La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

UN ARZOBISPO «FORAMONTANO»

Fue Víctor de la Serna en las páginas de ABC, y luego en su «Nuevo viaje a España», quien popularizó la denominación de «Foramontano » al natural de Cantabria que abandona su tierra para dirigirse a la meseta. Si en el principio está el fin, según nos enseña la filosofía aristotélica, vayamos a los primeros años del ministerio sacerdotal de monseñor Carlos Osoro. Quizá por eso que dijera Santa Teresa de Jesús en el libro de su «Vida»: «No diré cosa que no la haya experimentado mucho».

Biografía y geografía se entrelazan en un bucle de afecto. Don Carlos es un hombre creativo y con carisma, en el sentido de la afirmación de San Alberto Magno: «In dulcedine societatis, quaerere veritatem» —buscar la verdad en la dulzura de la amistad—. Su sacerdocio es pedagogía. Hace posible que el encuentro con el misterio del hombre signifique toparse el misterio de Dios. Si algo no le sirven son los decorados de cartoné, la pobreza del esquematismo, de los encuadres interesados y de los sucedáneos. Libertad es su forma de ejercicio del ministerio.

Quien es su amigo desde los años de Salamanca, el hoy obispo de Almería, monseñor Adolfo González Montes, escribió en el prólogo al libro del nuevo arzobispo de Madrid, «Cartas desde la fe»: «Don Carlos es un sacerdote que cuenta con un rico bagaje pastoral y un conocimiento grande del alma humana. Su colaboración con el gobierno de una diócesis durante años, y su condición de rector de un seminario, le han pertrechado de una experiencia singular en las cosas del espíritu. Conoce bien las dificultades que cuenta hoy la fe». Por cierto, con don Adolfo y Javier Fajardo, el nuevo arzobispo de Madrid publicó el libro «Universidad, teología y sociedad española».

Amós de Escalante, montañés universal, en 1887, dedicó un soneto al sacerdote del clero de Santander don Santos Zárate y Martínez, con motivo de su consagración como obispo de Almería. Decía: «Dios le sublima al pastoral servicio,/Dios que a los sabios, humildes crea,/ ya que para el humilde y sabio sea/ el cetro cruz, la púrpura cilicio».