La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿Partido católico? No

 

En estos días muchos ciudadanos y, entre ellos, muchísimos católicos han sufrido una traumática desolación cuando han comprobado que los actuales gobernantes a los que asiste una mayoría absoluta en el Parlamento han optado por dejar en pleno vigor la terrible legislación proabortista implantada en España por los socialistas en la pasada legislatura. Se explica así que no falten quienes vuelven a pensar en la posibilidad de poner en marcha un partido católico…

No faltan en efecto quienes parecen esperar que algún partido político, si obtiene el poder, realice los valores y exigencias morales que van envueltos en el concepto mismo de bien común, fin al que debe estar orientada toda la política. Y esa actitud parece responder a la “ilusión” — ¿ilusa?– de que efectivamente determinadas personas desde el poder político llegarían a realizar los valores que uno propugna. Quien así piense, después de instalar en el poder mediante su voto a quienes dicen comulgar con esos ideales, creerá haber “cumplido” con sus deberes político-morales y se considerará casi por completo dispensado de seguir involucrado personalmente cada día en ulteriores compromisos para la defensa e implantación de valores fundamentales. Y entre estos podrían estar quienes verían como partido ideal un partido católico.

Por eso conviene tener presente que, como se señala en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (BAC, Madrid, 2005, n. 573): “El cristiano no puede encontrar un partido político que responda plenamente a las exigencias éticas que nacen de la fe y de la pertenencia a la Iglesia: su adhesión a una formación política no será nunca ideológica, sino siempre crítica, a fin de que el partido y su proyecto político resulten estimulados a realizar formas cada vez más atentas a lograr el bien común, incluido el fin espiritual del hombre” Es más: diríamos que no cabe encontrar un partido que responda no ya a las exigencias que nacen de la fe sino, sencillamente, en su integridad, a las que contiene la moral natural. Y, en todo caso, según la tesis que aquí sostenemos, la pretensión de una partido católico no solo resultaría ilusa, sino que puede considerarse teológicamente errónea y prácticamente contraproducente. Veamos:

¿Qué sería un partido católico?

¿Qué podrían entender por partido católico quienes lo propugnan, propugnen o propugnaran?

.. Damos por supuesto que no lo conciben como un partido solo de católicos y para católicos solo. Por otra parte, ¿acaso el que los dirigentes y aun todos los miembros de un partido fueran católicos garantizarían que ese partido en cuanto tal, en su programa y, sobre todo, en todas sus actuaciones, fuera católico? Por lo demás, se supone que ni al más entusiasta defensor de la catolicidad de un partido se le ocurriría pensar que ésta exige rechazar los votos de los no católicos…

*. Tampoco en nuestro contexto podría tener sentido un partido católico en cuanto su finalidad fuera la defensa del dogma católico. Hubo momentos en la historia y no excesivamente lejanos en que las divisiones religiosas inter-eclesiales y aun las intra-eclesiales, por razón de disputas dogmáticas, tenían una clara incidencia en la vida socio-política, en la unidad y estabilidad del propio Estado. Podría decirse que en aquellos “entonces”, al amparo de la confusión entre la esfera civil y la eclesial, las facciones religiosas lo eran a la vez políticas. No parece que sea hoy el caso, salvo en sociedades, no carentes, por cierto, de notable peso mundial, en las que lo religioso y lo sociopolítico no han alcanzado la clara distinción que tras muchos avatares históricos parece indiscutida (aunque no siempre realizada) en el ámbito de la antigua cristiandad.

*. Alguien podría entender que un partido sería específicamente cristiano o, concretamente, católico y merecería recibir la denominación confesional de tal si su finalidad constitutiva fuera la de defender la libertad y derechos…¡ de la Iglesia! (No faltan quienes todavía hablan en estos términos). Sin embargo, tal partido “confesional” estaría “fuera de lugar”, pues la Iglesia misma considera respetada su libertad allí donde lo está la de todos y a salvo sus derechos asimismo donde lo están los derechos y libertades de los demás, pues en tal supuesto encuentra también la Iglesia la condición estable, de derecho y de hecho necesaria (y podemos decir suficiente) a la que tiene derecho para el cumplimiento de su misión evangelizadora. Si se piensa en la defensa derechos “particulares” de la Iglesia adquiridos a lo largo de la historia, la Iglesia misma, según los casos, considerará un bien el verse despojados de ellos o los defenderá (como, p.e., en relación con la catedral de Córdoba) por los cauces jurídicos democráticos que debe querer asimismo establecidos y respetados para y por todos…

