La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Texto de la homilía de monseñor don Carlos Osoro

unnamed (5)Esta es la homilía pronunciada por don Carlos Osoro en la Misa Estacional con motivo de su toma de posesión como arzobispo de Madrid:

Excmo. y Rvdmo. Sr. nuncio de Su Santidad.

     Eminencia reverendísima, señor cardenal D. Antonio María Rouco, arzobispo, emérito, de Madrid.

Queridos obispos auxiliares, D. Fidel, D. César y D. Juan Antonio. Deseo, también tener un recuerdo muy especial por quien en estos momentos estará rezando por mí y por vosotros, el obispo auxiliar, emérito, de Madrid, Mons. D. Alberto Iniesta, con quien hace muy pocos días estuve en su residencia de Albacete.

Señores cardenales, arzobispos, obispos.

Vicarios generales y episcopales de Madrid, Valencia, Oviedo, Orense y Santander.

Queridos sacerdotes del presbiterio de Madrid, y queridos sacerdotes que representáis a los presbiterios diocesanos de Santander, mi diócesis de origen, y de las diócesis de Ourense, Oviedo y Valencia. Gracias. Muchas gracias. Hermanos sacerdotes todos.

Queridos seminaristas de Madrid y queridos seminaristas de Valencia. Gracias por vuestra entrega para ser un día cercano la imagen de Cristo Sacerdote.

Queridos diáconos, que en la Iglesia sois la imagen de Cristo Siervo.

Queridos miembros de la vida consagrada: religiosos, religiosas, institutos seculares, sociedades de vida apostólica y otras nuevas formas de vida consagrada en la Iglesia, vírgenes consagradas. No olvidamos a los monjes y monjas que gracias a los medios de comunicación siguen este celebración en la vida de los monasterios.

Queridos laicos, que sois mayoría en la Iglesia; gracias por vuestra presencia y por vuestro testimonio en medio de las realidades temporales. Gracias, familias, mayores, jóvenes y niños.

Querida familia de la que siento siempre vuestra cercanía y acompañamiento.

Autoridades civiles, militares, judiciales y académicas.

Hermanos y hermanas todos en nuestro Señor Jesucristo.

            Doy gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, al enviarme a través del sucesor de Pedro, el papa Francisco, a esta porción de la Iglesia para ser padre, hermano y pastor de todos vosotros, de los que creéis y sois parte de la Iglesia, pero también de todos los que vivís en este territorio madrileño al que el Señor me envía a ser su testigo. Gracias, santo padre, papa Francisco. Ruego al señor nuncio que transmita al santo padre mi afecto, fidelidad y comunión. Gracias, queridos hermanos; Madrid acogió a mi familia, aquí se conocieron mis padres, hoy me acogéis a mí como padre, hermano y pastor, gracias. Que sigamos haciendo de Madrid un lugar de encuentro, de acogida, de promoción de todo ser humano, regalándole la dignidad que Dios ha puesto en cada persona.

En este día, cuando inicio mi ministerio episcopal entre vosotros, sigo haciéndome la misma pregunta que me hice desde que supe que el santo padre me enviaba a la archidiócesis de Madrid: «Señor, ¿dime qué quieres de mí, qué deseas que viva junto a quienes me entregas como hijos y hermanos?». La respuesta siempre la da el Señor. Nos lo dice Él mismo cuando le preguntamos: «Señor y Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». O, lo que es lo mismo: «Señor, ¿qué es lo que tiene que ocupar mi vida y mi misión como obispo aquí entre vosotros y qué y quién tiene que ocupar la vida del ser humano?». La belleza de la respuesta de nuestro Señor tiene tanta hondura que nos sobrecoge: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y el primero, pero el segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».  Y que no hay amor verdadero a Dios si este no se manifiesta y constata por amar al hombre con la misma pasión de Dios, porque Dios mismo nos ha dicho que Él es amor, y quien es imagen de Él tiene que manifestar que en su existencia se revela también el amor de Dios.

Esta es nuestra misión, a la que deseo invitar no solo a los cristianos, sino llamar también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que habitan en estas tierras, que me da el Señor; tener a Dios como valor absoluto y descubrir que es desde Dios desde donde el ser humano alcanza la dignidad más grande, tal y como nos lo ha revelado nuestro Señor Jesucristo. Él ha puesto al hombre a la altura de Dios, porque Dios mismo se puso a la altura del hombre. Gracias, Señor, por esta misión apasionante, como es mostrar tu rostro. Por eso te digo, con el salmista, «yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza».

