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El brillo multiforme de la santidad

Miguel Ángel García Mercado

Al examinar su biografía, uno se sorprende que supiera ser tan buen hijo, fiel a san Josemaría, siempre ocupando un discreto segundo lugar; y que después, supiera ser tan buen padre, moviendo tantas iniciativas y atendiendo de corazón a tantas personas. Es uno de esos prodigios que logra la humildad verdadera

El sábado será beatificado en Madrid Álvaro del Portillo. Decía Ortega que el conocimiento se da siempre en perspectivas y que el verdadero sabio no es el que posee una perspectiva absoluta sino el que es capaz de unir perspectivas diferentes.

Ése es el caso de don Álvaro: doctor ingeniero de profesión; humanista de sensibilidad (con dos doctorados más en Historia y Derecho canónico); 50 años de sacerdocio fiel; infatigable colaborador de otro santo, san Josemaría Escrivá; y verdadero padre para muchos de los que se acogieron a él, durante los casi veinte años que estuvo al frente de la Obra, desde 1975 hasta su fallecimiento en 1994. A esto debe añadirse su servicio a la Santa Sede, singularmente en los años del Concilio Vaticano II, pues fue −entre muchas otras tareas− secretario de la Comisión del Clero que dio lugar a un importante documento del Concilio: el Decreto Presbiteriorum ordinis.

La relación de don Álvaro con Andalucía fue frecuente y profundamente cordial. Su tesis doctoral americanista en Geografía e Historia está fundada en el Archivo General de Indias en Sevilla. Recorrió solo o con san Josemaría nuestra tierra de esquina a esquina, después de la guerra civil, dando a conocer la Obra a los obispos andaluces: Sevilla, Granada, Málaga, e incluso el Campo de Gibraltar, donde desembarcaron ambos desde Nápoles en octubre de 1968, trasladándose a Pozoalbero, en Jerez de la Frontera. Allí se produjo el hermoso brindis de san Josemaría con motivo del cuarenta aniversario de la fundación del Opus Dei: «Siempre fieles, siempre alegres; con alma y con calma».

En Pozoalbero de nuevo estuvo en noviembre de 1993, cuatro meses antes de su fallecimiento, en la que fue su última visita a Andalucía. De la multitudinaria tertulia que se organizó, recuerdo singularmente su consejo de acudir a María: «Que no pase ningún día sin que digáis piropos a la Virgen, como los que decís aquí, en esta tierra, por las calles y desde el fondo del alma. Piropos encendidos a esa Madre Buena y Guapa que es la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra».

Tuve la oportunidad de escuchar a don Álvaro en varias de sus tertulias, tanto en Roma como en España, y recibí la misma impresión que tantos han comunicado y que aparece en el decreto sobre sus virtudes heroicas: un hombre humilde, prudente, con gran fortaleza, pero sobre todo, lleno de una gran alegría y sencillez, la que produce el olvido de sí. Supo vivir a la sombra de san Josemaría, trabajando a su lado durante cuarenta años, sin hacerse notar. Quien ha visto la filmación de las tertulias que −a principios de los años 70− les llevaron por España y América, encontraba a don Álvaro, siempre en segundo plano, salvo cuando san Josemaría preguntaba algo. Su respuesta atenta era inmediata.

Habría sido de esperar que sólo hubiese sabido estar a la rueda de otro pero, cuando fue elegido unánimemente como el sucesor de san Josemaría, lo hizo con la concreción del ingeniero, el humanismo del hombre de letras y las miras sobrenaturales del sacerdote: comenzó la labor de la Obra en veinte nuevos países; creó en Roma la Universidad Pontificia de la Santa Cruz; gracias a su empuje se ordenaron unos mil sacerdotes; e impulsó iniciativas sociales en todo el mundo, singularmente en África, entre las que hay que destacar la Fundación Niger (Nigeria) o el Centro Hospitalario Monkole (Congo), de que se han beneficiado más de un millón de africanos, con un modelo de atención médica para todos, con independencia de los recursos.

Al examinar su biografía, uno se sorprende que supiera ser tan buen hijo, fiel a san Josemaría, siempre ocupando un discreto segundo lugar; y que después, supiera ser tan buen padre, moviendo tantas iniciativas y atendiendo de corazón a tantas personas. Es uno de esos prodigios que logra la humildad verdadera.

Basten dos detalles para mostrar la huella que había dejado. El mismo día de su repentino fallecimiento, el 23 de marzo de 1994, mientras estaba siendo velado, san Juan Pablo II se desplazó a la sede central de la Obra −algo poco usual− para orar ante sus restos mortales. Cuando se le entregó una estola para rezar un responso, el Santo Padre prefirió entonar la Salve. Cuando se inició su proceso de beatificación, éste contaba con la petición favorable de 35 cardenales y 200 obispos de 55 países.

Esa sencillez y humildad permanecieron hasta sus últimos momentos. Nos han contado los que le acompañaron a su último viaje, a Tierra Santa, que −sólo dos días antes de morir− le decía al Señor: «Yo te amo, te quiero ser fiel, y te pido perdón por las ofensas que cometo y por las faltas de entrega. Señor, ayúdame más, y ayuda a estos hijos míos que están aquí para que sean cada día más fieles».

Fidelidad. Ésa es la palabra que le definía. No es extraño que el papa Francisco haya dicho de él: fue «un sacerdote que supo conjugar una intensa vida espiritual fundada sobre la fiel adhesión a la roca que es Cristo, con un generoso empeño apostólico que lo convirtió en peregrino por los cinco continentes».

Estos tiempos difíciles necesitan −como nunca− del ejemplo de los santos, gente inteligente y dispuesta pero no por eso menos sencilla y humilde, que han sabido unir los afanes de su tiempo con una dedicación especial a las cosas grandes que no pasan. Don Álvaro ha sido uno de ellos.

Miguel Ángel García Mercado