La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

A Pujol ya lo tenemos, pero, ¿dónde está el resto de los defraudadores?

MagdalenaMagdalena del Amo, periodista

Pujol se ha convertido en el personaje del momento, trending topic en varias franjas horarias. Más allá de testamentos improvisados que no acaban de ver la luz, ahora todos quieren conocer el origen de su riqueza y sus maniobras para conseguir que el holding Pujol-Ferrusola e hijos, consiguiese acumular una enorme fortuna. En estos momentos, el Gobierno, la Fiscalía, el juez Ruz, la Agencia Tributaria, el PP, el PSOE y demás partidos incluido el suyo, más miles de catalanes y españoles anónimos, quieren llegar al fondo del pozo de caudales. “Se trata de uno de los mayores fraudes fiscales. […] Pudo haber incurrido en varios delitos”, declaró el ministro Montoro en rueda de prensa.

El rito de la devolución de medallas, nombramientos de hijo predilecto y otras condecoraciones que el tenido por “gran hombre de Estado”, iba acaparando entre pelotazos, malversaciones, extorsiones, prevaricaciones, fraudes fiscales, evasiones de capital y cuanta forma hay para alimentar las ansias de los adoradores del dios Mammón, tiene un ligero tinte surrealista. Podría formar parte del guión de una película cómica, si no fuera porque se trata no solo del saqueo del pueblo catalán, sino del daño moral causado en una sociedad hastiada, que ha dejado de creer en los políticos y en las instituciones. Pero, ¿por qué ha producido tanta sorpresa el asunto Pujol? Se sabía que era una bomba de relojería desactivada, esperando el momento oportuno para detonarla. Pero, ¿por qué ahora? Los negocios oscuros de los Pujol los conocemos todos desde antes del vergonzoso escándalo de Banca Catalana, tapado y amañado por influencia de los poderes político, económico y judicial. Lo del tres por ciento, o cinco, aireado por Maragall en las horas de su incipiente alzheimer –Carod Rovira reivindica haberlo dicho antes—, también es un secreto a voces, que funciona gracias a la complicidad de todos. Es así en las concesiones de grandes obras a las poderosas empresas del país, y en otras de menor envergadura de ámbitos provincial y autonómico.

En estos momentos, en los que el Gobierno sigue en la dinámica de pérdida de puntos —las encuestas internas del Partido Popular son demoledoras—, con la perspectiva de varias alcaldías perdidas, motivo que impulsa a la reforma de la ley electoral para que el batacazo no sea tan estrepitoso, el asunto Pujol tiene un triple aprovechamiento. En primer lugar, como socorrida cortina de humo, que nunca viene mal. Mientras se habla de la caca de allá, no hablamos de la caca de aquí. En segundo lugar, como acto  ejemplificador, es decir, “el que la hace, la paga”,  porque, al final, la justicia, aunque lenta, siempre actúa. Y en tercer lugar –y el más importante, a mi juicio —como  elemento de desprestigio del nacionalismo-independentismo, en unas fechas tan próximas a la consulta absurda e ilegal sobre la independencia. No vive CIU su mejor momento. Al catalanito de a pie, ahorrador de la pela de una en una, no debe hacerle mucha gracia que los prohombres de la “nación catalana”, instigadores del dicho “España nos roba”, sean los saqueadores de las arcas públicas, y que encima quisiesen crear su propia Agencia Tributaria para que todo se cocinase entre unos cuantos trileros.

A Pujol, aunque su causa se dilate entre abogados, juzgados y comisiones rogatorias, ya lo tenemos, y sabemos a qué atenernos. Al menos, en el tablero de la moral, ya podemos encajar su ficha. Pero, ¿dónde está el resto de los defraudadores? Creo recordar que la lista Falciani enumera más de seiscientos grandes evasores españoles. Algunos nombres pertenecen a la primera fila de la esfera política. ¿Cuándo veremos a los demás Pujoles ante la Agencia Tributaria para dar cuenta de sus cuentas en paraísos fiscales? Si el Gobierno en lugar de haber hablado tanto de transparencia para el futuro, se hubiese ocupado de sacar a la palestra a los corruptos del presente y de defender la moral de las instituciones, no necesitaría enseñar el plumero tan a las claras con la reforma de la ley electoral para evitar una merecida debacle.