La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El matrimonio seguirá siendo indisoluble

 

MagdalenaMagdalena del Amo

 

Su Santidad Francisco lo dijo alto y claro. Cum Petro et sub Petro, cuya traducción libre es: Con el Papa y bajo la autoridad del Papa. Una advertencia a los obispos, necesaria en estos tiempos de buenismo y progresía, a los que incluso la Iglesia parece apuntarse en ocasiones, quizá –o sin quizá—llevada por la corriente de lo políticamente correcto que los laicistas van imponiendo de manera silenciosa, y en ocasiones con gran estruendo.

A menudo, el católico se encuentra perdido, porque la doctrina social de la Iglesia es interpretada y seguida según el párroco, y dependiendo del talante de este, de su edad y de otros imponderables, ciertos temas son vistos o interpretados de maneras distintas. Así, incluso dentro de la misma diócesis, en las parroquias que tienen cura progre pueden comulgar los divorciados, se admiten las parejas de hecho, o las parejas gays participan de la vida comunitaria de la Iglesia, interpretándose esto como un aperturismo de algunos sectores de la Iglesia, frente a la interpretación y la praxis ortodoxas, es decir el “carquismo”. Por eso, cuando algún obispo, en alguna homilía, hablando para sus seguidores –no olvidemos que al templo se va a oír la palabra de Dios— dice o aconseja, de manera valiente, algo contrario al laicismo imperante, los medios de comunicación progres piden su lapidación pública. Y el pueblo, tan gregario siempre y tan manipulable, enseguida se vuelve contra su representante espiritual. Es el caso de monseñor Reig Pla, de Alcalá de Henares, colocado en la picota permanentemente por decir verdades de a puño. Pero lo peor de todo es que apenas tiene defensores entre los propios obispos; o al menos, defensores públicos. Parecen olvidar que “la unión hace la fuerza” y que su obligación es defender el Evangelio, aunque el mensaje no guste al poder. Parecen olvidar que Jesús se enfrentó al poder de Roma y al de los judíos. Y es que los obispos, hoy, en los países avanzados, están muertos de miedo. Sus hogueras son los titulares de prensa, que dejan humo y cenizas durante meses. Hay obispos valientes, qué duda cabe, pero muchos prefieren pasar en silencio por su sede y no dar que hablar. Hace falta un criterio unificador, y creo que el Sínodo de obispos sobre la familia, celebrado estos días, clausurado este sábado por el papa Francisco, puede ser un buen punto de partida. En él se debatieron materias importantes.

Desde que se anunciara hace meses, el Sínodo había levantado una gran expectación. No era para menos, pues, entre otros, se iba a tratar el tema de los matrimonios gays y la administración de sacramentos a las personas divorciadas y con segundos matrimonios. La Iglesia tiene sus normas y doctrina, y contra ellas conspira el laicismo radical tratando de imponer las suyas, y sus leyes, algunas contra natura, producto de ocurrencias de espíritus desequilibrados. Sin embargo, las fabulaciones de adivinos no se hicieron esperar, y algunos auguraban luchas internas, cambios e incluso cisma. Los progres se habían creado demasiadas expectativas; habían confundido el papel del Papa y malinterpretado aquellas famosas y aireadas palabras que pronunció sobre los gays en el avión de vuelta de la JMJ de Brasil.

Contribuía a esta expectación la prensa al servicio del sistema, empeñada en querer hacerle pasar a la Iglesia por el aro y meterla bajo el paraguas de la modernidad que promueve el laicismo, es decir el anticristianismo. Las propuestas del cardenal y obispo de Munich, secretario del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, Walter Kasper, coadyuvaron a crear esta expectación. Pero llegó el día de las conclusiones, las votaciones y, por fin, las esperadas palabras del Papa.

Así, el Santo Padre pronuncia un discurso rebosante de amor, misericordia y tolerancia, pero muy firme en la esencia. Habló del cansancio y la fatiga de los días de debate, donde hubo momentos de “desolación, de tensión y de tentación”. Habló de la tentación del endurecimiento hostil, cerrarse a la letra y no dejarse sorprender “por el Dios de las sorpresas”; aferrarse a lo que conocemos, como hacen los celantes y los escrupulosos, es decir, los llamados tradicionalistas, por encima de lo que aún debemos aprender. La tentación del “buenismo” destructivo, que trata los síntomas y no la causa y las raíces. Lo hacen los que tienen miedo a la verdad, léase los progresistas y liberales. La tentación de descender de la cruz, para contentar a la gente y estar más de acuerdo con los tiempos, claudicando ante el espíritu mundano “en vez de purificarlo al Espíritu de Dios”, como si el cristianismo fuese un humanismo. Nada de exégesis ad hoc para diluir la verdad.

El Papa agradeció las intervenciones “llenas de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresía”. Se pusieron sobre el tapete las diferentes sensibilidades, con sus matices respectivos. Y hubo debate, sí, pero al Pontífice, según sus propias palabras, le hubiera “preocupado y entristecido si no hubiera habido esas tentaciones y esas discusiones animadas; si todos hubiesen estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz”.

Se debatió por el bien de la Iglesia, de las familias y la suprema lex, pero no se discutió en ningún momento la verdad fundamental del sacramento del matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreación, es decir, la apertura a la vida. Partiendo de aquí, se puede deducir el resto.

¿Y qué ocurrirá con las parejas gays y los divorciados?, se preguntarán algunos, que tenían la esperanza de que el moderno Papa abriese la mano a las diferentes opciones y situaciones. Hemos de decir que la cosa, por ahora, queda como estaba, como no podía ser de otro modo. La Iglesia condena el pecado y ama al pecador. Pero no podemos pedirle a la Iglesia que, en virtud de ciertas tendencias propias de una civilización decadente, nos autorice a enamorarnos de la cabra del cobertizo, como le pasó al protagonista de ¿Quién es Silvia? Es el católico quien tiene que acatar la doctrina social de la Iglesia, y no al revés. La Iglesia no es un Ayuntamiento, ni un gobierno.

La Iglesia tiene que adaptarse a los tiempos en la forma, en todo aquello que no es esencial en su doctrina. Y además, debe defender sus verdades con mayor firmeza y valentía, más allá de los púlpitos, las sacristías y los grupos de catequesis. Ojalá los obispos regresen a sus diócesis imbuidos del espíritu del papa Francisco. Muy moderno, sí; revolucionario, también. Pero si hay cosas innegociables deben decirse y no nadar en la  ambigüedad. Hay que librar la batalla en la prensa; sin complejos, sin esconderse, sin miedo. La noticia más importante de los últimos dos mil años es el nacimiento de Cristo y su mensaje. Y hoy, esta noticia sigue siendo de máxima actualidad. ¡Y la más importante!