           Con la alegría que nace del Evangelio, me acerco a vosotros para deciros con el apóstol san Pablo lo que hace unos instantes acabamos de escuchar y que se cumple aquí en Madrid: «Desde vuestra Iglesia, la Palabra del Señor ha resonado (…) en todas partes. Vuestra fe en Dios había recorrido de boca en boca». Vamos a seguir haciendo que la Palabra resuene, que se conozca a Jesucristo, que los hombres lo acojan como el tesoro más grande que cambia la vida y la historia, continuando las huellas de quienes antes que yo os han acompañado como pastores, testigos y maestros. Deseo recordar a todos mis predecesores, pero hago explícitos los nombres de los más próximos a nuestra vida, a quienes muchos de los que formáis parte de esta Iglesia diocesana habéis conocido: al cardenal D. Vicente Enrique Tarancón, al cardenal D. Ángel Suquía, y al cardenal D. Antonio María Rouco, que nos acompaña. Permitidme que agradezca a D. Antonio María, al cardenal Rouco, su entrega, sus trabajos y desvelos por hacer llegar a todos los corazones la Noticia de Jesucristo, las realidades eclesiales que con una vitalidad muy grande me entrega, pues él quiso hacer verdad que contemplaseis el rostro de Dios y del hombre manifestado en Cristo, quien ha resucitado de entre los muertos y entrega presente y futuro al ser humano y a toda la humanidad. Gracias, D. Antonio. Muchas gracias.

            La gran novedad que nosotros hemos de entregar y presentar es a Cristo mismo, que acoge, acompaña y ayuda a encontrar la buena noticia que todo ser humano necesita y ansía en lo más profundo de su corazón. No defraudemos a los hombres en este momento de la historia, que puedan encontrar las puertas abiertas de la Iglesia, para que puedan percibir que envuelve su vida la misericordia de Dios, que no están solos y abandonados a sí mismos, que tengan la gracia de descubrir en qué consiste el sentido de una existencia humana plena, iluminada por la fe y el amor del Dios vivo: Jesucristo nuestro Señor, muerto y resucitado, presente en su Iglesia. 

            Os invito a todos a vivir juntos dejándonos abrazar por el amor de Dios. Me produce una gran impresión el encuentro del Señor con los discípulos de Emaús; por ello, quisiera deciros que esta es la Iglesia a la que me gustaría dar rostro con vosotros.

La Iglesia recorre el camino de su Señor, el Cuerpo del Señor que es la Iglesia hace el mismo camino de la Cabeza que es Cristo. Escucha a todos los hombres y siente una preocupación especial por quienes están más abandonados y excluidos, por lo más pobres, entre los que se encuentran también quienes no conocen a Dios. Ella desea regalar lo que el Señor daba y percibían los se encontraban con Él, que provocaba tal atracción. La Iglesia tiene que seguir regalando la desproporción, que es la que nos hace más humanos. Aquella misma que les hizo ver a los discípulos cuando les pidió que diesen de comer a una multitud. Con la proporción de cálculos humanos, la que ellos tenían, cinco panes y dos peces, era normal que dijesen, desalentados, que no podían dar de comer a esta multitud. Y es entonces cuando aparece la desproporción de Dios, que toma en sus manos los cinco panes y dos peces y da de comer a la multitud; y sobró. Esta es la que tenemos que vivir nosotros. Y es que en manos de Dios todo es diferente, con su fuerza, su gracia, su amor, todo es distinto.  La Iglesia es casa de armonía, en la que todos hacen el mismo canto, pero con ritmos, acentos, notas diferentes, que hacen un bellísimo canto de amor para todos los hombres. Nos necesitamos todos. Nadie sobra.

Somos enviados a llevar la alegría del Evangelio, la Buena Noticia que es Jesucristo, a todo los hombres: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio a todos los hombres». Tenemos el mandato de hacer recobrar a los hombres la confianza, la esperanza, la alegría del Evangelio, el encuentro entre los hombres, construir la cultura del encuentro. Tenemos que provocar, como el Señor, en medio de la historia de los hombres esa atracción, la misma que provocó Jesucristo en el camino de Emaús.  Lo hemos de hacer con paciencia, sin reproches, siempre con amor, esperanza, alegría y misericordia, saliendo permanentemente a buscar a los hombres, encontrándonos con los hombres en las realidades en la que están viviendo, no en las que nosotros creemos que debieran estar. Urge regalar y mostrar a quien puede recuperar el carácter luminoso de la existencia que nos regala Jesucristo, que, cuando se apaga, todas las demás luces acaban languideciendo. 

