La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
UNA NIÑA QUE OFRECIÓ SU VIDA POR LA CONVERSIÓN DE MANUEL AZAÑA

Traslado de los restos de la Venerable María del Carmen González Valerio

10314574_654371187970884_408393241365986272_nEl próximo lunes, 20 de octubre, se procederá al traslado de restos de la Venerable Maria del Carmen González Valerio desde la Iglesia del Monasterio de las Carmelitas Descalzas, de Aravaca, a la parroquia de Santa María de Caná, en Pozuelo. El acto, que estará presidido por el Cardenal Antonio María Rouco Varela, Arzobispo Emérito Administrador Apostólico de Madrid, se celebrará en la parroquia de Santa María de Caná a las 19,00 horas. El traslado de los restos de María del Carmen forma parte del proceso abierto de su beatificación.

Biografía 

María del Carmen González Valerio y Sáenz de Heredia, sobrina de José Antonio Primo de Rivera, tenía sólo 6 años cuando perdió a su padre, asesinado en la Guerra Civil. Desde entonces, empezó a rezar por la conversión de los asesinos de su padre y entregó su vida a Dios. Murió a los 9 años y ofreció sus dolores por la conversión de Manuel Azaña. El presidente republicano se convirtió antes de morir, según el obispo que estuvo a su lado.

Esta pequeña, que nació en 1930, era la segunda de cinco hermanos. Desde temprana edad tuvo problemas de salud, lo que provocó que, gravemente enferma, fuera  bautizada de urgencia con el nombre de María del Carmen del Sagrado Corazón. Desde su infancia, se mostró muy generosa. Dos de sus aficiones preferidas eran pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja y darles un curso de espiritualidad a sus muñecas para enseñarles a rezar y hacer la señal de la Cruz. Ya desde los cuatro o cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos.

A finales de agosto de 1936 su padre fue arrestado y conducido a prisión, siendo asesinado días más tarde. La madre de Mari Carmen se traslada a vivir a la embajada de Bélgica por correr peligro a causa de su parentesco con José Antonio Primo de Rivera. Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: «Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre». Para la pequeña, éstos se encarnaban en el presidente de la República, Manuel Azaña. Un día, al asistir a misa junto a su abuela, Mari Carmen le preguntó: «¿Me entrego?» La abuela asintió, sin entender lo que quería decir su nieta. «La seguí después de la comunión; se hubiera dicho que la transportaban los ángeles. Se cubrió el rostro con sus pequeñas manos, luego se quedó un momento arrodillada en acción de gracias.

A la salida de la iglesia, me preguntó el sentido exacto de entregarse, y le respondí: es darse por entero a Dios y pertenecerle completamente», asegura la abuela. Sin embargo, a primeros de abril, diagnosticaron a la pequeña una escarlatina que se fue agravando con el paso de los días, por lo que regresó rápidamente a casa. Incluso durante su dura convalecencia, dio claras muestras de santidad y no perdió los nervios. Todos los intentos para sanarla fueron inútiles. Los sufrimientos que padeció fueron realmente insoportables, pero los sobrellevó abandonándose a  Jesucristo, porque solamente su nombre parecía suavizarle el dolor.

Mari Carmen afirmó que la Virgen María iría a buscarla el día de su santo, el 16 de julio. Cuando se enteró de que su tía Sofía se casaría ese día, anunció que moriría al día siguiente. Y en la mañana del 17 de julio de 1939, se sentó en su cama, cosa que no podía hacer desde hacía ya largo tiempo, y dijo: «Hoy me voy a morir, ¡me voy al cielo!». Doña Carmen, su madre, congregó entonces a toda la familia alrededor de la pequeña. Ésta pidió perdón por no haber sabido amar a su enfermera, y por haber omitido alguna vez sus oraciones. Después, le pidió a su madre que cantase «Qué bueno eres, Jesús». De pronto, la niña se volvió hacia ella y le dijo: «Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?». Horas más tarde, Mari Carmen aconsejó por sorpresa a todos: «Ámense unos a otros» y se recogió totalmente «de forma sobrenatural», cuenta su abuela.

Cuando murió, Mari Carmen estaba destrozada y deformada físicamente por la enfermedad, pero uno de sus tíos se percató de un hecho extraordinario: «¡Miren qué bella se vuelve!», advirtió. Además, un dulce perfume diferente del de las flores de su alrededor, emanó de ella. La rigidez había desaparecido y se había transfigurado en una bella imagen.

Son muy pocos los que conocen lo que aconteció en los momentos previos a la muerte del presidente de la Segunda República. El 3 de noviembre de 1940, Azaña muere en Montauban, ciudad al sudeste de Francia, cercana a Toulouse. Según el obispo de la diócesis, monseñor Théas, que en ese momento le prestaba su asistencia espiritual, «Azaña recibió con toda lucidez el sacramento de la penitencia, expirando en el amor de Dios y la esperanza de verlo».