La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Europa tiene que redescubrir su rostro

MagdalenaMagdalena del Amo

A pesar de la oposición de algunos sectores, el papa Francisco pudo, al fin, llevar al Consejo de Europa su mensaje de esperanza y aliento. A través de un discurso que bien podríamos situar entre el cielo y la tierra, el sucesor de Pedro se vistió el traje de estadista y habló claro, como siempre, de los problemas del mundo, y le sacó los colores a más de uno. Sus palabras rezumaban cierta tristeza al referirse a Europa, como una sociedad algo envejecida, más amplia, que ante un mundo más interconectado y global ha dejado de ser el centro, y es vista, en algunos aspectos, con cierto escepticismo y desconfianza.

Aplausos protocolarios aparte, no sé hasta dónde habrán calado las palabras del Papa entre los escuchantes. Hablar de la esperanza basada en la confianza para afrontar las dificultades y remontar los miedos, a partir de la unidad –unidad en la diversidad— de todos los comunitarios, fue todo un toque de atención en un momento en el que cada vez se definen con mayor claridad las dos clases sociales, o las dos velocidades de Europa. No creo que les haya hecho mucha gracia que Su Santidad insistiese en el aliento de volver a la idea de los padres fundadores, que basaron el proyecto europeo más que en una concepción del hombre como mero instrumento utilitarista al servicio de la economía, como persona dotada de una dignidad trascendente. ¡Qué lejos queda todo eso! ¡Cómo hemos cambiado! Para mal, claro está. En unos tiempos en los que los dirigentes se empeñan en laicizarnos, animalizarnos y anestesiarnos para que olvidemos nuestra parte trascendente; en unos tiempos en los que los políticos descuelgan crucifijos y prohiben villancicos y belenes; en unos tiempos en los que no es políticamente correcto hablar de Dios; en unos tiempos así, conviene recordar a Schuman orando en la catedral de Estrasburgo la víspera de su discurso el 9 de mayo de 1950, primera piedra de la construcción de la Unión Europea. Allí, en uno de los vitrales, la virgen de la Inmaculada, nimbada por las doce estrellas, parecía bendecir el proyecto. Se cuenta que fue una sincronicidad que el diseñador de la bandera comunitaria, Arsene Heitz, concibiese la inspiración de las doce estrellas, influenciado por las apariciones marianas que estaban teniendo lugar en la Rue du Bac de París, que serían conocidas como la Medalla Milagrosa.

El proyecto de Schuman, De Gasperi y Adenauer ha ido diluyendo su alma en los despachos de economía de las últimas décadas. Los tecnócratas ocupan hoy el papel de los estadistas, y las claves económicas son los auténticos motores de los Estados. La dignidad a la que hacía alusión el papa Francisco se sacrifica en el altar de la mentira para cuadrar las macrocuentas de los Estados y las cuentas corrientes de los dirigentes. El olvido de Dios, nos ha vuelto a la barbarie, en toda la extensión de la palabra.

Reconocer la dignidad humana significa que el ser humano tiene derechos inalienables. Sin embargo, estos derechos se vulneran, al amparo de las modernas leyes. El aborto y la eutanasia son dos modalidades de crímenes atroces, de los que somos cómplices con nuestro silencio. Nuestros viejos están enfermos de soledad, aparcados en morideros, sin el cariño de los suyos, porque no tienen tiempo para ellos. Pero nuestros jóvenes también padecen la enfermedad de la falta de referencias y valores. En la misma línea de indignidad, elaboramos leyes laborales para favorecer al sistema, desoyendo los gritos de los que se mueren de frío o no pueden pagar los medicamentos. En el mismo orden, nuestras políticas internacionales condenan a los inmigrantes a morir en el mar, tras haberles esquilmado sus países. Tratamos de arreglarlo con parches mal pegados, algo es algo, pero el Papa nos pide sanar las causas y no solo paliar los efectos. La persecución de las minorías religiosas, sobre todo católicas, es un mal que se silencia para no enfadar a los torturadores, a cambio de las buenas relaciones comerciales. En el fondo, siempre aparece la economía.

Entre líneas, y sin nombrarlo, yo he querido vislumbrar en el discurso de Francisco una alusión al Nuevo Orden Mundial, cuando les recomienda a los políticos la defensa de las democracias, uno de los retos de este momento histórico. Insistió en la necesidad de combatir las presiones de “intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las transforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos”. Magistrales palabras. Esto es conocer la realidad actual.

A pesar de todo, el Papa nos invita a no ser pesimistas, a no desfallecer y a trabajar para que Europa redescubra su rostro. En síntesis, nos invita a construir juntos una Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad del ser humano, y los valores inalienables. Nos anima a abrazar sin temor nuestro pasado, y nos insta a promover una Europa idealista, protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe, que sea un referente para el mundo.

¡Cuánto sentimos que no haya políticos con esta amplitud de miras!