La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El hombre “descafeinado”

P. Jorge Loring.- Conferencia pronunciada en el INGALL AUDITORIUM de East, Los Ángeles, California

El hombre “descafeinado”, al carecer de valores, es permisivo con todo y su vida no tiene sentido. El hombre inteligente encuentra el sentido de su vida en la religión.de moda los productos «light»: Coca-Cola «light», café descafeinado, leche desnatada, cerveza sin alcohol, tabaco sin nicotina, etc.

Y también el hombre «light», como ha escrito Enrique Rojas, «descafeinado», superficial, sin valores. No le interesan las esencias de las cosas. No le interesa la verdad, sino las apariencias: FANTA, «Sabor a naranja». No tiene nada de naranja. Son polvos y química. Pero vale. Sabe a naranja. Esto basta, aunque no sea naranja.

Este hombre «light», «descafeinado», al carecer de valores, es permisivo con todo. Todo le da igual. Es indiferente. «Pasa» de todo. Todo vale. ¡Qué másda! No vale la pena luchar por nada. Ni esforzarse por nada. Ni enfadarse por nada. Sólo quiere vivir cómodo y tranquilo. No quiere preocupaciones. Su único ideal es suprimir todo lo que le suponga problemas. Todo vale. Cada cual tiene su verdad. La verdad absoluta no existe.

Esta postura es ridícula. Evidentemente que hay verdades absolutas. Un círculo no puede ser al mismo tiempo un cuadrado. O es círculo o es cuadrado. Pero no las dos cosas al mismo tiempo. El agua es H2O y no CLNA, que es la sal común. El número ¼ es 3,1416 y no 8,2432. Esto no es opinable.

Tampoco es verdad que todos tienen razón. Hay cosas contradictorias que no pueden ser verdad al mismo tiempo. Si yo digo que Cervantes nació en España y otro que nació en Inglaterra, no podemos los dos tener razón al mismo tiempo.

Es cierto que hay verdades relativas que dependen del punto de vista de cada uno. Una ficha de dominó, puesta de canto entre dos personas, para una es blanca y para la otra negra. La temperatura de 0º centígrados para uno puede ser frío y para otro no, según viva en Andalucía o en Noruega, donde son frecuentes los 20º bajo cero.

Pero no todo es relativo. El relativismo general es inaceptable. Un relativismo moral sería el caos. Nadie puede defender que la calumnia es buena. Nadie puede defender que sea lícito condenar a muerte a un inocente, como ocurre con el aborto. Los abortistas subordinan a su egoísmo el derecho a vivir de un ser humano inocente.

Pero al hombre «descafeinado» todo le da igual. ¿Que millones de niños inocentes son asesinados por el egoísmo de los abortistas?. Ése no es su problema. Su único problema es que le dejen vivir en paz. Por eso es incapaz de interesarse por nada, ni de ilusionarse por nada, ni de entusiasmarse por nada. Y menos sacrificarse por nada. No quiere ideas que le comprometan a nada. Quiere vivir sin leyes, sin normas, sin moral. Hacer lo que le apetezca en cada momento. Sin tener que respetar una moral o una religión.

Sin embargo, un hombre inteligente no puede evitar el preguntarse:

  1. a) ¿Qué sentido tiene la vida?
    b) ¿Qué hay después de la muerte?

Estas preguntas sólo tienen respuesta en la religión. Por eso el hombre que piensa tiene que ser religioso.

En la tumba de un ateo se lee: «He vivido en medio de dudas, y muero en la incertidumbre. No sé a dónde voy».

¡Qué triste es esta situación!

Todos mis conocimientos son inútiles si ignoro el sentido de mi vida. Y este sentido sólo me lo da la religión.

El problema es elegir religión: ¿Cristianismo? ¿Hinduismo? ¿Islam?

Brevísimamente voy a dar unas pistas.

Podemos convencernos de que:

1º) Cristo ha sido el único hombre de la humanidad que ha afirmado ser Dios, y después lo ha demostrado con su propia resurrección.

2º) La Iglesia Católica es la única hoy en el mundo legítima sucesora de la que Cristo fundó en San Pedro, de quien el Papa Juan Pablo II es el 265 legítimo sucesor.

3º) Tenemos alma intelectual, espiritual, libre e inmortal. Cristo dice en su Evangelio que el hombre seguirá vivo eternamente en el cielo o en el infierno.

Todo esto está claro para el hombre con cultura religiosa, que ha querido informarse correctamente de estos temas. Es lo que he pretendido al escribir mi libro «PARA SALVARTE».

