Regla de Oro. Parece que es algo inexorable, algo que los seres humanos, por nuestra condición, estamos condenados a repetir; es el mito del eterno retorno que plantea Mircea Eliade, una tendencia arcaica que nos impide ir hacia adelante. Confiamos en que, en esta ocasión, el arquetipo no se cumpla. Porque no estamos hablando de revolución de ideas, sino con armas.¡Como siempre!