La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¡Caras nuevas!

Estamos en una situación de “extrema necesidad” política en la que con urgencia –queda poco tiempo– la actual llamada “casta” política habría de llevar a cabo su autoinmolación para dar paso, dentro de las propias formaciones existentes, a caras nuevas. Se dirá que no son las caras sino los comportamientos los que han de ser nuevos. Pero no es menos cierto que no será creíble en absoluto cualquier medida de regeneración de las actuales formaciones políticas si no se retiran de la vista / vida pública los rostros a los que están indeleblemente asociadas las actuaciones y dejaciones que han provocado la huida masiva y definitiva de sus antiguos presuntos “naturales” votantes.

Después del desastre electoral que los dos partidos más importantes sufrieron en las elecciones europeas de 25 de mayo de este año 2014, uno de ellos, que tenía ya programado un proceso de relevos internos, intenta mostrar un nuevo rostro. El otro partido, por lo visto, no ha considerado hasta ahora necesario ni el más ligero retoque en su ajado y desagradable maquillaje. Hasta ahora. En este momento cada día son más numerosas y autorizadas las voces de quienes consideran imprescindible y urgente una completa renovación de …caras. ¿No sería un milagro que abandonaran sus posiciones las actuales oligarquías partitocráticas? Ciertamente no cabe esperar sin milagro que quienes hoy están instalados en posiciones de poder –y por muy claras que vean las amenazas de exterminio electoral que se ciernen sobre ellos– tengan la lucidez, el arrojo, la inteligencia y hasta la sagacidad necesarias para sencillamente “retirarse” y dejar sus puestos, mediante fiables procesos (congresos extraordinarios, “primarias” a todos los niveles) a quienes no estén manchados con el descrédito y la sospecha…

En este momento –ya ha llegado– en que ese “milagro” les parece cada día a más ciudadanos la única posibilidad de evitar el hundimiento aun del propio sistema democrático, permítasenos recordar cómo hace ya más de un añoi nos permitimos expresar ese sueño de radical regeneración política.

Considerábamos ya este panorama: “En poco tiempo, a gran velocidad una serie interminable de casos de corrupción dejó al descubierto la maloliente putrefacción de las corruptas prácticas seguidas durante años de modo general por la mayoría, las más altas y respetables instituciones políticas. Nombres hasta entonces moralmente prestigiados quedaban marcados por la infamia pública de su vinculación a inmorales tramas permanentes. No quedaba, ésa era la impresión, parte sana. Las prácticas corruptas no aparecían como excepciones fácilmente extirpables, sino que, tal era la fuerte convicción creada en la gente, se habían generalizado y consolidado durante años como algo normal. Así parece que pudieron llegar a considerarlo los habituales beneficiarios de irregulares remuneraciones, incluidos los moralmente más sensibles… Quienes dentro del sistema quedaban circunstancialmente al margen de la putrefacción (por falta de poder y oportunidades, decían muchos) asumían el papel de puros justicieros en busca del favor político de una ciudadanía asqueada…, que (grave riesgo) podía caer en la tentación de seguirlos”.

Y entonces –tal era el sueño– se produjo lo nunca visto, algo inaudito. Las instituciones que ofrecían ya a la vista de todos sus malolientes, al parecer irremediables, lacras y, en concreto, los partidos políticos más importantes acordaron celebrar los que se llamaron congresos de renacimiento. En esos congresos quienes hasta ahora habían dirigido esos partidos renunciaron a sus puestos y sus sucesores fueron elegidos en limpias votaciones, entre aquellos militantes cuyos nombres ni estaban ni podían llegar a estar con fundamento manchados por la infamia de la corrupción. Asimismo, todos los parlamentarios cuyos nombres habían quedado ligados, activa o pasivamente, a prácticas inmorales renunciaron a sus actas y fueron sustituidos por quienes, fuera de toda sospecha, les seguían en las listas correspondientes. De este modo, se conservaban los grupos parlamentarios con igual peso numérico, no se alteraba el juego de mayorías y minorías. Renacía así reluciente la decencia política, se recuperaba la confianza popular … Para llevar a cabo estas regeneradoras operaciones, no había en el ordenamiento jurídico ningún impedimento… Ciertamente, en esta operación tuvieron que caer muchos justos pero, por serlo, entendieron el valor especialmente purificador de su sacrificio…”

Todo esto es ya imprescindible y urgente…

Teófilo González Vila.

i Alfa y Omega > Nº 842 / 18-VII-2013, p.13.