La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Todos los Santos

 Llucià Pou Sabaté

Todos estamos llamados a ser santos, a vivir como hijos de Dios, por el amor.

“En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se pudo a hablar enseñándolos: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5,1-12).

1. El Evangelio es de las Bienaventuranzas que son un canto a las personas que sufren por Jesús: pobreza, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de mirada, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia de seguir a Jesús. Son dichosas ante un futuro de esperanza, vencieron el egoísmo, perdonaron siempre. Santos son los que aman, son justos, luchan por ser sinceros, buscan la paz, la misericordia. Son abiertos, se dan con la confianza de un niño. Se saben hijos de Dios. Es una aventura, para cambiar el mundo y ayudar a los demás a tener una vida feliz aquí y llegar al cielo: que no se dejen llevar por la avaricia, que seamos todos mansos y busquemos hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros, nos consolemos, les llevemos a Jesús en los Sacramentos: “Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo”, el pan que quita el hambre para siempre. Los limpios de corazón verán a Dios: preparemos el corazón para llegar a ver, iluminados por la fe y por el amor, un corazón que sepa amar. Hay quien piensa que el cielo es para los campeones que superan marcas de atletas. No: cuando ayudamos a los demás, lo hacemos con Jesús, ésta es la clave…

Cuenta una historia de un samurai que tuvo una visión. Vio el infierno con demonios hambrientos y enflaquecidos que parecían esqueletos. Estaban sentados delante de un enorme plato con un sabroso arroz. En sus manos tenían unos largos palillos de unos dos metros de longitud. Cada demonio intentaba coger la mayor cantidad posible de arroz. Sin embargo cada uno obstaculizaba al otro con sus largos bastones, que además no podían alcanzar a ponérselo en la boca, y ninguno llegaba a comer nada. El samurai espantado apartó su mirada de aquella visión… Más tarde llegó al cielo. Allí vio a la gente feliz, en una estancia preciosa y todos en una mesa con comida muy rica, con el mismo gran plato con el arroz sabroso y los mismos largos palillos. Pero los elegidos respiraban literalmente salud. Los enormes palillos no les causaban ninguna dificultad. Es verdad que ninguno podía alimentarse con su instrumento. Pero cada uno tomaba del plato y se lo ponía en la boca al que tenía al lado… Buscamos la felicidad, pero no tenemos un instrumento para dárnosla a nosotros mismos, cuando hacemos el bien a los demás nos transformamos en buenos, y entonces, “de rebote”, como las canastas, viene la felicidad. Tenemos unos palillos de dos metros para ser felices: darnos a los demás.

2. El Apocalipsis habla de unos ángeles que señalan “en la frente a los siervos de nuestro Dios”, es la llamada de los escogidos, y luego están todos los que se salvarán que se presentan ante Jesús, que se presentan ante Dios “de todas las tribus de Israel. Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: Amén”. Los de vestiduras blancas son los mártires, “los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”.   Es una fiesta de alegría y se nos habla del cielo, la Jerusalén celestial. Muchos que hemos conocido y han muerto y están en el cielo celebran hoy su fiesta, hombres y mujeres como nosotros, que nos dicen que han recorrido esta tierra como nosotros. Es como una carrera de relevos, como una procesión inmensa, y la cabeza, que es Jesús y los santos, ya ha «entrado», mientras nosotros vamos caminando y otros empiezan a salir o esperan su turno.

El Salmo habla del “monte del Señor», el templo de Jerusalén: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?». Es preciso tener «manos inocentes y corazón puro». Hacer las cosas bien y con buena intención. Y luego «no mentir», los ídolos son falsos dioses, es decir, «mentira». Y «no jurar contra el prójimo en falso», no engañar. Es Jesús el que con su vida hace todas las pruebas para poder entrar: «¿Quién  es este Rey de la gloria?» Es el Señor, héroe valeroso, héroe de la guerra que además nos dice que «a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados».

3. Somos hijos de Dios, pero aún no somos lo que seremos en el cielo… San Juan nos habla del cielo y de la esperanza de ser santos, buenos hijos de Dios; por el amor. ¿Quién podrá decir lo que habrá en el cielo? Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni se le ocurre al corazón del hombre, es algo tan grande que nada tiene comparación con la gloria que se revelará en el cielo a los santos. Gustavo Adolfo Bécquer va rezándole a todos los que están ya allí para que intercedan ante Jesús por nosotros, comienza por los profetas y después sigue… “Almas cándidas, Santos Inocentes, / que aumentáis de los ángeles el coro, / al que llamó a los niños a su lado / rogadle por nosotros.

Apóstoles que echasteis en el mundo / de la Iglesia el cimiento poderoso, / al que es de la verdad depositario / rogadle por nosotros.

Mártires que ganasteis vuestra palma / en la arena del circo, en sangre rojo, / al que os dio fortaleza en los combates / rogadle por nosotros.

Vírgenes semejantes a azucenas, / que el verano vistió de nieve y oro, / al que es fuente de vida y hermosura / rogadle por nosotros.

Monjes que de la vida en el combate / pedisteis paz al claustro silencioso, / al que es iris de calma en las tormentas / rogadle por nosotros.

Doctores cuyas plumas nos legaron / de virtud y saber rico tesoro, / al que es caudal de ciencia inextinguible / rogadle por nosotros.

Soldados del Ejército de Cristo, / Santas y Santos todos, / rogadle que perdone nuestras culpas / a Aquel que vive y reina entre nosotros”.