La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Qué puede haber específicamente cristiano en la actividad política?

 Teófilo González Vila.

Cuando se exponen las exigencias que debe satisfacer en política el cristiano y, en nuestro caso, concretamente el católicoi, las que suelen enumerarse en el correspondiente discurso habitual coinciden con las que sin duda habrán de regir la actuación de cualquier político, sea a no cristiano y aunque sea increyente. Se trata de exigencias que con razón consideramos, valga decirlo así, de moral natural, comunes a todos y a las que todos deben ajustar su comportamiento en las circunstancias de cada caso y, en este, las de su actuación política estricta.

Siendo esto así, tiene sentido preguntar si hay o no algo específicamente cristiano que pueda / deba caracterizar la actividad política que el cristiano ha de llevar a cabo en cuanto tal ¿A qué pueden estar obligados los políticos cristianos que no lo estén quienes no lo son? ¿Acaso han de practicar los políticos cristianos unas “virtudes” que no tengan por qué poseer los que no lo sean? Con esto se plantea, en último término, la cuestión de si hay una política que el cristiano haya de llevar a cabo en cuanto tal o la de si tiene sentido y posibilidad un proyecto políticoque, en razón de determinados rasgos específicos exclusivos, pueda / deba considerarse propiamente cristiano.

Para Juan XXIII, según enseñanza nuclear de Pacem in terris, la actividad política, como toda la vida y las relaciones humanas, ha de estar presidida por la verdad, la justicia, el amor y la libertadii ¿Acaso han de actuar de acuerdo con estos valores y esforzarse en realizarlos solamente los cristianos, los católicos? Obviamente, no.

Para el Concilio Vaticano II, quienes actúan en política han de hacerlo “con olvido del propio interés y de toda ganancia venal”, han de luchar “con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político” y deben consagrarse “con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos”iii. ¿Acaso son estas virtudes y exigencias válidas sólo para los cristianos? Evidentemente, no.

Y según Juan Pablo II, “los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos…, que están íntimamente relacionados con la misma actividad política, como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimosiv (Juan Pablo II, CL 42). Pero ¿acaso la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación desinteresada al bien común, el sencillo estilo de vida y aun el amor preferencial por los pobres urgen, solamente a cristianos, y, en concreto, a “los fieles laicos” de que se trata? Ciertamente, no.

Entonces, ¿no hay nada que marque como cristianala actividad del cristiano que actúa en política, nada que pueda especificar como cristiano un proyecto político, un modo cristiano de hacer política…? Y, si hay algo específicamente cristiano en la política, ¿en qué consistiría? Como tesis-respuesta a estas cuestiones considero que podríamos, habríamos de afirmar: Lo específico de una política cristiana, la que han de llevar a cabo los cristianos en cuanto tales, no está en el contenido de las exigencias morales a las que, como todos, ha de atender en defensa de la dignidad, derechos y libertades fundamentales de la persona, en la orientación permanente de toda la actividad política al bien común, sino en las motivaciones, el sentido, el destino, el modo, la luz y la fuerza con que pueden y deben realizar esa actividad. Esas son las “variables” por referencia a las cuales podemos y debemos hablar de la posibilidad y de la necesidad de una política cristiana, de un proyecto político que merezca la consideración de cristiano, sin que por esto deje de ser a la vez estrictamente respetuoso con la autonomía que corresponde a lo político como elemento del orden temporal. Si todos los políticos han de satisfacer exigencias que, por su contenido, son comunes a todos, el cristiano sabe, frente a cualquier forma de pelagianismo, que sin la gracia no es posible satisfacer esas comunes exigencias. Y con su actuar deberá dar testimonio de la necesidad de esa ayuda superior… 

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i En el contexto y a los efectos de estas consideraciones podemos utilizar y de hecho utilizamos de ordinario el término cristiano. Por otra parte, una cosa es que haya, p.e., católicos políticos, esto es, en política (muchos en España) y otra que haya –¿cuántos en España?– políticos católicos, esto es, tales que su actividad política presente alguna especificación cristiana, católica, en el sentido en que en este escrito se concibe.

iiPacem in terris 35, 149 et passim.

iiiConcilio Vaticano II, Gaudium et spes, 75.

ivJuan Pablo II, Exhortación Christifideles laici, 42.

v Sobre la necesidad del testimonio antipelagiano del político cristiano, católico, hablaba el hoy Card. Sebastián Aguilar en una conferencia sobre El compromiso de los católicos en la vida pública y en la regeneración democrática (Clausura del XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia “Rehabilitar la democracia”, Fundación Pablo VI, 11.09. 2013). La referencia expresa al sentido antipelagiano de ese testimonio la hizo oralmente, hasta cierto punto “de pasada”. En el correspondiente texto escrito afirma: “Los hombres necesitamos una sanación interior para aceptar de forma clara y eficaz los derechos de los demás… En este sentido, la presencia y la influencia de la vida teologal en quienes intervienen en la vida pública de una sociedad es necesaria para el bien de todos… Sin el reconocimiento y la ayuda de Dios el hombre se pervierte sin remedio,… La sociedad necesita la acción purificadora y sanante, el estímulo y el impulso de la vida teologal de los hombres justos… [Y] “la vida cristiana aporta al creyenteun plus de clarividencia y de fortaleza que no tendría sin la riqueza de su vida teologal” (cursivas nuestras).