Vivir de espaldas a estos temas trascendentales es suicida. Es como saltar desde un trampolín sin conocer la profundidad de la piscina.

Estos hombres sin ideas, idolatran la democracia. La elevan a ídolo. La han subido a los altares. Han quitado la verdad para ponerla a ella. Para ellos no hay más verdad que lo que diga la mayoría.

Esto es una equivocación. La opinión de la mayoría sólo es aceptable en un grupo de entendidos: un grupo de médicos puede opinar de la conveniencia o no de una intervención quirúrgica. Pero una mayoría de ignorantes no vale más que una minoría de entendidos.

Si se trata de opinar si un dolor en el vientre es ataque de apéndice o cólico nefrítico, la opinión del médico vale más que la de la peluquera, verdulera, cocinera, albañil, carpintero, mecánico, ingeniero, y arquitecto. Aunque todos ellos opinen lo contrario del médico, la opinión de éste vale más que la de todos los demás juntos.

Oí una entrevista en la calle que hizo Radio Nacional de España. El Papa en una homilía había hablado del infierno. Y el entrevistador pregunta en la calle.

– ¿Usted cree en el infierno?.
– Yo no.

– ¿Usted cree en el infierno?.
– Eso es cuento de curas.

– ¿Usted cree en el infierno?.
– Tonterías de viejas.

Y concluye en entrevistador:
– A ver si el Papa cambia de opinión, pues como ustedes ven la calle no cree en el infierno.

Valiente necedad. La existencia del infierno no depende de lo que diga la calle, sino de lo que diga el que entiende. En este caso el Papa Juan Pablo II. Y el Papa lo dice porque es dogma de fe. Está en el Evangelio.

Y por supuesto, nunca se puede aceptar una opinión humana que vaya contra la realidad objetiva. El que afirme algo contra la verdad objetiva, está equivocado. La verdad objetiva no es opinable. O se acepta o se pone uno fuera de juego. Aunque alguien afirmara que el río corre del mar a la montaña, siempre será verdad lo contrario.

Para el hombre «descafeinado» la verdad es lo que le conviene a él. Lo que le gusta. Pero esto no es así. Las cosas no son como yo quiero que sean, sino como son en realidad. Si el agua de una fuente no es potable, no se convierte en potable porque yo tenga sed. Si no es potable y bebo, me enveneno; aunque yo diga que es potable, porque es lo que a mí me convendría.

Este tipo de hombre también defiende la libertad a ultranza. Como si la libertad fuera lo más importante. Esto es un error. Libertad no debe ser libertinaje. La libertad para hacer el bien, es buena. Pero la libertad para hacer daño, es un mal. La justicia exige que respetemos los derechos de los demás. Mi libertad termina donde empiezan los derechos de mi prójimo. Libertad no es hacer lo que me dé la gana. El esclavo de sus deseos no es libre. Hombre libre es el que voluntariamente hace lo que tiene que hacer. El hombre debe ser libre para practicar el bien, no el mal. Libertad para hacer el mal no es un bien. Es una desgracia. Nadie debe tener libertad para hacer el mal o para engañar.

Muchos hacen la verdad hija de sus deseos. Frecuentemente las informaciones de los Medios de Comunicación Social están manipuladas para formar una opinión según el deseo de los informadores.

Es un chiste, pero sirve para ilustrar lo que digo:

Competición deportiva entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ellos dos solamente. Ganó Estados Unidos y perdió la U.R.S.S. Dice el informador soviético:

– Gran triunfo de la U.R.S.S. sobre Estados Unidos. La U.R.S.S. en segundo
lugar. Estados Unidos el penúltimo.

Esto es verdad porque sólo habían competido ellos dos. Era verdad que la
U.R.S.S. estuvo en segundo lugar y Estados Unidos fue penúltimo. Pero la
afirmación del triunfo de la U.R.S.S. era falsa.

A veces se puede engañar sin mentir. Las informaciones sesgadas engañan. Las medias verdades son las peores mentiras, pues tienen apariencia de verdad.

Hoy está de moda el maquiavelismo: «el fin justifica los medios». Es verdad lo que a mí me conviene. Es bueno y moral lo que me ayude a conseguir lo que quiero. Para triunfar hay que engañar. Esto produce en el hombre inseguridad y temor. Todos tememos ser engañados.

No podemos fiarnos de nadie. Esto es angustioso. El hombre busca seguridad. Sobre todo, en los temas trascendentales de la vida el hombre necesita seguridad si no quiere andar a la deriva entre la esquizofrenia y la paranoia, como dice Scheifer, S.I.