*. Tampoco podrá ser tenido por específicamente católico un partido por el hecho de que se proponga como objetivo la defensa, promoción, realización de los derechos de la persona, empezando por el derecho a la vida desde la concepción a la muerte natural, y de las libertades fundamentales , empezando por la libertad religiosa... Respetar esos derechos y libertades es una exigencia de la moral natural y, por lo mismo, válida no sólo para los católicos sino, como la misma Iglesia enseña, para todo ser humano… Todos los partidos debieran proponerse semejante esenciales objetivos. Quienes consideraran que es necesario un partido cristiano, católico, para la defensa de la dignidad de la persona, de sus derechos y libertades y que precisamente en razón de esa finalidad habría de ser considerado y tenido por tal (cristiano, católico) no haría, paradójicamente, sino asumir una tesis que sostienen los laicistas. Para ellos las exigencias morales que la Iglesia sostiene son, sólo por eso, válidas sólo para sus fieles y exigibles sólo a éstos, son exigencias, pues, según ellos, confesionales a las que en cuanto tales, y en virtud del principio de laicidad, no puede reconocérseles fuerza alguna para determinar la normativa común en nuestra sociedad pluralista democrática. Pero es la propia Iglesia, por el contrario, la que sostiene que las exigencias de que se trata lo son de la moral natural y que no dejan de serlo por el hecho de que también ella, la Iglesia, las enseñe, proponga y urja y aunque, como por desgracia ocurre muchas veces en muchos sitios, se quede sola en proponer y urgir esas comunes exigencias moralesi.

Es obvio que los católicos tienen que actuar en política y en los partidos que constituyan o de los que, simplemente, formen parte, de acuerdo con esas comunes universales exigencias morales naturales de respeto a la igual dignidad de toda persona, a sus derechos y libertades, en busca de la mejor realización del bien común. Pero así tienen que actuar todos los partidos políticos con independencia de que haya o no en ellos católicos. Y, por tanto, el actuar así no es un elemento distintivo específico de lo católico (Quien lo entendiera como específico exclusivo de los cristianos, de los católicos, incurriría en una reductiva apropiación de algo común). Habremos de decir, pues: todos los cristianos, católicos, han de actuar así, pero no todos los que actúen así (políticos o partidos políticos) son por eso cristianos, católicos.

Ninguna razón hay para un partido confesional

Ninguna razón, pues, cabe encontrar para considerar y denominar como confesionalmente cristiano, católico…, a un partido. Y hay, en cambio, buenas razones para sostener que sería contraproducente hacerlo, pues con ello se contribuiría a ensombrecer la distinción entre la esfera religiosa y la política que son mutuamente independientes (sin perjuicio de que instituciones religiosas y políticas actúen, incluso en ocasiones mediante algunas acciones conjuntas de mutua colaboración, en bien de quienes a la vez son creyentes y ciudadanos).

Dicho todo lo cual, no cabe sino recordar que en su compromiso político, ineludible para cada uno en sus concretas circunstancias, los católicos pueden y deben llevar a cabo sus tareas en busca del bien común junto con cuantos, aunque no sean católico ni aun creyentes en absoluto, están dispuestos a la defensa de la igual dignidad de todas las personas y de los inalienables derechos y libertades fundamentales que le son inherentes. Actuar así es una exigencia hemos dicho de la moral natural. El alto ideal del compromiso político y, en especial, del compromiso político estricto debe ser propuesto a los católicos que pueden asumirlo como una grave obligación y, aun más radicalmente, como una verdadera vocación plena de realización humano-cristiana.

Realización testimonial del compromiso político estricto y necesidad de la ayuda comunitaria

Lo específico de la aportación del político católico no está en que sobre él recaigan exigencias morales que no lo sean también para los no-católicos. Lo que sí pueden y deben hacer es ofrecer el testimonio anti-pelagiano del que sabe que cumplir adecuadamente esas comunes exigencias de la moral natural no está al alcance de las solas fuerzas de la humana naturaleza marcada por el pecado sin la ayuda de la gracia (que, por otra parte, no faltará incluso a quienes la ignoran)ii. Ese testimonio será el que haga que los demás le pregunten las razones de ese actuar, las razones de su esperanza (1 Pe 3, 15). Será esa ocasión óptima para el testimonio evangelizador de la palabra.

