La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Hablar de virtudes es peligroso

Manuel Cruz

-Las tertulias de la tele empiezan a aburrirme con tanto manoseo político, tanto “pequeño Nicolás”, tanto “podemos” y tanta corrupción. ¿Por qué no se habla de lo que ocurre en el mundo y de lo que debiera preocuparnos de verdad? Le pregunto a usted, amigo…

– Eso habría preguntárselo a los directivos de las cadenas y a los presentadores, que no se cansan de decir las mismas cosas cada día. De todas formas, lo que manda aquí es lo que dicen las encuestas y las encuestas se hacen para que la gente no piensen en otras cosas. Pero, dígame, ¿sobre qué le gustaría que se hablase en las tertulias?

– Pues mire, por ejemplo de Dios, de la vida eterna, de lo que pasa en el mundo, del “Nuevo Orden Mundial”, de la crisis de valores, de lo que dice y escribe el Papa sobre el sistema económico “que mata”, de teología, de  pobres y ricos, del descarte de los más débiles, del porqué de la oleada de pederastia que ha infectado a la propia Iglesia, de lo que se enseña en las Universidades por esos sociólogos metidos en política, de religión, de ética, de moral, de masonería, de ecología, de las nuevas energías, del Islam, del porqué la “yihad” fascina a tantos jóvenes europeos, de la natalidad, del envejecimiento de la población en los países más desarrollados, de filosofía, de los clásicos de la literatura, del Quijote… Y más aún: me encantaría saber que se entiende por “valores” cuando se habla de “crisis de valores”. Fíjese si hay temas.

-Pero hombre ¿usted cree que los tertulianos saben de todo eso y son capaces de aportar algún conocimiento que sirva para el análisis y la comprensión de lo que pasa? ¿Qué saben de religión los tertulianos, por ejemplo? Le voy a contar una anécdota que leí hace tiempo en un periódico norteamericano: cuando se presentaba un aspirante a un puesto en la Redacción, el redactor-jefe los examinada de todos los entresijos de la política, de la Constitución, de la Justicia, pero ninguna pregunta sobre moral o religión ni sobre sus convicciones personales, que necesariamente son reflejadas en sus escritos porque la objetividad total no existe… Por otro lado, no se puede preguntar a nadie por sus creencias ni por sus tendencias sexuales, porque es contrario a la Constitución.

– De acuerdo, poro hay grandes expertos que podrían animar las tertulias con su sabiduría y así interesar a los espectadores en asuntos que se salgan del chismorreo. Me atrevería a decirle una cosa: toda esa banalidad que se discute con tanto apasionamiento está contribuyendo a la expansión de la corrupción mental de la sociedad, y no es necesario fijarse en las tertulias del “corazón” que eso ya es pura obscenidad. Mire, me contentaría con que, de cuando en cuando se hablase, con conocimiento, de valores morales, de virtudes humanas.

– Para eso haría falta más de un cura y más de un filósofo en las tertulias. Además, la audiencia no quiere complicarse mucho la vida. Que un profesor de Ética se mezcle con unos tertulianos para desentrañar las causas de la decadencia moral en las costumbres puede resultar aburrido; eso va contracorriente. ¿Usted cree que tendría muchos seguidores un señor que hablase de la corrupción moral de la mayor parte de la sociedad? Tendría que empezar por denunciar el divorcio, el adulterio, la píldora, el aborto, el feminismo radical, la ideología de género, el papel de la religión en la formación de las conciencias… Y todo eso puede aburrir mucho más que habar de los engaños de los Bárcenas, Lanzas, Fabras, Pujoles y compañía: ahí está el morbo, aparte de que resulta mucho más fácil criticar al Gobierno, a la oposición, a la Justicia, a la Iglesia, a las instituciones, a la izquierda, a la derecha, al centro o cualquier partido que se mueva… ¿Hablar de moral, de valores?, pero qué cosas se le ocurren. La virtud espanta porque, como diría algún “progre” eso es cosas de la derecha y la derecha está condenada al ostracismo.

-Lo que dice es verdad. Me acuerdo de lo que escribía Tatiana Goricheva tras su conversión al cristianismo en Moscú, en pleno auge del comunismo soviético: “Hablar de Dios es peligroso”.

– Eso lo decía precisamente después de visitar varios países europeos occidentales, llenos de iglesias, por cierto. Esperaba que en esos países, civilizados por el cristianismo, hablar de Dios sería algo natural y se llevó la decepción de su vida cuando se dio cuenta de que todo el mundo soslayaba ese tema cuando lo proponía en una conversación. Ahí está el meollo de la corrupción de Europa, en el olvido de sus orígenes, de su cultura, de sus tradiciones. Tanto el comunismo, como la socialdemocracia, como el liberalismo, han contribuido de manera sustancial a la erradicación de Dios del pensamiento. La izquierda y la derecha se dan ahí la mano. Nada tiene de asombroso que el Gobierno “conservador” de Rajoy haya aparcado su “piccola” reforma de la ley zapateril del aborto: no se atreve cumplir su promesa por miedo a perder unos votos “centristas” aunque los vaya a perder entre los defensores de la vida, considerados de “derechas”.

– ¡Que buen debate se ha perdido en el Congreso y, por ende, en la sociedad!: la política y la vida; el derecho natural y los nuevos derechos inventados por la “ideología de género” para dar carta de naturaleza a las perversiones sexuales. Desde el momento en que se ha confundido la libertad con la irresponsabilidad, da miedo abordar estos temas. El único que se atreve a escribir de estas cosas es Juan Manuel de Prada y ya ve cómo fue proscrito de las tertulias de televisión, por “políticamente incorrecto”. Hablar de moral, de virtudes humanas es lo peligroso hoy porque supone evocar la conciencia y, en suma, a Dios…

– Así que lo mejor es apagar la televisión ¿es eso lo que me quiere decir?

-Hombre, si se aburre, vuelva a leer a los clásicos. Estos días se habla mucho del Quijote y de las críticas del académico Arturo Pérez Reverte al sistema educativo que ha marginado su lectura. En mis tiempos se aprendía a leer y a pensar con la obra cumbre de nuestra literatura. Hay que volver a leer a don Miguel de Cervantes Saavedra. Y recomendarlo a los tertulianos de turno…