Buscar el riesgo por el riesgo es de necios. Nadie pone su dinero en un Banco en peligro de quiebra, pudiendo ponerlo en un Banco seguro. Nadie come un alimento putrefacto teniendo a mano un alimento sano.

Buscar seguridad nos parece sensato, prudente, razonable y humano. Por eso el hombre busca seguridad en su fe. Busca razones para creer. Es la finalidad de mi libro «PARA SALVARTE».

La falta de moral lleva al caos. Si queremos una Sociedad justa, en la que se respeten los derechos humanos, donde haya honradez y no corrupción, necesitamos una Sociedad en que se respete la moral. Una Sociedad en la que el bien y el mal tienen los mismos derechos es el caos. En esto tienen gran influencia los Medios de Comunicación Social que son los que forman la opinión pública. Cuando en estos Medios se fomenta el divorcio, el adulterio, el libertinaje sexual, las violaciones, el aborto, la eutanasia, el asesinato, la violencia, el robo, el fraude, etc., etc., ¿en qué Sociedad queremos vivir?.

Una Sociedad que elimina a Dios, se suicida. Para el hombre que no respeta a Dios, todo está permitido. Todo vale, si le conviene a él. No negamos la posibilidad de un ateo honrado. Pero esto es excepcional. Un hombre religioso tiene muchas más motivaciones para ser honrado.

«El hombre descafeinado» es un ser permisivo. Le parece que no hay que ser demasiado rectos. Para él todo está bien. Todo está permitido. Sin embargo, nadie es demasiado recto. Se es recto o torcido. Pero no demasiado recto. Lo que no es recto está torcido. Se puede ser demasiado torcido, pero no demasiado recto.

La permisividad en la que todo es lícito y válido, si me conviene, fomenta la opresión de unos hombres por otros; pues el egoísmo humano es insaciable. Por eso la libertad humana hay que encauzarla. Lo mismo que al tren se le ponen vías, y al automóvil carreteras. Esto no es para quitar libertad al tren y al automóvil obligándoles a ir por ese camino. Es para ayudarles a avanzar y a llegar. Un tren sin vías se despeña, y un coche sin carreteras se atasca. Quitar la libertad para despeñarse o atascarse es un bien. La libertad para el mal es un mal. La libertad es buena si favorece lo bueno.

La libertad debe hacer progresar al hombre como persona. No envilecerle. Si el hombre no controla su libertad, ésta se vuelve contra el hombre. El Papa ha dado normas para la ingeniería genética. La ingeniería genética manipulando los cromosomas puede obtener hombres infradotados al servicio de los listos. Esto sería una nueva manera de esclavitud. No todo lo que es técnicamente posible es moralmente aceptable.

El hombre «descafeinado» , como no tiene valores, sólo busca pasarlo bien, divertirse. Poner a algo o a alguien el epíteto de «divertido» siempre cae bien.

En una ocasión me preguntó un niño:

– ¿Decir misa es divertido?.

Yo le contesté:

– Yo no digo misa para divertirme, sino para alabar a Dios.

Es un síntoma. Para él lo importante es divertirse. Es un síntoma de lo que hay en el ambiente: lo importante es divertirse. Esto es una frivolidad y una superficialidad lamentables. El hombre frívolo no tiene inquietudes espirituales ni culturales. Se limita a lo efímero. A lo pasajero. Cambia como la veleta, según sopla el viento de sus caprichos del momento. Cambia de orientación continuamente, y no llega a ningún sitio.

Como el que «zapea» con el mando a distancia ante el televisor. No se entera de nada, porque no ve nada con detención, saltando de un canal a otro. Para el hombre veleta nada es verdad ni mentira. Todo es relativo. Depende de lo que en ese momento a mí me guste o convenga. Sólo interesa el momento presente. Así en el amor, como en la droga, como en el matrimonio. El que sólo ama hoy y no le interesa amar mañana, no sabe lo que es amor. Lo suyo es un puro capricho. El verdadero amor quiere durar para siempre. El drogadicto, al que sólo le interesa el momento presente, terminará siendo una piltrafa humana. El casado que no sabe superar una crisis y rompe su matrimonio, jamás podrá tener una pareja estable, pues toda convivencia, a la larga, tiene problemas.

La falta de ideas trascendentales hace que el hombre viva insatisfecho. Para ser feliz hay que sentirse realizado. Y para esto hay que vivir un ideal que merezca la pena. Una vida llena de lo material, pero vacía de lo espiritual, es chata, miope, rastrera, incapaz de hacer feliz a nadie.

