La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Una muerte que da vida

La expresión máxima del amor es dar la vida por los demás. La noticia de la muerte de un misionero español, el hermano de san Juan de Dios Manuel García Viejo, por causa del virus del Ébola, ha cautivado la atención pública. Su traslado a nuestro país desde Sierra Leona, una vez se agravara su estado de salud, ha servido para que las misiones y los misioneros sean de nuevo los protagonistas de una historia que sintetiza el más puro Evangelio. España se puede sentir orgullosa de contar entre sus gentes con hombres de la talla humana y espiritual del hermano García Viejo, o del recordado Miguel Pajares.

Mientras la ciencia está inmersa en una acelerada carrera para descubrir el antídoto contra este mortal virus que asola el África occidental, los misioneros son la prueba más evidente de que Dios no abandona al mundo ni la historia, y de que la presencia del Evangelio hace posible la esperanza incluso en aquellos lugares desolados por una muerte que no tiene la última palabra. Los misioneros son lo mejor de nuestra sociedad. Todos los esfuerzos materiales y espirituales para apoyar la labor ingente de quienes entregan su vida por la causa del Evangelio son siempre insuficientes. En un mundo en el que escasean los ejemplos de integridad, los misioneros despiertan la conciencia adormecida y permiten que respiremos el aire del bien y de la bondad.  Su muerte es signo de vida.