La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Deslumbramiento divino en la vida corriente

 

Salvador Bernal, en serviciocatolico.com

Hay figuras que crecen con el paso de los años. Así ocurre con Álvaro del Portillo (1914-1994), que será beatificado en Madrid el próximo 27 de septiembre. Primer sucesor del fundador del Opus Dei, fue una personalidad destacada en la Iglesia que emprendió la renovación del Concilio Vaticano II. Su excelencia en el servicio a la Iglesia estuvo presidida por un rasgo de normalidad, propio de quien no intenta hacer nada llamativo

Llegamos a las antevísperas de la beatificación de Álvaro del Portillo, y no es fácil resumir la grandeza de su vida, como suele suceder con personas santas a las que hemos tratado con relativa intimidad.

Un rasgo destacado unánimemente es su identificación, desde el 7 de julio de 1935, con san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Aquel primer y caluroso domingo de las vacaciones de verano, el retiro espiritual en la residencia universitaria de la calle Ferraz de Madrid, supuso en la vida de Álvaro un auténtico deslumbramiento. Tenía 21 años.

Mentalidad laical

Con caracteres muy distintos, en las vidas de esos dos sacerdotes, san Josemaría y don Álvaro, coincide un rasgo sobresaliente: la mentalidad laical. De hecho, en su predicación se hacían entender con el uso de expresiones bien conocidas por oyentes y lectores. Así, esa irrupción de la gracia divina en un alma que transforma el rumbo de la existencia, era para san Josemaría “llamamiento” en Camino, “deslumbramiento” en Forja. Los términos tenían más amplitud que el común de vocación, reservado entonces en lo eclesiástico para la llamada a la vida religiosa o sacerdotal. Excluía, sin querer, la misión cristiana más común: la propia de los fieles en medio del mundo, la gran mayoría, casados.

Hacia esa condición tan frecuente −no considerada aún una vocación en la Iglesia− se encaminaba Álvaro del Portillo: las circunstancias externas le llevaban a una biografía corriente, dentro de un nivel personal, cultural y social más bien alto. Había nacido en un hogar cristiano, económicamente acomodado −incluso tras la pérdida de bienes maternos, tras la revolución mexicana de comienzos del siglo XX, y la crisis económica del 29, que afectó más a la economía paterna−, vivía en el barrio de Salamanca de Madrid, veraneaba en La Granja de san Ildefonso, se formó en un centro prestigioso como el Colegio del Pilar, y estudiaba la carrera de ingeniero de Caminos, tan valorada en España por esos tiempos.

No habría sido un hombre típico de la alta burguesía porque, desde joven, sintió la necesidad de ayudar a los más desvalidos de la sociedad: acudía con sus compañeros a diversas iniciativas promovidas por las conferencias de san Vicente de Paúl, y lo hacía con responsabilidad e iniciativa, como relató Manuel Pérez Sánchez, compañero en la Escuela de Caminos, que le presentaría al fundador del Opus Dei, ya en 1935.

La excelencia de la normalidad

Álvaro del Portillo comprendió entonces que se podía vivir la plenitud de la vida cristiana en medio de las circunstancias ordinarias y corrientes de la existencia, sin renunciar a proyectos humanos y profesionales. Justamente, esas actividades podían y debían ser cauce hacia la santidad: en el caso de Álvaro, lo fueron.

Me gusta insistir en ese aspecto de la asunción de lo humano en el camino de la vida cristiana, hecha con energía y magnanimidad. Ciertamente, la biografía de Álvaro del Portillo estuvo presidida por ese carisma de normalidad característico de las personas humildes, que alcanzan las cumbres de la perfección sin hacer nada raro ni llamativo.

Mucho se ha repetido últimamente el término excelencia, aplicado a proyectos culturales, educativos o empresariales. En el plano personal, correspondería a lo que se conoció siempre como ejemplaridad o prestigio. Considero interesante referir algunos aspectos de la vida de don Álvaro en que resplandece ese rasgo, puesto al servicio de los demás, con mayor motivo desde el verano de 1935.

Don Álvaro fue en conjunto un buen estudiante, como reflejan los expedientes académicos. Y, al cabo de los años, en sus conversaciones o en sus escritos aparecían una y otra vez −con naturalidad sencilla− detalles de su formación científica y cultural, de su conocimiento de la literatura clásica y de su dominio de la lengua latina, indispensable herramienta en la Curia de Roma. No es casual que obtuviera en 1944 premio extraordinario en su doctorado en Filosofía y Letras, con una tesis de historia. Puso empeño en el trabajo intelectual, también cuando actividades apostólicas ineludibles ocupaban en gran medida su atención y su tiempo. La clave: robar horas al sueño.

Aunque la vida le llevó por otros derroteros, no perdió su mentalidad profesional ni el amor a su profesión civil. De hecho, años después, cuando la nueva legislación de las enseñanzas técnicas introdujo el grado de doctor en las escuelas de ingenieros, don Álvaro se acogió a las normas transitorias, y se ocupó hacia 1965 de presentar un proyecto −versaba sobre la modernización de un puente metálico−, para obtener el título de doctor-ingeniero. Un dilatado servicio a la Iglesia

Otro ámbito de excelencia aparece en el servicio a la Iglesia.

Desde su nombramiento como secretario general del Opus Dei en octubre de 1939, don Álvaro fue el principal apoyo de Josemaría Escrivá, también cuando se desató la que llamaba la contradicción de los buenos.