Además hace falta coherencia entre las ideas y la vida. Llevar una vida coherente conduce a la felicidad. Una contradicción entre ideas y vida es frustrante, causa desequilibrios, insatisfacciones y angustias. Sólo la coherencia da felicidad. Esta contradicción entre ideas y vida, a la larga, se hace inaguantable. Y el hombre necesita vivir en paz consigo mismo.

El hombre auténtico, cualquiera que sean su religión y sus ideas, estima que hay ocasiones en las que vale la pena dar la vida por un ideal. Y los que así lo hacen son llamados héroes y mártires.

Mártir es el que da su vida por Cristo. La causa por la que muere es Jesucristo. No se trata de un desesperado que ve en la muerte su liberación. El mártir, no es que ame poco la vida, sino que por encima de su amor a la vida da a Cristo el supremo testimonio de su fe. El mártir muestra con los hechos que la fe vale más que la vida.

Por el contrario, hoy abundan las personas que se avergüenzan de su fe, en lugar de considerarla como su mayor motivo de gloria. Y hay momentos en los que ocultar la verdad es cobardía o traición.

El hombre que no sabe a donde va, no puede elegir bien el camino. Quiere probarlo todo sin limitación. Busca nuevas experiencias. El consumismo a tope le deja vacío. Y las experiencias sexuales le dejan enfermo y frustrado. Ahí está el SIDA. Esta epidemia que está matando a miles de personas es culpa del libertinaje sexual.

Me dijo un médico: «Dios perdona siempre, el hombre perdona a veces, pero la naturaleza no perdona nunca. Si se va contra ella, se venga».

Estamos usando del sexo contra la ley de Dios: por eso la epidemia del SIDA. Me decía otro médico: «el único medio seguro contra el SIDA es una juventud pura hasta el matrimonio, y un matrimonio fiel hasta la muerte». Si los dos están sanos, naturalmente.

Una de las cosas que más degradan al hombre es la trivialización del sexo. Da pena ver como los pornócratas hacen negocio con el sexo: revistas pornográficas, vídeos obscenos, teléfonos eróticos, etc. Es la explotación del sexo sin amor. Este consumo del sexo deshumaniza al hombre y lo convierte en maníaco sexual. La pornografía convierte al sexo en explotación del hombre, en lugar de ser la culminación del amor humano.

El sexo es bueno, pues es Dios quien lo ha puesto en el hombre. Pero es bueno usado como Dios manda: dentro del matrimonio. Un sexo desbordado es una catástrofe. Lo mismo que el agua es buena: sirve para beber, para regar, para obtener energía eléctrica. Pero un exceso de agua me ahoga o provoca una inundación catastrófica.

Hoy se quiere disfrazar el apetito sexual con etiqueta de amor. Se llama «hacer el amor» lo que muchas veces no es más que instinto zoológico. Eso mismo se hace con la prostituta sin nada de amor, sólo por dinero. El amor incluye el sexo; pero puede darse sexo sin amor.

La persona humana necesita amor. Amar y ser amada. Pero amor auténtico. Del que se expresa buscando el bien de la persona amada. No del que «usa» a la otra persona para su propia satisfacción. Esto es poner a las personas la etiqueta del consumismo: «tírese después de usado». Hacer de la persona un objeto es rebajarla. El hecho de que la utilización sea mutua no mejora ese amor «descafeinado» y devaluado con el que se quiere etiquetar lo que no pasa de ser instinto sexual. Esto es propio del ególatra que se adora a sí mismo.

Lo que engrandece y ennoblece a la persona humana es el auténtico amor. Quien sabe amar tiene el corazón lleno de alegría, de paz, de gozo interior y de felicidad. El verdadero amor busca en la otra persona no «algo» para disfrutar, sino «alguien» a quien hacer feliz. Y en esto encuentra la verdadera felicidad. La felicidad del otro es su propia felicidad.

El hombre tiene una tendencia innata a la felicidad. Esto es superior a sus fuerzas. No puede evitar querer ser feliz. Hacia esa meta se dirigen todos sus esfuerzos.

Y para ser feliz hace falta amar y ser amado. Y este amar y ser amado puede referirse a Dios, que también es Persona. Dios es lo más digno de amor que yo puedo amar, y quien me ama más de lo que nadie puede amarme.

Así se explican algunas frases de santos que resultan admirables:«el amor de Dios que siento es tan grande que me parece voy a morir de felicidad», decía Santa Teresa.

Estos santos han anticipado a la Tierra lo que será la felicidad del cielo: amar a Dios y ser amado de Él.