Porque eso sí: para un creyente toda la vida ha de estar impregnada por su fe y si se consagra a la política y a la política estricta, no puede ésta no estarlo también. Si es exigencia de esa misma fe la evangelización, el político católico no podrá tampoco considerarse dispensado de evangelizar a través de su propia actuación política. Pero esto no le exige llevar a cabo en su ámbito estrictamente político actuaciones que no pertenezcan por su propia naturaleza a ese terreno, sino realizarlas, desde su propia libre conciencia, con pleno respeto, hemos dicho, a la autonomía del orden temporal, si bien con la motivación, el sentido y la fuerza que le ilumina y le proporciona su fe. Es precisamente el de la misma actividad política el campo en el que sin alterarlo, sin perturbar su natural autonomía, puede y debe llevarse a cabo la evangelizadora realización de la caridad política. La condición y fuerza evangelizadora de una acción del orden temporal no supone negación ni alteración de su propia naturaleza y autonomía sino sanación plenificadora de esta misma.

Ahora bien, digamos por último: Si el político católico no puede desentenderse en su actuar político de su misión evangelizadora (en el sentido dicho), no es menos cierto que ese testimonio evangelizador no podrá prestarlo en sus actuaciones políticas (como tampoco quien trabaja en otros campos) sin mantenerse en contacto permanente con la base de aprovisionamiento espiritual que es la propia Iglesia y la concreta comunidad en la que se integraiii. Esa conexión nutricia no supondrá en absoluto pérdida de la autonomía con que el político católico ha de actuar en cuanto político ni puede convertirse en ocasión para injerencias “clericalistas” en su actividad, ni para inadmisibles preferencias en favor de los “hermanos” en la fe.

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Cf. González Vila, Teófilo, “¿Partido católico?”, en Alfa y Omega. Nº 721 / 20-I-2011.- “Podrá negar el laicista que esas exigencias sean de moral natural o incluso que haya una moral natural pero, si procede con el exigible rigor intelectual, deberá reconocer que para fundar esa negación no constituye argumento válido el mero hecho de que la Iglesia predique esas exigencias. Esa incorrecta, sofística, identificación de exigencias-morales-enseñadas-por-la-Iglesia con exigencias-morales-exclusivamente-religiosas-y-válidas-sólo-para-los-creyentes es la que se ha instalado en la mentalidad, ampliamente extendida, que se trasluce en esas consideraciones que se le dirigen al creyente en condescendiente tono: “Si, para ti, según tus convicciones religiosas, eso es malo, no lo hagas, pero no pretendas impedir que lo hagan quienes piensan de otro modo. La ley no te obliga a actuar contra tus convicciones, respeta tú las convicciones de los demás”. Quien así me exhorta ignora… Parece ignorar que mi conciencia me obliga también a tratar, por medios democráticos, entre ellos el ejercicio del voto, de que las normas respondan a esas exigencias morales que, aunque también mi Iglesia me las transmita, considero naturales, universales, de tal modo que al tratar de hacerlas valer procedo movido por la sencilla razón de que respetar esas exigencias se me presenta, según mi leal saber y entender, como lo más conducente al bien común (al que, no se nos negará, la misma moral ciudadana laica obliga a servir)” (González Vila, Teófilo, “Laicidad y laicismos aquí y ahora”, en Communio, Revista Católica Internacional de Pensamiento y Cultura, Nº 3-Invierno 2006, pp. 9-32.- Madrid, enero, 2007, p.24).

ii Cf. al respecto Sebastián Aguilar, Fernando, “El compromiso de los católicos en la vida pública y en la regeneración democrática” (Conferencia de clausura del XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia “Rehabilitar la democracia” desarrollado en la Fundación Pablo VI durante los días 9-11 de septiembre de 2013). Puede consultarse en la página web de la citada Fundación. Un síntesis de esta conferencia se encuentra en el Nº 846 del semanario Alfa y Omega de 12 de septiembre de 2013, p. 23.

iii Para asegurar una actuación política estricta acorde con las exigencias morales a las que han de atender en el ejercicio del poder como un verdadero servicio, es necesario “…que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En esto podrán ser acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana y de sus pastores” (CL 42; Propositio 28).