Don Álvaro compartió a fuego muy pronto una idea central del fundador: “si el Opus Dei no es para servir a la Iglesia, que sea destruido, que desaparezca”. Y convirtió su existencia en un crescendo de amor y servicio. Desde esa perspectiva radical, cumplió infinidad de encargos del fundador ante obispos españoles −siendo aún seglar−, y se ganó su amistad y afecto. José María Hernández de Garnica le preguntó si no le imponía ese tipo de cometidos, que exigían transmitir a eclesiásticos de gran autoridad lo que le había indicado el fundador. Álvaro le explicó la raíz de su fortaleza: “Me acuerdo de la pesca milagrosa y de lo que dijo San Pedro: In nomine tuo, laxabo rete. Pienso en lo que me ha dicho el Padre y sé que, obedeciéndole, obedezco a Dios”. Su trabajo en torno al Concilio Vaticano II

Con los años, don Álvaro se convertiría en una figura destacada de la Iglesia, especialmente en la preparación, desarrollo y puesta en práctica de la doctrina del Concilio Vaticano II. Entre otros, se puede consultar el testimonio de un antiguo colaborador, hoy Cardenal emérito, Julián Herranz Casado[1].

Presidió la comisión preparatoria sobre el laicado. Luego, además de perito y consultor de otras, fue secretario de una de las diez comisiones conciliares: la de la disciplina del clero, dirigida por el Card. Pietro Ciriaci, patriarca de Venecia. En la práctica, fue el alma de ese grupo de trabajo, que conoció alternativas y superó abundantes obstáculos y cambios de criterio.

Así, en 1964, pareció prevalecer el criterio de no elaborar un decreto a se. Don Álvaro cumplió la indicación de reducir todo a una simple decena de “proposiciones”, aunque estaba convencido de la necesidad de un documento con hondura teológica y disciplinar. Afortunadamente, el pleno de la asamblea ecuménica rechazó el texto. Don Álvaro redactó entonces el borrador de una carta en la que el entonces arzobispo de Reims, futuro Cardenal de París, François Marty, plantearía formalmente la conveniencia de elaborar el decreto. Don Álvaro puso todo su empeño, y el 20 de noviembre estaba listo el esquema, antes de terminar la tercera sesión conciliar. El decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, se aprobaría en la cuarta y última, casi por unanimidad: 2.390 placet y solo 4 non placet.

El Card. Ciriaci envió una carta a don Álvaro, apenas una semana después de la clausura del Concilio: quiso hacerle llegar por escrito su alegría y su agradecimiento más sentido, con un cálido aplauso, por el feliz término del trabajo realizado, “que ha podido llevar a buen puerto su decreto [se refiere a Presbyterorum ordinis], no el último en importancia de los decretos y constituciones conciliares”. El Cardenal se congratula por la aprobación “casi plebiscitaria” de un texto que había sido debatido a fondo en el aula conciliar. Considera que pasará a la historia como “una nueva confirmación conciliar prácticamente unánime del celibato eclesiástico y de la alta misión del sacerdocio”. Y añade una idea que comunicará también al Santo Padre Pablo VI: “Conozco bien la parte que en todo esto corresponde a su trabajo prudente, tenaz y cortés, que, sin faltar al respeto a las libres opiniones de los demás, no ha dejado de seguir una línea de fidelidad a los grandes principios orientadores de la espiritualidad sacerdotal”.

Hacer amable la verdad

“Quienes compartieron con él algunos de estos trabajos −sintetizó Lucas F. Mateo Seco en Scripta Theologica, 1994− suelen recordar su amabilidad y discreción, su buen orden mental, su eficacia de ingeniero, su precisión de jurista, su profundidad de teólogo”. El Prof. Mateo Seco no menciona ahí su sentido histórico, pero subraya una virtud: la humildad, propia de quien solo se propone servir y nunca figurar. Aduce un texto de Pedro Lombardía, que relataba en 1975 en Ius Canonicum algunos recuerdos de don Álvaro en la Comisión para la Reforma del Código: “En las reuniones sigue con atención el fondo de los problemas y solo toma la palabra para hacer aportaciones concretas con la máxima concisión. Jamás contribuye con observaciones innecesarias a prolongar inútilmente las reuniones. Esta actitud sencilla, profunda y eficaz, cordial y respetuosa con todos, explica el gran respeto que inspira y la atención con que siempre es tenido en cuenta su parecer”.

La mente de fondo de don Álvaro puede rastrearse en los trabajos publicados antes y después del Concilio: sobre todo, en dos libros de referencia: Fieles y laicos en la Iglesia, y Escritos sobre el sacerdocio (ver al final). Del primero dejó su impronta como consultor de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico, desde su nombramiento por Pablo VI el 17 de abril de 1964. Este pontífice le nombró también, en 1966, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y juez del Tribunal para las causas de competencia de ese Dicasterio pontificio.

Tras la muerte de D. Álvaro, el entonces Card. Joseph Ratzinger dirigió una carta al prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría. Entre otras cosas, reconocía: “Ha servido durante muchos años a este Dicasterio como Consultor, caracterizándose por su modestia y por la disponibilidad en cada circunstancia, enriqueciendo de modo singular esta Congregación con su competencia y su experiencia, como he podido ver yo mismo personalmente en los primeros años de mi ministerio aquí, en Roma”.

Nada le hacía perder su sonrisa. Fue hombre de paz, que daba paz: transmitía serenidad y sosiego, compatible con su capacidad de exigirse y exigir, con un notorio temple sobrenatural. Un equipo de profesores de la futura Universidad pontificia de la Santa Cruz preparó un libro con sus escritos dispersos, como homenaje al Gran Canciller, que cumpliría las bodas de oro sacerdotales el 25 de junio de 1994. Dios lo llamó poco antes a su presencia. Pero una de las frases que sintetiza la vida de don Álvaro es justamente el título de esa obra: Rendere amabile la verità.

Salvador Bernal