Queridos hermanos y hermanas: el Hijo de Dios sale a nuestro encuentro, nos acoge, se nos manifiesta y nos repite lo mismo que dijo a sus discípulos la tarde de Pascua: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn20-21). Os necesito; juntos estamos llamados a construir la civilización del amor, la cultura del encuentro. Frente a la maraña de problemas que existen en el mundo, ¿se puede cambiar el mundo? Frente a la impotencia que muchas veces sentimos ante realidades que están junto a nosotros, ¿tiene sentido tratar de cambiar todo esto? ¿Podemos hacer algo frente a esta situación? ¿Vale la pena intentarlo? Claro que vale la pena, pero no basta solamente con ser buenos y generosos, hay que ser audaces, inteligentes, capaces y eficaces. Pero con la bondad, la generosidad, la inteligencia, la capacidad y la eficacia que nos regala y de las que nos llena Jesucristo. Acoger su gracia, su amor, da a la existencia humana otra sensibilidad y otra manera de afrontar todo, ya que nos hace ver lo que verdaderamente vale la pena. Todo puede cambiarse; se comienza por el cambio de sí mismo, viviendo con una mente abierta y con un corazón creyente. 

Los santos han hecho las revoluciones más verdaderas y los cambios más grandes. Esta es la misión, a esto os invito, a llevar la alegría del Evangelio. Cuando el sábado día 4 de octubre llegaba por la noche conduciendo mi coche hasta Madrid desde Valencia, veía las inmensas torres, las luces de la gran ciudad, y me preguntaba a mí mismo: Señor, ¡enséñame, ayúdame a ser tú en medio de esta ciudad! El Señor me hizo aterrizar enseguida: nunca olvides preguntarte, ¿quién es tu prójimo? Hay que tener el Corazón de Cristo, porque una visión amplia como la que hoy podemos tener de todas las situaciones en las que viven los hombres nos puede hacer olvidar que el corazón tiene que palpitar. Sin corazón nos hacemos indiferentes; globalicemos el corazón, no globalicemos la indiferencia que nos quita la capacidad de llorar y de preguntarnos quién es mi prójimo. No tenemos la solución para todo, pero si se prima el corazón y no se cierra, pronto hay soluciones. Hay que tener proyectos, y es imposible hacerlos desde la confrontación, desde la falta de acuerdos, desde el conflicto; se pueden hacer si cultivamos y construimos la cultura del encuentro, donde el acuerdo es más importante que el conflicto, donde la unidad tiene más fuerza que la dispersión.

Estamos llamados y os invito a descubrir juntos cómo pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, ya que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. Seamos audaces y creativos, no caminemos solos: sabemos que el Señor va el primero; involucremos nuestra vida en todas las situaciones que viven los hombres, acompañemos y festejemos la vida. Y todo ello realizado desde la cercanía, la apertura al diálogo, la paciencia y la acogida cordial, vividas como nuestro Señor, que vino a salvar y no a condenar. Por todo ello:

Gracias a todo el presbiterio diocesano; sois muchos sacerdotes, pronto estableceré encuentros con vosotros, estoy seguro de que se pueden establecer cauces para poder estar con vosotros y podernos ayudar a vivir lo que el apóstol Pedro nos pedía: «Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 Pe 5, 2-3). Gracias, queridos hijos y hermanos, por vuestra ayuda; nunca os canséis de ser misericordiosos, llevad la alegría del Evangelio.

Gracias, queridos seminaristas, los del seminario metropolitano y los del seminario misionero. ¡No tengáis miedo! El tiempo que os toca vivir es apasionante para anunciar a Jesucristo. Os acompañaré en vuestro itinerario. En mi vida siempre ha existido una predilección por quienes habéis escuchado al Señor, que os decía de formas muy diferentes «sígueme». No en vano el Señor me regaló veinte años de mi vida como rector del seminario de Monte Corbán de Santander. Allí se establecieron vínculos fuertes con el seminario de Madrid, desde los cursos de verano que celebramos. Habéis sido llamados por Dios para anunciar el Evangelio y para ser servidores de la comunión y promover la cultura del encuentro. Gracias también a vuestros rectores y formadores.

Gracias a los diáconos que habéis asumido el ministerio de manera permanente, y a vuestras familias. Sois una aproximación de Jesucristo con vuestro ministerio en la gran tarea de hacer visible el amor del Señor, que es comprensivo, servicial, no engreído, no tiene envidia, sirve, disculpa y aguanta siempre. Estad, servid y acompañad como lo hicieron los primeros diáconos a los más pobres. Ayudadnos a hacer nuestro el sueño de Dios.

