La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Álvaro, Miguel, Manuel: Morir de amor, eso es todo

Morir de amor se ha considerado siempre como una especie de licencia poética que se remonta a la propia mitología, que se puso de moda en la época romántica y que en nuestro país tuvo su mayor expresión a lo largo de nuestro Siglo de Oro. ¡Ay aquéllos versos de Quevedo: “Polvo serán, mas polvo enamorado”; de San Juan de la Cruz con su “Llama de amor viva…” o de Santa Teresa de Jesús en su apasionado“vivo sin vivir en mí…”

El romanticismo se encargó de ponerlo de moda y con la llegada de Hollywood se universalizó sin que los novelistas de nuestro tiempo posmoderno hayan perdido de vista este filón literario, aunque apenas parezca tener su reflejo en la vida diaria, la que confunde el amor con el sexo y la violencia. Y, sin embargo, se sigue muriendo de amor cada día, en medio de esa crisis de valores humanos que parecen aventados por el huracán de la corrupción, el “pecado que no se perdona” según la dramática expresión del Papa Francisco para señalar uno de los peores males de nuestro tiempo.

¿Un ejemplo? No uno: los hay a millares y los vemos, si tenemos ojos para ello, en el relato que nos hacen cada día los medios de comunicación, en los que no se cuentan pero son conocidos por nuestros vecinos del barrio, en las parroquias, en la familia…. ¿Creen ustedes que los misioneros de la Orden de San Juan de Dios, Miguel Pajares y Manuel Garcia Viejo, han muerto de ébola? No se equivoquen: han muerto de amor. El ébola ha sido un mero instrumento. Los dos se fueron a África a dar su vida por entregas y, al final, la dieron del todo. ¿Por cuidar a enfermos? Si, claro, pero los enfermos los cuidaban porque latía en su corazón, en su alma, otro amor mucho más fuerte: el amor a Dios que quisieron corresponder amando a otras criaturas abandonadas a su suerte.

Esto significa que estamos hablado de dos santos, dos hombres que, como otros miles, cientos de miles, ya sean misioneros, ya sacerdotes, ya laicos, ya niños, ya ancianos, ya padres de familia, ya madres solteras, ya enfermos, ya sanos, han sido tocados por el don de la fe y, ¡qué cosas!, han creído y creen que Dios existe, que nos ama y que nos espera en sus moradas eternas.

No hay que morir infectado por el ébola para certificar esa vida de santidad. Nos valen otros casos como el que vamos a vivir este fin de semana en Madrid, convertida en una pequeña Roma a la que han peregrinado cientos de miles de personas llegadas de los cuatro continentes para asistir a la beatificación de un brillante ingeniero que se hizo cura y que murió en la cama después de gastar su vida anunciando el Evangelio: Álvaro del Portillo, igual que otro santo que sirvió a Dios como instrumento para despertarle su vocación a la santidad, San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei,.

Puede parecer que a la inmensa mayoría de nuestra sociedad, tan materializada, estos casos de entrega a los demás, cada cual con su peculiaridad, apenas le conmueven  o causan admiración. A fin de cuentas, cada cual elige la vida que quiere… y allá ellos con lo que hacen. Pero, en el fondo, la aparente ausencia de sentimientos o indeferencia que sube a la superficie de la vida diaria, queda desmentida por algunos programas de televisión, ciertas teleseries e incluso algunos bestsellers, que hacen llorar todavía a las gentes: hay sensibilidad para conmoverse con las desgracias ajenas y, por tanto, también la hay para ver con los ojos del corazón la bondad, la entrega, la solidaridad y, en definitiva, el amor cuando se desparrama.

El problema que se plantea, es otro: esa sensibilidad que aflora, pese a todo, es fruto de los sentimientos, de las pasiones que nos acompañan toda la vida y de las que nos dejamos arrastrar con excesiva facilidad. Ya se ha dicho muchas veces que vivimos en una era del sentimentalismo: se quiere lo que apetece, aunque sea un veneno para el alma y para el cuerpo. Pero, a diferencia de esta especie de virus social, que sitúa la busca del bienestar propio por encima de la vida ajena, los santos no se mueven porque “sientan” en su alma la fe, la llamada de Dios. Está claro que Dios “toca”, pero lo hace con tal delicadeza, con tan cuidado, que solo le vale una respuesta reflexiva, fruto de la libertad humana que se sublima cuando se escoge el bien. En otras palabras: la fe, la santidad, no es fruto de un sentimiento, como tampoco lo es el amor a Dios y el servicio a los demás: es la respuesta de la voluntad de quien, al descubrir a Dios, descubre la vida eterna, es decir, la felicidad suprema que dura siempre.

Así Santa Teresa pudo escribir aquellos versos inmorales: “Vivo sin vivir en mi, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. O aquellos anónimos que han llevado a la santidad a tantísimos desconocidos: “No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido…”  ¿Qué espera un santo? Muy simple: la vida eterna junto al Ser amado. ¿Y quien puede ser santo? ¡Pero hombre, pero mujer! Tu y yo, cualquiera que ame y que esté dispuesto a morir por amor, aunque luego muera en la cama con la compañía de sus seres queridos.

Puede que incluso, como le ha ocurrido a Miguel Pajares y Manuel Garcia Viejo, ni siquiera hayan tenido la oportunidad de ver antes de morir a quienes tanto amaron por amor a Dios, envueltos como estaban en sudarios esterilizados.  Otros, en cambio, como Alvaro del Portillo o San Josemaría, estuvieron rodeados de sus hijos espirituales que tanto les amaron porque fueron antes amados.

En definitiva, de lo que se trata es de morir de amor, sin romanticismos ni puñetas: porque, amigos, Dios nos ha querido antes, desde la eternidad. Benditos seáis, santos de cada dia, que nos recordáis que el Amor es eterno Y para ellos no tiene vigencia esos versículos del Eclesiastés que hemos leído estos días en la liturgia de la Palabra: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”… Porque si todo se pasa y lo que fue ayer deja de serlo mañana -¡ay de los políticos (y de los yihadistas ¿o no?…) que no respetan la vida¡-, los santos quedan para siempre porque, con ellos, está Dios.