Gracias a todos los miembros de la vida consagrada, monjes y monjas, religiosos, religiosas, institutos seculares, sociedades de vida apostólica, nuevas formas de vida consagrada y vírgenes consagradas. Sois un regalo en la Iglesia para todos los hombres. Sois el referente para la oración y la oblación. Estáis presentes en ámbitos muy diversos de la existencia de los hombres, que abarca un arco que va desde el mismo inicio de la vida hasta su término. Anunciáis a Jesucristo en campos muy diversos, muchos estáis presentes en la tarea de eliminar las nuevas esclavitudes que aparecen en nuestro mundo sin decir nada, viviendo, amando y regalando la presencia sanadora de Jesucristo. Gracias por vuestra entrega profética. Quiero tener un encuentro pronto con vosotros. Os acompañaré y me acompañaréis en el llevar la alegría del Evangelio a todos.

Gracias a todos los misioneros que en diversas partes del mundo habéis salido de esta Iglesia que camina en Madrid para realizar la misiónQueridos misioneros y misioneras, gracias por haber salido de vosotros mismos y haberos encontrado con Jesucristo, que os impulsó s salir de vuestra tierra para llevar a otros de otras culturas el Evangelio. Recibid mi afecto, y pensad que desde este momento mi oración se dirigirá al Señor para que os dé su sabiduría en el lugar en que os encontréis.

Gracias, queridos laicos. Sois la mayoría en el Pueblo de Dios. Estáis presentes en todos los ambientes y estructuras de este mundo. Sed discípulos misioneros allí donde estéis. Sed valientes. En virtud del bautismo recibido y la fuerza del Espíritu os habéis convertido en discípulos misioneros. No caminéis solos. En vosotros, los laicos, veo a las familias, a los niños, a los jóvenes, a los ancianos. Como nos recordó el Concilio —del que estamos celebrando su 50.º aniversario— y nos recuerda el magisterio constante de la Iglesia: la familia cristiana tiene una importancia capital, es la primera y más básica comunidad eclesial. Muchas veces vine a Madrid para ayudar a quien fundó y donó la “casa de la familia”.

No tengamos actitudes de lloro y desaliento, seamos audaces y creativos, hagamos posible que las familias cristianas sean familias misioneras que salen de sí mismas, realizan gestos evangélicos, en las que sus miembros se acompañan en todos los procesos de sus vidas, celebran todos los pasos de su vida cristiana, dialogan, acogen, miran respetuosamente, oran juntos, saben reconocer juntos las huellas de Dios, celebran el día del Señor, el domingo, con expresiones que fortalecen su amor, un amor que ha de expandirse. Una palabra de aliento y esperanza para tantas familias que sufren aún la lacra del paro o que experimentan en sus miembros la enfermedad, la soledad o un sinfín de problemas. Una palabra de acogida a tantas familias emigrantes —en su expresión multirracial y cultural— que buscan en las poblaciones de nuestra diócesis un futuro mejor. Una palabra de respeto y de cariño a los más ancianos.

Permitidme que me dirija a los jóvenes. Desde que fui ordenado presbítero he estado siempre sirviendo con una dedicación especial a los jóvenes. Os invito a poner en práctica el «mandamiento nuevo». Oponeos a lo que parece hoy la derrota de la civilización, reafirmando con energía la civilización del amor y la cultura del encuentro. Dad un testimonio grande de amor a la vida, don de Dios, luchad contra la pretensión de hacer del hombre el árbitro de la vida del hermano. Vosotros, que de forma natural e instintiva hacéis del deseo de vivir el horizonte de vuestros sueños y esperanzas, transformaos en profetas de la vida con palabras y obras, revelaos contra la civilización del egoísmo y del descarte, que considera a la persona humana un medio y no un fin. Os veré pronto; mantendré encuentros con vosotros los primeros viernes de cada mes a las 10 de la noche en la catedral. Os comunicaré cuándo comenzaremos. Os invito a todos los jóvenes cristianos a que invitéis a otros jóvenes, os pido a los presbíteros y miembros de la vida consagrada, que acompañéis esta acción de comunión y misión. Os quiero y os necesito para anunciar a Jesucristo. Gracias.

Quien hace un momento nos dijo «Amarás al Señor con todo tu corazón, alma y ser, y al prójimo como a ti mismo» se hace realmente presente entre nosotros, quiere que esto lo hagamos con la fuerza de su amor y de su gracia. Encomendad mi ministerio episcopal que hoy comienzo en esta Iglesia que camina en Madrid a todos los santos que han jalonado su centenaria historia y nos enseñan en la escuela de Cristo Maestro. Encomendadme, especialmente, a la Madre, a la Toda Santa: la Santísima Virgen María, en esta advocación entrañable de la Almudena, para que Ella me comunique el secreto de cómo acoger y presentar a su Hijo en la vida de quienes Él me encomienda para hacer lo que Él nos diga. «Salve, Señora de tez morena, / Virgen y Madre del Redentor. / Santa María de la Almudena, / Reina del cielo, Madre de amor». Amén.  

             + Carlos, Arzobispo de Madrid.